PK .,?oa,mimetypeapplication/epub+zipPK {N? META-INF/PK .,?DMETA-INF/container.xml PK N?OEBPS/PK OJ?xr.OEBPS/01_Portadilla.xhtml Portadilla
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A todos los que un día

tuvieron un sueño

y despertaron en libertad

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PERPETUANDO ILUSIONES

 

Cuando tuve claras mis prioridades —y debo confesar que no fue algo repentino, nada de una revelación tras caerse de cabeza colgando un cuadro, por ejemplo, sino más bien un proceso madurado entre centenares de cuentos y novelas, narrativas visuales y artísticas, cuya gestalt encandiló mi futuro como el vuelo de una mariposa a un niño de ciudad—, decidí que lo que más deseaba de esta vida era lo que ella transmitía, sus conocimientos, su savoir-faire y su sabiduría, perpetuadas de generación en generación por la identidad cultural de cada pueblo.

Pero aún había más, pues yo deseaba jugar un rol activo dentro de dicha identidad, y no ser un mero espectador; quería pertenecer, en definitiva, a un selecto grupo de gente por cuyos sueños progresaba la cultura, la Historia y la vida.

La materia prima estaba allí, me había alimentado de ella desde los ocho años —antes, incluso—, y tan sólo aguardaba una completa aceptación para que cuentos, historias e incluso libros surgieran de ella sin un excesivo esfuerzo consciente. Un día, con el corazón henchido de ilusión, llegó el momento en el que los relatos se escribieron solos, mis manos y mis ojos meros instrumentos al servicio de mi subconsciente; hasta tal punto fue así que, en la fase de revisión, llegaba a cuestionarme si realmente había tenido algo que ver con lo que allí estaba escrito.

De esta forma nacieron una trilogía —inconclusa, que espero ver publicada en unos años— y los siguientes cuentos, cánticos todos ellos a la esperanza, a la amistad y el respeto a la Naturaleza y a la propia vida. Valores que, ciertamente deberían regir nuestros actos, aunque tristemente la realidad sea bien distinta. Así, cada noche, una pequeña ración de horrores —pues el verdadero terror será siempre el causado por la mano del ser humano, en especial la levantada hacia el prójimo, ya sea pasiva o intencionadamente— nos templa la coraza con la que vivimos desde la adolescencia para luego ser evacuados junto con nuestras inmundicias antes de acostarnos bien arropados en nuestras mantas de ingenuidad, egoísmo y resignación.

La vida debería ser diferente, y cada amanecer una nueva sonrisa para nuestros corazones, pues tras una pesadilla siempre sobreviene la comprensión, luego la calma y, por último, la esperanza de una nueva luz bajo la que analizar y, por qué no, promover y actuar de acuerdo a nuevos ideales, nuevos sueños, en un mundo falto de ilusiones.

J. P.

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Pastor

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Para Pilu,

esta es tu historia de amor...

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I

 

Años más tarde...

 

—¡Cuéntanos una historia, Vigía!

Sombras y luces juguetonas hacían que la cara del pequeño Víctor se deformase mientras pronunciaba esa petición al extraño que se encontraba sentado frente a la hoguera del campamento de verano, en aquella perdida aldea del norte de Palencia.

—¡Sí, eso, eso! —se alzó un coro de chillonas voces a su alrededor—. ¡Queremos una historia! ¡Queremos una historia! —repetían sin parar.

Aquello enorgulleció al chico, ya que, a pesar de ser un enfermo, siempre había sido bien aceptado entre sus compañeros, como si lo que decían que ocurría en otros colegios con los de su clase no fuera realmente cierto.

—Chicos, chicos, tranquilos —intervino Raquel, una de los monitores de la excursión—, ¡que vais a despertar hasta los búhos!

Los niños se callaron. Ella siempre supo manejarlos mejor que Manuel, el otro monitor que les acompañaba, y que ahora permanecía ensimismado en sus pensamientos mientras contemplaba el fuego.

—No se preocupe —la calmó el Vigía—; me alegra oír voces tan entusiastas de vez en cuando, ya que por aquí —señaló el oscuro monte— ya no se oyen esta clase de sonidos.

El llamado Vigía era un hombre de mediana edad, con el pelo ya canoso y una mirada triste y penetrante que contrastaba con la energía que había demostrado al reunir tal cantidad de leña para alimentar las llamas que ahora les calentaban. Sus manos, callosas por el duro trabajo del campo, cogieron la bota que se encontraba a su lado y un chorro de vino tinto le mojó los labios.

A pesar de la disculpa que había concedido, no eran muy frecuentes las visitas de estos campamentos llenos de críos, así que no se sentía muy a gusto sentado allí, con ellos frente a la hoguera. Le sorprendió su invitación de acompañarlos y enseñarles el paraje, aunque más se sorprendió a sí mismo al aceptarla; generalmente no se acercaba a estos grupos de ciudad, que apestan a humo y a ruidos urbanos. Pero éste le había parecido diferente: era más alegre, no traían televisores ni radios portátiles y, además, venía un enfermo con ellos, algo poco común, ya que casi no les dejan salir de las grandes ciudades por miedo a lo que les pueda pasar.

Así que se pasaron toda la tarde recorriendo el monte de arriba abajo; les enseñó los bosques de robles y hayas, las madrigueras de los conejos, las fuentes de agua helada, las vacas, las aves rapaces... A cada nuevo descubrimiento se producía un ¡ooooh! generalizado que hacía sonreír tanto al Vigía como a los dos monitores, más experimentados en este tipo de campamentos. Durante todo ese ir y venir Víctor le había acompañado, haciendo acopio de gran valor y destreza al defenderse tan bien en un ambiente que no le era conocido. ‘Es porque aquí puedo respirar mucho mejor; toso poco, y estoy menos cansado’ le comentó Víctor. Por supuesto, el Vigía tuvo que cargar con él en pasos difíciles, pero resultó ser una buena compañía.

Cuando anochecía, el Vigía y Manuel buscaron ramo y leña para encender una hoguera, mientras que Raquel y los chicos se quedaban montando las tiendas y buscando piedras para formar el hogar. A los niños les entusiasmó esta idea, ya que era algo inaudito poder encender fuego allí, en la montaña; pero como el Vigía era el único habitante de los alrededores, pudieron disfrutar del calor que despedían las llamas, consiguiendo así mantener apartado el fresco y la oscuridad de la noche.

Se habían traído patatas y chorizos, así como algunas chuletas de ternera que asaron al fuego. ‘Nunca podrás decir que has estado en un campamento si no has probado una patata carbonizada en las brasas de una buena hoguera’, dijo una vez el Vigía mientras pelaba una con su navaja.

Sí, al Vigía le gustaban estos niños; y ahora, tras la comilona, le pedían una historia. Y una buena, supuso, una que se recordase e hiciese inolvidable aquella noche que, seguramente, no se volvería a repetir en la floreciente vida de aquellos críos.

Se aclaró la garganta.

—Así que queréis que os cuente una historia, ¿no?

—¡Siiiiií! —respondieron todos a coro.

—¿Y qué tipo de historia queréis? ¿Una de terror, que os ponga los pelos de punta? —se acercó al fuego y su rostro pareció mutar al de un animal salvaje— ¿O una de princesas y amores eternos? —preguntó, guiñando un ojo a los dos monitores que estaban frente a él, cogidos de la mano.

Raquel y Manuel le sonrieron, algo incómodos, y se apartaron un poco. Él la susurró algo al oído, a lo que ella respondió con un gesto de la mano, como si le fuese a dar un cachete en el trasero. A pesar de las llamas se podía apreciar el rubor en las mejillas de la chica.

—Pues os voy a contar una historia como esa; una que hable de amor eterno... —su tono de voz fue bajando progresivamente, hasta hacerse casi inaudible— pero que a la vez ponga los pelos de punta.

Niños y monitores por igual le miraban boquiabiertos, expectantes. Se produjo un corto silencio mientras el Vigía ordenaba sus ideas, ayudado por un buen trago de su bota. Algunos niños empezaron a armar bulla, pero fueron silenciados por sus compañeros. Cuando se inclinó sobre el fuego, el Vigía tenía los ojos brillantes, encendidos por la historia que estaba a punto de contar; una historia que nadie había oído hasta esa noche.

Y el que llamaban el Vigía recitó con voz suave:

—Esta es la historia de un pastor; un guía que acompañaba siempre a las personas, las enseñaba y ayudaba; en una palabra, las criaba. Tal era el cometido que Dios le había encargado, y así estaba él dispuesto a acatarlo, porque para eso había sido creado.

Algunos de los presentes cambiaron de postura, incómodos no sólo por la humedad del campo. No era la religión un tema que conviniese tocar en aquellos días de incertidumbre. Él lo sabía, y precisamente por eso decidió comenzar de esa manera; sabía que así atraería mucho más su atención.

»Todos los pueblos nacieron con uno a su lado —continuó—. Nadie sabe cómo ni porqué, pero casi todas las culturas prósperas han tenido su base en estos seres: las antiguas colonias de Sudamérica tenían a las aves —fue enumerando una a una con sus delgados dedos—; Egipto dotaba de grandes privilegios a sus felinos, en especial a los gatos; los druidas conseguían toda su fuerza curativa y espiritual de los árboles... en fin, hay infinidad de casos en la Historia.

»El pastor al que hoy voy a honrar al contar su historia estaba a cargo de una gran congregación, formada por los pueblos de esta zona y sus alrededores. Era una ardua tarea, estando tan aferrado a la tierra como estaba...

Una niña de unos diez años le interrumpió.

—¿Es un árbol? —preguntó levantando la mano.

El Vigía sonrió.

—¿Cómo te llamas, preciosa?

—Nuria —respondió la niña, escondiéndose tras sus delgados bracitos, demostrando la timidez típica de su edad.

—Sí, mi pequeña Nuria —asintió el hombre, como si la estuviese confiando un gran secreto—, es un árbol —y levantó la cabeza, elevando su voz por encima del crepitar de la hoguera—. Era el roble más fuerte y sano que podáis haber visto jamás. Sus ramas bastaban para dar cobijo a más de veinte personas, y su tronco —abrió los brazos, como si lo estuviera intentando rodear con sus brazos—, ¡su tronco era tan ancho que ni dos fornidos hombres podían abarcarlo!

Hizo una pausa en su relato mientras esperaba que se acallasen los murmullos de admiración e incredulidad. Es normal, pensó; algunos chicos aquí presentes jamás habrán visto un árbol más grueso que una farola... ¡Gente de ciudad!... Pero no puedo despreciarlos; vivir allí también fue difícil para mí, concluyó.

—Era el segundo centro de la comunidad —continuó. No tuvo necesidad de gritar, ya que el silencio cayó como un manto de quietud sobre los presentes—. El primero era la Iglesia, que se estableció aquí, en Valberzoso, allá por el siglo XII. Aunque para entonces el Pastor ya había hecho mella en las actitudes y costumbres de los lugareños, los cuales le escuchaban y le hacían caso, porque sabían que era por su bien.

»Si alguien andaba perdido por el bosque, pronto recuperaba el camino a la luz de la luna, cuando más fuerte era su poder; el agua, los alimentos... incluso si ese año iba a serles propicio en los quehaceres diarios, todo eso se lo comunicaba el árbol.

»Hizo de esta zona un centro de comercio floreciente, tanto como para lograr que se construyesen tantas ermitas e iglesias como transeúntes y pueblos tenía la región. Vinieron gentes de todas partes de España a sentir las enseñanzas del Pastor. Durante siglos esta zona fue paso obligado de eruditos, gente de bien, artistas, magos e ilusionistas que querían palpar la fuerza y la belleza de estos parajes.

De repente se le ensombreció el semblante, a pesar de que seguía a la misma distancia del fuego.

—Pero hubo problemas; problemas muy graves que hicieron recapacitar al Pastor —dejó que sus palabras flotasen en el ambiente, como una maldición que se cernía sobre el público—; y éste se dio cuenta que debía reducir su interacción con los humanos.

—¿Qué ocurrió, Vigia? —quiso saber Raquel.

—Bueno... lo que tenía que ocurrir —dijo encogiéndose de hombros—. La Iglesia intervino; hubo algunas acusaciones de brujería, algunas muertes... Máuro, Elvira, Laura... y quizá más personas cayeron injustamente.

Miró a los chicos uno por uno, observando sus expresiones tristes y horrorizadas.

—Pero de eso hace ya muchos años —exclamó tratando de tranquilizarlos—. Aquella fue una época difícil, pero ya se terminó. Pasó el tiempo; y con el tiempo, irremediablemente, siempre viene el olvido.

»El viejo Pastor enmudeció durante años, contentándose con observar y ver como su rebaño crecía y se desenvolvía por sí mismo en el amargo sueño de la vida que les había tocado vivir. A veces se permitía el lujo de dar algunos retoques a esos sueños, pero generalmente permanecía alejado de ellos.

—Y así fue hasta nuestros días. —El Vigía cogió su bota y se aclaró su ya reseca garganta; no acostumbraba a hablar tanto.

 

 

Un chico regordete hizo aspavientos con los brazos.

—¿Y eso es todo? Pues vaya rollo de historia —exclamó con una voz ya de adulto.

Pedro, así creía el Vigía que se llamaba, pues lo había visto corretear como un burro por entre las casas en ruinas del pueblo, era el típico bravucón que siempre había en cada colegio. Lo miró de arriba abajo. Seguramente sería el que le hiciese la vida imposible al pobre Víctor. Era una pena.

—No, seguro que no se ha terminado su historia —Víctor le hizo frente; ya sabía el Vigía que no era un enfermo como los demás—. ¿A que no? —sus vacilantes ojos estaban clavados en él.

—No, Víctor, claro que no se ha acabado —le confirmó. Éste se relajó visiblemente—. Es más, esto era sólo el comienzo de ella.

Manuel se levantó y arrojó un par de troncos a la hoguera, para animarla un poco. Era ya noche cerrada, y hacía frío si uno se alejaba de ella un par de metros. Miró a su compañera, pero ella contemplaba el cielo, despejado de nubes.

—¿Habéis visto lo estrellado que está el cielo? —preguntó ella, maravillada.

Una docena de cabezas fijaron sus ojos en las lejanas pero brillantes estrellas, y por segunda vez en la noche se escuchó un ¡Oohhh! generalizado.

—Sí, es esta zona, tan alejados de las ciudades, no hay luz humana que impida apreciar la majestuosidad del universo que nos rodea —comentó el Vigía—. Apuesto a que nunca habíais visto un cielo así.

—Únicamente por la televisión —observó Manuel—, en películas y documentales del espacio.

—Sí, pero ero no retratan su verdadera belleza —añadió Raquel.

El silencio que se produjo entonces fue roto por el desgarrador aullido de un lobo, parcialmente sofocado por la lejanía, que clamaba alimento a la luna, semioculta tras un jirón de nube.

Los chicos se apretujaron un poco, siguiendo el ejemplo dado por sus monitores, quienes se habían encontrado de nuevo hombro contra hombro.

El Vigía volvió a vaciar la savia de la vid, oscura como la verdadera sangre, en su garganta. Disfrutaba de esos pequeños momentos de quietud, en la oscuridad de la noche, cuando más cerca se encontraba el ser humano de fundirse en simbiosis total con la madre naturaleza. Jamás comprendió cómo puede la gente sobrevivir en esas asfixiantes colmenas sin otra ilusión que la de malvivir con unas pocas perras —unos— o la de ser superior al vecino —otros—. ¿Por qué esa histérica migración a las ciudades? ¿Por qué existe ese sentimiento de querer formar parte de la masa humana, individuos sin personalidad actuando bajo un impulso común? Han olvidado sus raíces, adivinó; por eso esta historia llega tan solo a unos pocos. Ojalá ellos comprendan.

Exhaló un audible suspiro que atrajo inmediatamente la atención, y continuó con su historia.

—Como Víctor afirmó, la historia no termina ahí, sino que prácticamente se extiende hasta nuestros días.

»Pastor prácticamente se convirtió en un mero adorno de estos valles; tan grande era que acertadamente le llamaban el Árbol Milenario. Pasó de ser objeto de culto a objeto fotográfico, una clave más en el paisaje de la montaña palentina. Los habitantes de esta zona, consciente o inconscientemente, lo cuidaban con el abono de sus rebaños, con las vallas para que éstos no subiesen monte a través... incluso una vez le quemaron una colmena que había anidado en sus entrañas, ¡aunque aquello casi lo mata!

»Y así continuó el Pastor, observando a su prole, sin intervenir. Pero algo ocurrió; la madre Naturaleza siempre encuentra sus caminos —añadió sabiamente.

»Quizá porque nuestros genes son la historia de nuestra evolución, a veces nacen personas que se encuentran más abiertas hacia este tipo de intervenciones; personas que saben escuchar a los pocos pastores que hoy en día aún subsisten. Algunos lo llaman intuición, sexto sentido... incluso han creado una ciencia, la parapsicología. Pero pocos han llegado a averiguar la verdad, quizá porque nuestros genes saben, pero no recuerdan.

»Muchos son absorbidos por la rutina masiva en la que viven, pero otros, alejados de las interferencias de las grandes urbes, reconocen el poder que les ha sido concedido, y al igual que sus ancestros, escuchan —a veces inconscientemente— y veneran a estos viejos pastores.

»Dio la casualidad que dos niños, nacidos en años diferentes aquí, en Valberzoso, se hicieron extrañamente inseparables; amigos del alma, podríais llamarlos, pues los unía ese sentimiento común, ese amor a la Naturaleza. Pastor los había unido en una de sus intervenciones.

»Luis y Gregorio —le gustaba que le llamasen Grego—, permanecieron juntos hasta que el primero conoció a una chica en el pueblo vecino, Ana María. Entonces se alejaron un poco, aunque sus corazones siguieron por siempre unidos.

—¿Y qué pasó con Gregorio? —preguntó Víctor— ¿Se casó?

—Bueno... —titubeó el Vigía. Era la primera vez que le fallaba la voz, y algunos no lo pasaron por alto, Víctor entre ellos—. La verdad, no lo sé. Se fue del pueblo... o algo así.

No podía contarles lo que realmente creía que había sucedido, pues no le hubieran creído; pensarían que estaba loco. Ni él mismo se lo creía, aunque conocía al Pastor, e intuía la magnitud del poder que éste había ostentado.

—Una mañana de junio, hace ya tiempo, Luis y Ana María se prometieron bajo las sombras del Pastor, como así lo deseó Él —continuó con su relato—. Fueron tiempos felices para los tres, ya que los fogosos encuentros que se producían bajo Él connotaban una magia ancestral; la del amor verdadero, y era como una inyección de sabia real en las venas del Árbol.

Hizo una pausa, observando de reojo a los monitores, pero sus ojos estaban fijos en las llamas.

—Poco más tarde se casaron —anunció cerrando los ojos—, y como otros muchos en aquella época, decidieron erróneamente que el campo era un lugar demasiado duro como para criar a un hijo. Dieron la espalda al Pastor y se fundieron con la masa de la ciudad.

De repente su voz perdió todo rastro de la pasión con la que, hasta ahora, había relatado la historia.

—Se encontraban en la ciudad cuando ocurrió el Desastre en 2006... Luis sobrevivió; Ana María y su hijo de siete años, no.

Se hizo un incómodo silencio.

—Mis padres murieron allí —dijo Raquel, la monitora. Sus afligidos ojos parecían pozos sin fondo—. Desde entonces vivo con mis tíos... Era muy pequeña, así que casi no pude ni llorarlos.

—Sí, todos perdimos seres queridos aquel año —asintió abatido el Vigía—; unos más que otros.

De nuevo se cortó el aire; esta vez el aullido estaba más cerca.

—Pero Luis nunca se perdonó la muerte de su esposa —una nueva energía, quién sabe si producto del vino que fluía por sus venas, sacudió al Vigía, quien retomó la narración—. No, Luis no se lo perdonó porque sabía lo que iba a ocurrir.

Una docena de pares de ojos lo iluminaron, sorprendidos. El Vigía no perdió la oportunidad.

—No sabía qué, exactamente, pero sabía que algo ocurriría... El Pastor se había puesto en contacto con él, avisándole y llamándole para que acudiera a su lado. Pero Luis no podía —o no quería— escucharle. Había escalado puestos en el escalafón social, y ahora era un importante periodista de la televisión nacional, sin tiempo para esas tonterías de su juventud.

»Cuando todo pasó y había que plantearse la reconstrucción de la ciudad y de sus propias vidas, Luis dejó su trabajo y lo poco que le quedaba para venirse aquí, con el Pastor. Estaba destrozado, así que decidió hacer lo mejor que podía hacer, regresar a sus orígenes y alejarse de tanta destrucción.

»Pero el panorama que le recibió a su regreso era desolador. El pueblo entero estaba medio derruido, deshabitado casi en su totalidad. Tan sólo dos familias permanecían en él, una de ellas venía de vez en cuando con el buen tiempo del verano; la otra poseía un pequeño rebaño que la volvía autosuficiente. Y el Árbol...

Se interrumpió un momento, mirando hacia la oscuridad.

—Pastor, el Árbol Milenario, se estaba muriendo. Por eso había sido llamado Luis, para solucionarlo.

»Pero ya era demasiado tarde.

»Sus ramas estaban prácticamente secas, con el color ocre del otoño, a pesar de que era primavera. Un rayo había caído cerca de él, matando toda la vegetación y dañando parte de sus extremidades, que ya no daban flores, y las que daba estaban mustias nada más nacer.

—Pero —interrumpió Nuria con voz triste—, ¿por qué?

—Era de esperar —aclaró el Vigía—. Pastor nació para cuidar a los Hombres, aconsejarles y guiarles por el buen camino. Su cometido ya no podía cumplirse, porque nadie quedaba que le escuchase. Había descuidado su tarea y los lugareños se habían olvidado de él. Se había quedado solo en un solitario camino a la vejez.

»Luis trató de cuidarle como se cuidaría a un padre enfermo (eso es lo que el Pastor era), pero dos años después una tremenda helada dejó a la familia que quedaba sin las dos terceras partes de su ganado, y tuvieron que abandonar el pueblo, ya que de lo contrario se morirían de hambre. Le vendieron sus posesiones y se estableció definitivamente en el pueblo.

»Era el único habitante de un pueblo que, antaño, había sido un próspero centro de cultura y sabiduría.

El Vigía terminó su historia sin esperar ovación o aplauso alguno. Cerró los ojos y vació su bota.

Un gran peso de encima desapareció cuando terminó de relatar su triste historia. En verdad necesitaba hacerlo desde hace mucho tiempo. No había descubierto hasta ahora lo mucho que necesitaba tener compañía que le curase su desgarrado espíritu.

Ese campamento de verano había supuesto su salvación.

 

 

El silencio que siguió tan solo pudo ser roto por otra persona con el espíritu tan desgarrado como el del Vigía.

—Luis...

—Dime, Víctor —aún permanecía con los ojos cerrados.

—¿Qué ocurrió al final con el Pastor?

El Vigía abrió los ojos. Estaban húmedos a pesar del calor de la hoguera.

—Murió hace algunos años. Enmudeció en invierno, y ya no le oí a la primavera siguiente. Sigue ahí enfrente —señaló con un gesto—, junto al río. Pero ya no vigila el pueblo. Esa tarea me pertenece ahora a mí.

Las apretadas manos de los dos monitores revelaban lo que estaba pasando por la mente de la mayoría de ellos.

Había muerto un ser sobrenatural porque la codicia y la ceguera de la humanidad había impedido que se escuchasen sus enseñanzas. Había muerto en solitario, ayudado tan sólo por un viejo amigo, su cuidador, su Vigía.

—Desde entonces vivo aquí, con unas pocas vacas, cazando y subsistiendo como puedo. Trato de revivirlo, con agua y abono, pero sin éxito.

—¿Has vuelto a desear vivir en la ciudad? —preguntó Manuel.

—Sólo querría hacerlo con una persona, y eso es imposible. Estoy bien aquí; es mi hogar, y jamás debería haberlo abandonado.

Raquel reprimió un estremecimiento. Empezaba a hacer frío de verdad, y ya sería más de medianoche.

—Niños —anunció, intentando aparentar un buen humor que, desde luego, no tenía—. Creo que sería mejor levantar el campamento y meterse en las tiendas, que ya es muy tarde y hay que descansar.

—Además —añadió Manuel, dirigiéndose hacia el Vigía—, ya le hemos robado demasiado tiempo a nuestro invitado...

—No, por favor, no os preocupéis por mí. Yo estoy acostumbrado —se levantó y sacudió la tierra que se le había adherido al pantalón—. ¡Venga! Apaguemos el fuego.

Le echaron tierra y agua hasta que salió un hilillo de humo. Se despidieron.

—Bueno, chicos. Ha sido un placer —sonrió—. Si queréis, mañana haremos una excursión por los alrededores hasta el Árbol Milenario, ¿de acuerdo?

Y por tercera vez un coro de alegres voces se elevó en la oscuridad:

—¡Siiiiií!

Para cuando se apagaron los ecos, la figura del Vigía ya se perdía en la oscuridad, en dirección al pueblo.

 

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II

 

Un arco iris de miles de colores iluminó en unos instantes vegetación y prados, saludando así al nuevo día. Tal era el regalo que el astro rey les brindaba por su ofrenda, el rocío de la mañana, que encharcaba a esas horas musgos y pastos, el cual había sido a su vez un regalo de la noche. Este pequeño ciclo de ofrendas se repetía cada día de cada año, inalterable al paso del tiempo, provocando así la maravillosa fertilidad de esta tierra, madre de montes y pastos, de ríos y, como no, de aves y animales.

Se había levantado pronto para poder apreciar la Naturaleza, tranquila y calma, antes de que los demás se despertasen. Y lo que había visto hasta ahora le había dejado sin palabras para poder describirlo. Era una belleza difícil de superar, y los pocos bosques y jardines de las ciudades eran basureros, pobres imitaciones comparados con este vergel, con este... olvidado paraíso.

Manuel contuvo un escalofrío. Todavía hacía mucho frío a esa hora tan temprana de la mañana, así que se ciñó un poco más el abrigo y golpeó los pies contra el suelo, tratando de no hacer demasiado ruido, ya que Raquel y los niños estaban dormidos. Al menos eso creía, aunque en realidad no estaba solo.

Los sentidos de Manuel, absortos en el paisaje, no apreciaron la intrusión en su mundo hasta que fue demasiado tarde. Unas manos cálidas y suaves se deslizaron por sus hombros y espalda, abrazándole.

—Hola, cariño —saludó él.

—¿Qué tal has descansado hoy? —La voz de Raquel sonaba un poco triste — ¿Te dejaron dormir bien los niños?

Él se encogió de hombros.

—Víctor y Pedro se pasaron media noche lanzándose puyas el uno al otro —meneó la cabeza—. Es curioso, nunca le había visto con tanta energía como ahora.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo terminó todo?

—Al final Pedro se cansó; ya sabes los aires de superioridad que se da, con eso de que su padre es concejal y todo eso —la observó mientras se desperezaba—. Aún así, Víctor ganó la batalla; ahora los chicos le aprecian más.

—Vaya cambio, ¿no? Con lo tímido que era, y mira ahora.

—Sí. Parece que solo necesitaba un empujoncito —respondió pensativo—. ¿Y tú qué tal? ¿Son las niñas tan ruidosas como dicen?

—No, tonto —dijo, golpeándole cariñosamente en un hombro—. Somos muy formales, y ayer nos dormimos enseguida.

—¿Ah, sí? —la atrajo contra su cuerpo— ¿Cómo de formales?

El beso que se dieron, el primero de la mañana, fue largo y apasionado, como el que se da una pareja que no se ha visto en un mes.

—Llevo horas esperando este momento —le confesó ella.

Manuel, por toda respuesta, cogió su mano y la dijo:

—¡Ven!

—¿Adónde vamos? —preguntó.

Él cogió una piedra que estaba en el suelo. Debajo, unas incansables hormigas recogían los huevos de sus futuras compañeras y los rápidamente los trasladaban a un lugar más seguro. Sonó un ligero silbido cuando Manuel la lanzó con todas sus fuerzas, y un sordo y lejano ‘toc’ cuando la piedra golpeó el suelo, a unos cincuenta metros por delante del gigantesco árbol que, solitario, presidía el valle.

—Allí.

Los ojos de Raquel se abrieron como platos.

—Es el... —preguntó, maravillada.

—Sí. Es Pastor.

El gran Árbol Milenario se erguía, a la imagen de un rey en su trono, sobre una pequeña colina (en realidad se trataba del nacimiento del monte que rodeaba al pueblo), de tal forma que el pueblo quedaba polarizado entre la Iglesia del siglo XII y el Pastor, según pudo apreciar Raquel. Cada uno en un extremo, enfrentados, como si el pueblo mismo fuese un gran tablero de ajedrez, con piezas de cada bando.

Y así había ocurrido, se recordó ella, según la historia que nos contó el Vigía anoche. Pero hay una pequeña diferencia. Ya no hay peones ni torres con las que jugar. El pueblo está abandonado, sus reyes muertos y su reino pertenece ahora a la Naturaleza.

Los dos jóvenes se dirigieron cogidos de la mano hacia el río que separaba el pueblo del monte.

—Es como nos dijo el Vigía —comentó ella. El vaho que salía de su boca demostraba la baja temperatura que reinaba en el ambiente.

—Sí —asintió—. Fíjate que tronco más ancho tiene.

—No sólo eso. Parece como si aún viviera de verdad. Si hasta tiene hojas en sus ramas —añadió esperanzada.

Pasaron por encima de una valla de madera e hierro que antaño había contenido el rebaño, pero que ahora únicamente servía para dar cobijo y alimento a algunos gusanos y arañas.

Raquel se desanimó en cuanto llegaron al viejo roble, que ofrecía un aspecto desolador. Algunas de sus ramas estaban partidas, pudriéndose en suelo cubierto de vegetación. Las que todavía estaban unidas al tronco sostenían unas hojas de color marrón oscuro, como las que estaban caídas a su alrededor, a pesar de que el otoño no llegaría hasta un par de meses más tarde. Manuel cogió una en su mano y ésta prácticamente se desmenuzó entre sus dedos.

Era como si no hubiera querido rendirse jamás, todavía erguido, todavía con hojas... pero sin savia que las alimente, sin la esperanza de los muchos humanos que habían confiado en él, sólo la resistente madera de roble lo mantenía en pie.

Una lagrima rodó por las mejillas de Raquel.

—¿Crees que era cierto lo que nos contó el Vigía? —preguntó—. ¿Crees que el Pastor existió de verdad?

—No lo sé —respondió él—. Quizá sí, quizá no —la miró a los ojos—. No creo que lo lleguemos a saber jamás.

Ella se zafó de su mano, haciendo aspavientos.

—Pues yo creo que sí fue real, y que ayudó e hizo mucho bien a la gente casi gritó—. Creo la historia del Vigía, porque si no, la vida de mucha gente no tendría sentido —sus ojos estaban llorosos—. Algunos necesitamos creer en todo esto para poder soportar esta vida, para poder vivirla sin desesperarnos por un futuro incierto, con niños que nacen ya enfermos —señaló las dos tiendas de campaña apostadas a las afueras del pueblo—. Quiero que haya esperanza para nosotros, para nuestro amor; esperanza por si algún día tenemos un hijo...

Manuel la abrazó y la hizo sentarse en una piedra que hacía las veces de banco, frente al Árbol. La intentó calmar.

—¡Ssshh! Tranquila, mi amor —susurró—. Yo te quiero, y te juro que siempre estaremos juntos...

—¿Lo prometes? —preguntó secándose las lágrimas.

—Sí, claro que te lo prometo, mi amor.

Ella contempló el Árbol por unos instantes.

—Cásate conmigo —propuso.

—¿Qué? —Manuel estaba tan aturdido que no acertaba a decir palabra.

—Que quiero vivir siempre contigo, y que nos casemos. No ahora, por supuesto, pero sí pronto.

Él la miró a los ojos, esos ojos que siempre había deseado, esos labios, ese cuerpo que todas las noches soñaba con acariciar, y mientras la besaba le demostraba con cuerpo y mente lo dispuesto que estaba a hacerla feliz.

Las lágrimas de ella se juntaron con las de él, y éstas con las del Árbol; hojas secas que por fin se desprendían de su cuerpo para acariciar a los enamorados en su nicho de amor, y así cubrir sus cuerpos del frescor de la mañana.

Y del lugar donde se habían caído las antiguas brotaron otras nuevas de color verde, fuertes y sanas, que devolvieron al Pastor el alimento necesario para alzar de nuevo esas ramas y convertirse otra vez en el rey de esas tierras.

Porque Pastor no había muerto. Tan sólo había estado hibernando hasta que alguien, o algo, lo suficientemente fuerte le devolviera la confianza que había perdido en los hombres. Luis, su Vigía, no había podido conseguirlo, pues estaba física y mentalmente destrozado; pero esta pareja...

Fue el amor de Raquel y Manuel la fuerza que demostró al Pastor que merecía la pena volver a intentarlo.

Y así amaneció aquel nuevo día, con Pastor verde y fulgurante cubriendo a una pareja de enamorados, bendiciendo así su unión, y una joven pareja reviviendo la esperanza de una nueva humanidad.

Porque, al fin y al cabo, su salvación residirá en el Amor.

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Lluvia

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Anouchka.

¡Que buena eres, cariño! Vienes todas las noches para velarme en mis sueños; esos en los que, de no ser por ti, ya se habrían hecho realidad mucho antes de la salida del Sol.

Te echo tremendamente de menos, mi amor. Es muy doloroso tenerse que enfrentar a la rutina diaria sin que tu presencia me reconforte y me acune con dulzura entre suaves y etéreas plumas.

Unas veces te presentas sin avisar: cuando estoy conduciendo, en el metro, en el trabajo…; otras, sin embargo, te busco con locura sin resultado aparente. Nunca sé donde estás con exactitud pero, si de algo estoy seguro, es de que siempre estarás a mi lado, aunque a veces me resulte imposible reconocerte.

Hace unos días, sin ir más lejos, te vi en unos grandes almacenes, uno de esos que tienen todo tipo de artículos a precios exorbitantes, a los que preferimos ir porque nos lo ofrecen todo hecho. Estabas allí, observándome mientras me desembarazaba de un desesperado vendedor y, para cuando pude alcanzarte, habías desaparecido, dejando tras de ti ese perfume que tantas y tantas veces había saboreado.

Recuerdo que la primera vez que penetró tu esencia en mi ser, yo me encontraba sentado en un banco frente al campo de fútbol, esperando —no, esa no es la palabra exacta; deseando sería más correcto— que Sandra, la chica más mona del instituto, me obsequiara siquiera con una mirada. En su lugar, un ángel se me acercó y me sonrió.

Ese ángel eras tú.

Recién llegada, no sólo no conocías a nadie en clase, sino que, además, eras una perfecta extraña en una nueva ciudad; luces y colores diferentes de los que te habían visto crecer te iluminaban los azulados ojos, ávidos de aprender nuevas costumbres, nuevas formas de vivir.

Anouchka, un nombre ruso que añadía cierto toque exótico a tus bellas facciones, producto del amor entre culturas diferentes, en una época de controversia social que forzó a tus progenitores a buscar nuevos desafíos en otros continentes. Devaneos y vaivenes sufrieron hasta unirse en tu ser; duro trabajo ganado con sudor y lágrimas cuya única recompensa consistía en la inocente risa de una rubia muchachita.

Pero esa chiquilla —la gloria de su padre, el amor de su madre— creció y se convirtió en toda una mujer que, sin proponérselo, conquistó mi virginal corazón, trastocando toda mi juventud y por ende, mi vida entera. Porque, ¿cuál, si no la adolescencia, es la etapa de la vida que define nuestro futuro?

Tú protagonizaste la mejor época de un chiquillo como yo, la aderezaste con tus sonrisas y caricias, con paseos y besos bajo las estrellas, con tu amor eternamente correspondido. Amor, pasión, deseo, todo lo que debería estar prohibido para nuestros inexpertos ojos, todo aquello me lo ofreciste sin demandar la correspondencia que, ingenuo de mí, abiertamente te entregué.

Y yo, arrogante en mi adolescencia, supuse que aquello duraría toda mi vida.

¡Oh!, Anouchka, cómo desearía estrecharte de nuevo entre mis brazos, aunque se tratara tan sólo de unos ínfimos instantes perdidos en la eternidad de un solitario latido.

Pero como bien dicen, la vida no es un lecho de rosas. En cierto momento a lo largo de nuestro fugaz amor, algo se torció: una pregunta no respondida, una sonrisa malinterpretada, algún inocente desliz… cualquier cosa pudo bastar para cercenar la frágil relación que habíamos erigido en nuestro candor.

Se nos pudo ver juntos durante un tiempo, prolongando desesperadamente una agónica sinrazón. Exteriormente manteníamos intacta nuestra fachada de ilusión y felicidad, sin permitirnos desvelar la aridez que arrasaba nuestros corazones, una quemazón que todo lo consumía, como un débil retoño pasto de las llamas.

Y llegó una lluviosa noche —semejante a la que hoy me ha desvelado—, reflejo de la fatídica oscuridad que corroía nuestros pensamientos y provocaba nuestras salvajes disputas, en la que me abandonaste… hasta ahora.

¿Por qué?, me pregunté. Yo te quería —ese fue tu error, me dijeron algunos, hipócritas que antaño nos miraban con envidia—; te amaba, Anouchka, como un niño de diecisiete años puede amar a alguien… y mucho más.

Nadie que no haya vivido una situación similar puede imaginarse el dolor que una herida de tal calibre genera en una persona. Absolutamente enajenado, me volví loco y repudié a todos los que me rodeaban, hasta que ellos también hicieron lo propio, apartándose de mí como si me hubiese convertido en un leproso.

En un primer momento quise encontrarte de nuevo; recuperarte de alguna forma. Sin ti, mi mundo, todo lo que me rodeaba, se desdibujó entre vacilantes tinieblas que me acogieron con indiferencia.

Pero no podía seguir el mismo camino; tú lo sabes. No disponía de tu fuerza de voluntad, necesaria para no echarse atrás en el último momento. Nunca lo consideré una opción viable para lograr mitigar el vacío que gritaba en mi interior.

Durante unos meses —o años, nunca lo supe con seguridad— buceé en alcohol y aspiré la fetidez de las drogas mientras te buscaba en las profundidades de mis recuerdos, pero lo que allí había era un vano reflejo, etéreo e insustancial, que la mayor parte del tiempo finalizaba disuelto en náuseas desde una estrecha camilla de hospital.

Cuando Sandra —la belleza del instituto, de la que me hubiera enamorado si aquel ángel no hubiera entrado en mi vida— me rescató, no era más que otro guiñapo víctima de la locura colectiva que acuciaba a jóvenes de todas las clases sociales a revelarse contra el sistema y contra sí mismos. Destrozado y sin aliento, ella logró eliminar todo mi dolor, emulándote en cierta medida.

Y ahora estás ahí fuera, bajo la lluvia en esta fría noche de octubre, atisbando a través de mi ventana, intentando captar algún reflejo que te indique si, por un casual, estoy enterado de tu presencia.

¿Cómo puedes pensar que no haya reparado en ti todos estos años? ¿Acaso dudabas de mi amor? ¿Es esa la razón por la que me alejaste de ti?

¡Anouchka, cómo te he echado de menos todo este tiempo! Tu dulce y embriagadora fragancia, tu cálida mirada, tu cabello acariciando mis hombros cuando me abrazabas, tu cuerpo colmado de formas que me enloquecían. Te deseo más que a mi propia vida.

¿Por qué lo hiciste, mi amor? Podrías habérmelo dicho, al menos. Podríamos haber encontrado alguna solución, dialogando y razonando como los dos adultos que en absoluto éramos.

¿Por qué saliste corriendo de mi casa y cruzaste la calle, oscura y resbaladiza, aquella tempestuosa noche?

¿Por qué?

—Mm, ¿qué haces despierto tan tarde, cariño? —Es Sandra, mi esposa.

Ella tampoco podrá dormir. ¿Quién lo haría, con esta copiosa lluvia golpeando contra los cristales?

—Nada, mi amor; no te preocupes, duérmete, que ya vuelvo a la cama.

Te dejo, Anouchka. Pero no llores, preciosa, pues la espera no será larga. Tengo la certeza de que pronto atravesaremos el manto de lluvia que nos separa y nos reuniremos en mis sueños. Incluso huelo ya tu perfume, mero anticipo de una cálida ensoñación.

No desesperes, porque algún día, quizá no muy lejano, volveremos a estar juntos. Te lo prometo, cariño, con toda mi alma.

Te quiero, Anouchka, mi exótico amor.

 

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Por la Amistad

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A quienes se perdieron por el camino,

para que encuentren la felicidad

en su destino.

 

 

 

 

 

 

 

 

“I never had any friends later on like the ones I had when I was 12 - Jesus, did you?”

 

STEPHEN KING, The Body

 

 

 

 

 

 

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Naturaleza rebelde

 

Aunque prácticamente no se sobrepasaban los veinte grados de temperatura, el sudor amenazaba con cegarle si no claudicaba en su intento por instalar la tienda de campaña. Llevaba casi un cuarto de hora apedreando las malditas varillas de sujeción y lo único que había obtenido a cambio eran un par de dolorosas heridas en la mano por aplastamiento mutuo.

—¡Os lo juro! Si no os portáis bien —los amenazó Pedro poniéndose en pie— me voy a liar a patadas con la tienda en menos que canta un gallo, así que vosotras veréis.

Dicho esto, cogió la varilla y la insertó en la goma que tensaría uno de los dos mástiles de la tienda canadiense; después blandió una piedra y la clavó en el suelo con un golpe seco. Y allí mantuvo la presión un buen rato hasta que, con miedo, se apartó para comprobar el resultado. Aparentemente todo había ido bien.

—Perfecto; ahora sólo me faltan otras…

De repente la tierra escupió el metal con tanta precisión que la goma le golpeó el rostro haciéndole saltar las gafas al suelo, perdiéndose entre erizadas agujas de pino.

—¡Vaya, vaya! —sonó una jocosa voz a su espalda—. Veo que nunca aprenderás.

Pedro se volvió rápidamente, los ojos entrecerrados por el contraluz y el corazón en un puño. A pesar de no haberse calado aún sus gafas, la silueta de Quique era inconfundible, inmutable y recia como la de un dios. Ocultando el sol del atardecer con sus greñas cobrizas como si un aura de hielo y fuego lo cubriese, exhibía una prepotente sonrisa tras un maltrecho cigarrillo, y sus ojos negros como el carbón que lo alimentaba desde generaciones lo miraban socarronamente.

Con algo semejante a un gemido, Pedro abrazó largo rato a su amigo, tan grande era su alegría.

—¡Eh! No me seas sobón —protestó Quique—. Mariconadas las justas, que ya me conoces.

Pedro se apartó un poco, aunque no logró quitarle los ojos de encima. Llevaba tanto tiempo… tantos desengaños… para planificar esta acampada, y ahora que por fin se reunirían otra vez todo lo que le salía era un insignificante suspiro.

—Sí, bueno… es que me alegro de verte, ya sabes.

Su amigo no respondió, sino que fue directamente hacia la tienda, donde dejó su petate. Después, admiró sin contemplaciones la faena.

—¿Cuántas veces te lo tengo dicho, tronco? —su nariz aguileña temblaba delatoramente—. Los clavos deben ir en sentido contrario a la tensión para así poder contrarrestarla… ¡Pero si es lo primero que nos enseñan en la mina, joder! Si eso fuese un travesaño, esta noche nos aplastaría como a microbios —y entrechocó las palmas enfatizando sus palabras.

Pedro se sonrojó ante su error. Era algo que jamás podría aprender si a estas alturas no le había entrado aún en la mollera.

—Ya… pero te olvidas que eres el minero —adujo en su defensa—. Yo soy un simple alumno de Bachiller.

—Secundaria —puntualizó Quique, dando una última calada a su cigarrillo y aplastándolo luego con la puntera de las botas—, que te faltan unos meses para llegar al Bachiller —se detuvo, la mirada perdida entre las copas de los árboles, que se mecían con la brisa primaveral—. ¡Venga! Ya que estoy aquí, vamos a ver si terminamos este follón antes de que llegue Lorena… y luego, si quieres, le decimos que todo ha sido culpa tuya.

Pedro sonrió.

—Guárdate tu sarcasmo, chaval; sabes que cuando ella venga, todas las culpas nos las llevaremos los dos hombres.

—¿Eh? ¿De quién demonios hablas? Pensé que sólo había uno por aquí —dijo mirando a su alrededor con aire dramático.

Después de soltar una carcajada, Pedro cogió de nuevo la piedra y comenzó tensar los vientos tal como le había indicado su amigo, quien pronto le alcanzó apuntalando el extremo opuesto. Después dieron cuenta de la segunda fila, más lejos que la anterior, que sostendría la tela protectora; no estaba previsto que lloviera, d’ailleurs, pero en aquellas zonas era mejor prevenir, ya que prácticamente rozaban la cornisa cantábrica en su vertiente palentina.

Cuando estuvo lista se sentaron en la hierba, y en silencio contemplaron la sosegada superficie del pantano, brillantemente oscurecida por el sol primaveral que incidía sobre sus aguas. De cuando en cuando alguna carpa ofrecía sus escamas al aire, y las aves planeaban tan cerca del agua que una estela se abría a su paso, ofreciendo sus secretos más íntimos a la caricia de las plumas; alguna, luego de una zambullida digna de un atleta olímpico, remontaba súbitamente el vuelo tras su exitosa pesca… y las aguas retornaban poco a poco a su paz solariega.

—La verdad es que nunca me cansaré de esta vista —susurró Pedro para no romper el encanto—. Da igual las veces que venga; a esta hora, la hora mágica, su esplendor te deja sin aliento.

—Ajá —asintió distraído su amigo, quien en el ínterin había sacado su bolsita de tabaco y se disponía a liarse un par de cigarrillos—. ¿Quieres uno?

Pedro lo miró asombrado, preguntándose por enésima vez por qué sólo él —y Lorena, quizá— podía apreciar semejante belleza en la Naturaleza. Aunque no puede afirmarse que haya visto mucho mundo con sus trece años, aquello se aproximaba bastante a su idea del paraíso. Tumbados allí, entre el monte y el embalse, rodeados de la vida y el color de un nuevo año… uno podría literalmente quedarse sin palabras… salvo Quique, claro está. Él únicamente soñaba con la oscuridad, el polvo de sílice y el trinito-tolueno necesario para horadar enormes toperas en busca de las venas de nuestra madre Tierra.

No, Quique no cambiará en su vida, pero puesto que no se puede hacer una acampada en medio de la mina —y Pedro esperaba no sugerirle jamás dicha idea—, aquella zona de los pinares del Llano junto al embalse de Aguilar fue la que nos pareció más adecuada. Edificado un lustro antes de que la humanidad alzara el vuelo y diese su primer gran paso, el embalse supuso una titánica obra de ingeniería para la cuenca del Duero en general, y para el Pisuerga en particular, pues al anegar sus frías aguas valles y pueblos enteros —poco más que erosionados peñascos ya bajo su superficie—, la riqueza agrícola, energética y turística sufrió un cambio trascendental, hasta el punto de que la zona donde habían acampado se había convertido en la playa de Aguilar y sus alrededores. En verano es prácticamente imposible encontrar un buen sitio donde plantar la toalla, sin embargo en primavera aún es posible disfrutar de sus bellos paisajes en soledad.

Aunque allí, más que soledad, existía comunión… para quien estuviese abierto a ello, por supuesto.

Una comunión de vida, con el monte y el pinar murmurando místicos e inquietantes sones mientras brindaban su resinoso frescor al respetuoso huésped; con la baldía playa y su inapreciable oleaje acunándolo cándidamente frente al gran islote y los arbustos que crecían en la ribera de agua dulce; y, por último, con el soberbio muro de contención ideado por la inteligencia humana, cuarenta y ocho metros erigidos contra un cielo azul oscuro en el que comenzaban a despuntar miles de estrellas, sin el cual toda la masa embalsada arrasaría regias obras románicas, como el monasterio Santa María la Real —cuyo emplazamiento ya es milenario— o la colegiata de San Miguel, en pleno centro de Aguilar de Campoo, sus cosechas y sus habitantes.

—Bueno, ¿lo pillas o no? —le apremió Quique rasgando sus ensoñaciones.

Pedro cerró los ojos un momento y suspiró.

Era inútil.

—No, gracias… prefiero reservarme para más tarde —en realidad preferiría no fumar, pues no estaba acostumbrado, y las pocas veces que lo hacía era allí… con ellos.

—¿Más tarde? Déjate de tonterías, tronco; sabes que no me cuesta nada hacer más —dijo tendiéndole el suyo—. Además, lo vas a necesitar si quieres privar —se levantó, dirigiéndose hacia la tienda.

—¿Has traído bebida? —fue ciertamente una pregunta retórica; cuando Quique apareció con una litrona de Mahou, procedente sin duda alguna de la bodega de su tío allá en Brañosera, no pudo más que admirarle—: ¡Eres la leche, tío! No sé qué haríamos sin ti esta noche.

—Lo sé —admitió él sin demora. Luego raspó una cerilla y prendió ambos cigarrillos, echó un largo trago al coleto y le tendió la botella—. Está calentorra, pero algo es algo. Habrá que poner el resto al remojo para esta noche.

Pedro volvió a suspirar, miró al infinito exhalando pausadamente el humo para evitar toser como un descosido y se llevó el vidrio a los labios. El líquido corrió por su garganta evocando multitud de experiencias, la mayoría solitarias y amargas; por eso no probaba la cerveza salvo en contadas ocasiones.

Y esta era una de ellas.

Miró a su amigo y sonrió.

Quería que esta noche fuera memorable.

Lo necesitaba.

Ellos lo necesitaban.

 

 

 

 

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La patata que atravesó el fuego

 

Fuera, sentados en un banco de piedra de la plaza, junto al pinar, Quique sacó un cigarrillo liado del bolsillo de su camisa y lo prendió con ademán experto. Sus ojos brillaron un instante bajo la trémula llama, y su rostro adquirió un matiz perverso y vivaz, mera sombra de un pasado que estaba obligado a reiterarse.

—¿A qué demonios venía eso, tío? ¿Ahora te da por esas cursiladas?

Pedro dibujó una torcida sonrisa.

—Creo… creo que se lo merecía, eso es todo.

—¿Se lo merecía? Se lo merecía, ¿dices? —lo repitió varias veces, como si eso le desvelase algún significado oculto a sus oídos—. Tú sí que te vas a merecer la hostia que te voy a dar como sigas así —le amenazó en broma, y luego rompió a reír—. Anda toma, dale una calada… si es que tu mano puede sostenerlo. ¡Y yo que pensé que era el bestia!

Pedro lo aceptó agradecido y estuvieron fumando en silencio, observándolo esquivamente en la penumbra. Deseaba contarle tanto, el miedo, los sentimientos tan desgarradores a los que se enfrentaba, la solitude… Sin embargo, de sobra sabía que nada que pudiera decirle cambiaría las cosas; tan sólo malograría la noche y al día siguiente un amargo sabor de boca sería su único recuerdo. Así que permaneció taciturno en el ocaso hasta el regreso de Lorena, intentando disfrutar del tiempo concedido.

—Gracias —extasiada, la joven se inclinó y le dio un beso en la mejilla a Pedro—. ¿Regresamos, que hace un poco de frío? —preguntó, abrazándose los hombros en un gesto universal.

Quique le dio una amistosa colleja a su amigo; seguro que se lo merecía.

—Sí, eso, volvamos antes de que nos tropecemos con algún peñasco y nos partamos la crisma… ¡o antes de que alguien pierda sus pelotas contra mi pierna!

Y así, linternas en mano, se internaron de nuevo en el bosquecillo, cargaron los sacos a la espalda y, recogiendo de cuando en cuando un poco más de leña —pues nunca estaba de más—, en diez minutos alcanzaron la orilla y sus pertenencias.

Allí, escuchando el crujir de la espesura, el lento oleaje lamiendo la arena y el peculiar susurro del viento en las copas de los árboles, Pedro y Quique prepararon la hoguera mientras Lorena tendía unas mantas para tumbarse; la radio sobraba en aquel momento, así como la conversación banal. Trabajaron a conciencia, tal como habían observado a sus padres y abuelos. Primero completaron el círculo de piedras que evitaría la propagación del fuego, limpiando asimismo los alrededores de cualquier rastrojo que pudiera ser apetecible al elemento primigenio, siempre imprevisible y voraz. Luego, sobre unas lanchas que asegurasen bien el tiro, unas ramas de escoba —Quique se había acordado de traerlas del monte— sostuvieron la generosa cantidad de piñas que habían recogido media hora antes; su conjunto proporcionará el sustento inicial para quemar una leña cada vez más gruesa hasta finalizar con un nudoso tocón que posiblemente tardaría horas en quedar reducido a brasas.

—Lorena, ¿quieres hacer los honores? —la preguntó Quique, tendiéndola la caja de cerillas y una página de periódico donde un Felipe González joven y todavía no apesadumbrado por el poder aparecía defendiendo la unidad de los españoles ante el terrorismo.

Ella dobló la página en abanico y, con un extremo en llamas, repartió el foco por los cuatro costados de la escoba, logrando en un minuto un chisporreante fuego del que pronto hubieron de alejarse si no deseaban salir escaldados. Debido a la humedad y a la hojarasca, la humareda fue impresionante al principio; a medida que el hogar adquiría calor y se secaba la leña, empero, ésta fue menguando hasta ser prácticamente imperceptible en la noche.

Ya no quedaba ningún resquicio de luz solar en el firmamento y, si bien la Luna en cuarto menguante permitía distinguir formas imprecisas recortadas contra las estrellas, no era suficiente para iluminar los alrededores más allá del resplandor de la hoguera.

Pedro se acercó a la orilla, una pátina negra hasta el horizonte arbolado, y desenterró otra botella; la sumergió en el agua para limpiarla de arenilla y se la llevó a la boca, su silueta recortada en vibrantes colores por las llamas próximas. Luego se tumbó en la manta, dejando a Lorena en el centro del trío, y le pasó la cerveza.

—¡Joder, no me digáis que esto no es una gozada! —exclamó—. Nosotros tres aquí, juntos…

—Sí, sería una jodida gozada si tan sólo pudieras mantener un rato el pico cerrado —protestó Quique, tumbado él también, recogiendo la bebida de las manos de la chica—. Pero sólo un poquito, ¿eh? No te vayas a quedar catatónico toda la noche.

—En realidad, una gozada sería si vosotros, ambos, cerraseis el pico de una vez y disfrutaseis un poco de este silencio —puntualizó ella—, que contadas son las ocasiones en que podemos disfrutarlo realmente.

Eso zanjó la conversación unos minutos, el tiempo justo para que las tripas de alguno —o de varios— de ellos dieron su particular opinión sobre la noche y mandase suculentas imágenes de choricitos grasientos humeando en el fuego.

—¡Vaya! Parece que mi idea ha sido acertada. ¿Puedes acercarme esa mochila, Pedro?

La joven repartió unos envoltorios de papel Albal a cada uno, le pasó una hogaza de pan a Quique para que fuera cortando unas rebanadas y luego abrió una tartera de metal donde la panceta aguardaba pacientemente su turno para tostarse.

—Están ya sazonadas —anunció, refiriéndose a las patatas—, pero si queréis más, tengo aquí en la bolsa.

—¡Dios, Lorena, cómo te quiero! —prorrumpió Quique—. ¿Has visto, chaval? ¡Si hasta los ha preparado ella misma!

—Sí, están listos para ser enterrados y esperar su resurrección desde el mismísimo infierno —no sería la frase más afortunada que dijera Pedro esa noche.

Pero, afortunada o no, así lo hicieron. Con la ayuda de una rama resistente —que horas más tarde terminó sus días en el fuego en premio a su colaboración— ahuecaron la base de ese infierno terrenal y, como huevos en un nido, enterraron las patatas y los chorizos para ser asados en su hirviente corazón. Había que tener cuidado en no sobrepasar el tiempo de exposición, pues, a pesar de estar protegidos por el aluminio, el calor era tal que generalmente la piel quedaba ennegrecida y debía pelarse para no comer —literalmente— carbón y tiznarse los dientes.

Entretanto, mientras la grasa exudada competía con el fulgor carmesí de las ascuas incandescentes, Lorena pinchó la panceta en otras tantas ramas poco más delgadas que la anterior y las tendieron al fuego como cañas de pescar. Demostrando la soberbia propia de un dios primigenio, éste respondió a la intrusión elevando sus ígneos brazos para capturar, retener y carbonizar la suculenta carne, pues su apetito es codicioso, y una vez que ha mordido su presa difícil resulta rescatarla. Bajas hubo, cierto, como la de Pedro, que perdió sustento a traición al preferir la madera otro depredador; afortunadamente, el reemplazo llegó pronto y nadie se quedó sin su sabrosa recompensa.

Cuando la panceta cayó sobre el pan de Olea y manchó generosamente de grasa su abundante miga, recobraron los choricitos y las patatas con cuidado de no abrasarse los dedos y los dejaron enfriarse sobre una lancha de piedra relativamente lisa. El intenso aroma que desprendían sus jugos, unido al frescor nocturno y al incesante crepitar de piñas y bolsas de gas en la leña, sería uno de los recuerdos más gratos de toda la velada; era una comunión perfecta con la Naturaleza, y a Pedro se le quedaría grabada para toda su vida.

Casi sin dar tregua a la noche ni a sus estómagos, dio comienzo el festín con una sonrisa y un trago de cerveza.

—¡Joder, tíos! Esto sí que me encanta —exclamó Quique, chorreando grasa por la comisura de sus labios—. El sabor que le da el fuego es impresionante; no tiene ni punto de comparación con la carne hecha en sartén… incluso la patata está buenísima.

Pedro y Lorena cruzaron una mirada y estallaron en carcajadas.

—¿Qué? —espetó Quique, y como ellos no respondieron, repitió, un poco mosqueado ya—. ¿Que pasa? ¿Tengo monos en la cara o qué, joder?

—No, no, nada. Si tienes razón, de verdad —respondió Lorena cuando logró reponerse un poco—; el sabor de la leña, las brasas y el humo le confieren un gustillo natural, semejante al que comían los hombres de Neanderthal en esa película de dinosaurios de Raquel Welch, pero es que… la patata… —Y ya no pudo contenerse más.

Quique la examinó sospechosamente. La piel se había chamuscado y la había tenido que retirar, aunque no encontró nada anormal; era una simple patata de campo del tamaño de un puño, algo arrugada y un poco nudosa.

—¿Que le pasa a mi patata?

—Bueno, no mucho; es sólo que se me cayó al suelo al ver lo que había traído ella… —aclaró Pedro tímidamente.

—Pero la habrás limpiado, ¿no?

—Sí, claro… aunque no antes de que se rebozase en esa moñiga de ahí —concluyó muy serio, conteniendo el aliento y la risa por lo que pudiera acontecer.

Ante semejante revelación, el rostro de Quique pasó del moreno habitual al magenta más estrambótico, rivalizando incluso con su crespo pelo cobrizo. Luego se incorporó de un salto gritando:

—¡Mecagüen…! —sus ojos giraban como posesos en las órbitas y las arcadas eran cada vez más imperceptibles al tiempo que aumentaban sus alaridos—. ¡Yo a ti te mato, capullo!

Pedro también se levantó, aunque lógicamente en dirección contraria, alejándose se su contrincante.

—No te preocupes tanto, Quique. La lavamos bien en el agua —intentó excusarle su amiga—, y el fuego debe haber quemado cualquier…

—¡Me da igual; yo le mato!

—Pero tranquilízate, tronco, que te pareces al Súper a punto de cargarse a Mortadelo por alguna de sus pifias —bromeó Pedro escudándose tras la tienda de campaña—. ¡Espera, tengo una idea! Te voy a poner un poco de música, que dicen que amansa a las fieras, a ver si así…

Y si la situación resultaba ya de por sí cómica, el pop ochentero de la Movida la dotó de una nueva dimensión, con su ca-ca-cabeza dando vueltas persiguiéndole, que a los pocos instantes hizo que los tres se desternillasen de risa rodando por el suelo.

—¡Eh! Qué raro, ¿habéis visto el fuego? —la voz de la joven parecía preocupada

Quique dejó de reírse un rato.

—Lo siento, Lorena, pero no cuela. Eso es peor que lo del burro volando —dijo, y volvió a reír; luego lo vio—. ¡Hay que joderse! —exclamó ante las llamas—. ¿Cómo lo han hecho?

—Sí, han crecido mucho; ya acarician las piedras —observó Pedro, recuperando el aliento y la seriedad de repente—. Será por la grasa de la comida.

—¿Después de un cuarto de hora? —suspicaz, Lorena se entresacó maquinalmente las agujas de pino de su cabello moreno.

—A lo mejor fue absorbida por unos troncos que ahora se están quemando —aventuró desesperado, ya que para él semejante manifestación sólo podía ser una señal, y no precisamente divina.

—¿Tú crees?

Pedro y Quique se encogieron al unísono de hombros.

—¡Qué mas da! —éste último acababa de llevarse la litrona a los labios—. Aunque, dado que está… ¡aprovechémoslo! Pedro, ayúdame con estas ramas.

—¿Qué vas a hacer?

Él lo miró con ojos desenfocados, presas de la excitación.

—¿Tú qué crees? —le guiñó un ojo.

Y Pedro lo sabía, por supuesto. No sólo por sus imborrables recuerdos de cada una de las acampadas anteriores, sino porque además Quique y él habían jugado así, con la hoguera, desde que eran críos. Al principio se trataba únicamente de una prueba de valentía hacia otros niños en la noche de San Juan, ganándose su admiración y respeto, mas en adelante se convertiría en una ineludible muestra de confianza y amistad mutua. Las reglas no habían cambiado con el tiempo, así como tampoco el miedo ni el subidón de adrenalina provocado por el riesgo —mínimo, por otra parte, aunque atravesar una imponente muralla de fuego siempre hacía palpitar sus corazones como sendas locomotoras de vapor a punto de descarrilar.

—Vale, pero antes pásame la botella, que tengo la garganta un poco seca —solicitó Pedro alargando la mano, aunque la retiró inmediatamente—. ¡Eh, serás cabrón! —exclamó; el muy capullo casi le amputa dos dedos de una certera dentellada. Parece que no ha olvidado todavía… a ver… no, definitivamente aún es pronto, se dijo al escuchar el gruñido amenazador de su amigo ante su mirada.

Bromeaba, claro, y no importa las veces que pudiera repetirse. Siempre sería divertido; bonito y divertido. Además, le distraía de otras cosas más tristes, y todavía no era el momento. Aún falta mucha noche, pensó mientras Quique le alcanzaba la cerveza e ingería el amargo brebaje. Después se la dio a Lorena y se pusieron manos a la obra.

La idea es simple e ingeniosa: alimentar el fuego para que las llamas alcancen su máxima altura. El método, también: generar una combustión rápida y calorífica, lo suficiente para los quince minutos de gloria que preconizó Andy Warhol y luego retornar a su estado inicial, mucho más pacífico; de esta forma se minimiza el riesgo de incendio, siempre al quite en aquellos montes. Los elementos pueden ser muy variados: la grasa, como se ha visto, suele dar buen resultado, así como otros aditivos artificiales —que poca gente usaba allí en los pueblos—; las escobas secas o las ramas de roble con sus hojas y pequeños retoños, por ejemplo, dan mucho juego, y su efecto conjunto es espectacular. También pueden humedecerse un poco si lo que se desea es un equilibrio entre llama y humo; el resultado sería más propio de chamanes e iluminados que de chicos demostrando su valentía, aunque, mientras exista variedad, unos aplausos son siempre bienvenidos.

En este caso disponían de las pocas escobas que había traído Quique consigo, unas cuantas brazadas de leña delgada y algunas piñas enanas caídas alrededor del campamento —ambas importantes, pues su resina arderá con pasión—. Además, para compensar la falta de materias primas, un poco de hojarasca podrida añadiría un componente místico al salto.

—Venga, a la hoguera con todo esto.

Al principio no había más que humo, que ascendía voluptuosamente hacia el firmamento; sin embargo, a medida que aumentaba la temperatura por la combustión interna, unas incipientes llamas asomaron entre los resquicios de la hojarasca, y pronto un encarnado resplandor les obligó a entornar los ojos. Tienda de campaña, árboles y embalse resultaron perceptibles a simple vista, e incluso la orilla de enfrente, más allá del agua, bailaba al son de las llamaradas.

Se apartaron un poco, pues el calor era insoportable.

—¿Quién va primero, tú o yo?

—¿A quién se le cayó mi patata? —replicó Quique con sorna.

Pedro asintió con semblante serio y se encaró al peligro. Su rostro era una inescrutable amalgama de sentimientos, presididos si cabe por el respeto, y sus gafas reflejaban el fuego como si las fauces del infierno lo devorasen lenta y dolorosamente. Dio unos pasos a la izquierda, midió la distancia y, lanzando una mirada a sus amigos, comenzó a correr.

—¡Vamos, Pedro, adelante! —vociferó Lorena dibujando una sonrisa de ánimo.

Quique no dijo nada, sin embargo su mirada brillante no dejaba sombra de duda sobre su apoyo.

La hoguera crecían a pasos agigantados, al igual que el rugir del fuego, que impaciente aguardaba el desafío; con todo, no dudó cuando alcanzó el punto sin retorno, ganó impulso y saltó con la mirada fija en el horror. En este punto la combustión era tal que las llamas le lamían el pecho, y por un instante temió haberse pasado con la leña; el calor sería excesivo, su cabello se evaporaría junto con el humor acuoso de sus ojos, se prendería su ropa y su cuerpo se colmaría de llagas antes de caer precipitadamente al agua, donde el imperio de la tortura se haría cargo de su ser.

Luego el mundo desapareció.

Los coros de sus amigos —si es que alguna vez los hubo— enmudecieron también, así como su propio corazón. El tiempo se detuvo dulcemente, y su vida entera fue sustituida por un candente huracán de gemas y brillantes carmesíes, suspendidos en un eterno fragor de expectante silencio. Durante esa inconmensurable fracción de segundo en la que su cuerpo desafió las leyes universales, cielo e infierno se fusionaron en una esfera condensada de placer, dolor, y esperanza, que inundó todos sus sentidos como una revelación tántrica. Su mente pudo entonces liberarse de las ataduras físicas y navegar libremente en corrientes ancestrales de maldad, bondad e indecisión, desdibujadas en multitud de colores oscuros, brillantes y grisáceos, respectivamente, que circulaban a su alrededor. De cuando en cuando una porción de haz se apartaba de su camino y se unía a otro de signo opuesto, sin vacilar siquiera, y sus colores contaminaban a los de su alrededor antes de ser completamente absorbidos por la homogeneidad. Degustó así cada una de estas corrientes, sorprendido por sus infinitas posibilidades de elección, aunque no las siguió, ya que su destino era incierto.

Si el Limbo existe de veras, será algo parecido a esto, pensó admirando la belleza de la contradicción.

Sin embargo, ese instante perfecto no podía durar, y Pedro fue expelido sin contemplaciones de un estado que le estaba —por el momento— prohibido. Sintió cómo su alma era apartada, repudiada por la esfera perfecta del Limbo, y reincorporada al mundo de emociones físicas del que todos alguna vez renegamos. El tiempo volvió bruscamente a su ser con una explosión de sonido, dolor y vertiginoso movimiento que lo desconcertó momentáneamente, dio un traspiés y cayó al mundo real como un saco informe de huesos, masa muscular y sebo sin ninguna función concreta.

Traspasar el umbral siempre era igual de doloroso, física y psíquicamente hablando.

—¡Hay que joderse! —exclamó Quique.

Lorena y él corrían ya hacia Pedro, tirado en el suelo.

—¿Estás bien? —parecía preocupada.

Pedro asintió, desorientado aún, y trató de ponerse en pie por su cuenta, con tan mala suerte que se apoyó en su mano derecha herida y perdió de nuevo el equilibrio.

—Pero, ¿qué demonios te ha pasado, tío? —preguntó Quique, ayudándolo a levantarse—. Por un momento desapareciste…

—¿Qué? ¿Desaparecí? —balbuceó Pedro. Nunca antes le había ocurrido; siempre existían pequeñas variaciones, y generalmente el proceso era instantáneo, sin embargo ahora debía haberse demorado más de la cuenta… ¿Acaso se le estará acabando el tiempo? Antes hubiera aceptado gustoso, pero ahora…—. ¡Vamos! ¿Cómo que desaparecí? Salté, atravesé el fuego y caí al suelo como un idiota. ¡Eso no puede ser, tíos!

Cojeando, se acercaron a las mantas y allí le tumbaron, frente al fuego.

—No sé… a lo mejor fue un efecto óptico, por el fuego, la oscuridad…

—¡Ja!, Di mejor por la cerveza —la corrigió Quique.

—Bueno, eso también —aceptó ella, sonrojándose—. Pero, ¿ves? Ambos lo hemos visto.

—¿Alucinaciones paranoides conjuntas? —aventuró Pedro esbozando una sonrisa—. ¿Histeria transitiva masificada?

Los tres se miraron y prorrumpieron en carcajadas.

—¿Seguro que estás bien? —repitió Lorena señalando a su pierna—. Mañana te dolerá ese tobillo.

¡Ah, sí! El tobillo; había olvidado lo que dolía, pensó, aunque no lo expresó en voz alta, pues estaba ya acostumbrado; en cambio asintió vigorosamente.

—Sí, no os preocupéis por mí; me quedaré sentado aquí un rato, a ver si se me pasa… —cosa que no ocurriría; en unas horas el pie se le habrá hinchado tanto que no podrá ni articularlo, y al día siguiente debería como poco entablillarlo si no quería enfrentarse a una lesión permanente. ¡Cada día es más difícil!, bufó hastiado.

—Como quieras, chaval. ¿Te importa si…? —preguntó Quique, señalando la hoguera.

—Sí, sí, adelante, diviértete —le apremió gesticulando con las manos—. Es nuestra noche, joder.

Quique se apartó con una sonrisa.

—Vale. Lorena, ¿los dos juntos? —propuso, extendiendo un brazo que ella asió enseguida.

Cogidos de la cintura, saltaron la pira como dos amantes se enfrentaban a su deseo: abiertos, sin miedo ni rubor, a cualquier posibilidad de gozo. Por supuesto, ellos no desaparecieron, ¿qué sentido tendría, en realidad, después de tanto tiempo? Para ellos, esta noche las llamas eran insustanciales, algo inofensivo y terrenal, sin ningún significado místico aparte de su vistosidad. Simplemente cruzaron al otro lado profiriendo risas y gritos bucaneros, sintiéndose los amos del mundo.

¡Qué demonios! Lo eran.

¡Vaya ironía!

 

 

 

 

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La Virgen y su congregación

 

—¡Vaya! ¡Pero si ya estáis aquí! —gritó una voz femenina un cuarto de hora más tarde—. Lo ves, Fede, te dije que no hacía falta que me acompañaseis.

Pedro y Quique cruzaron una mirada alarmada; ni que decir tiene que la botella fue rápidamente mal disimulada tras la fornida espalda de este último y, entre toses, los dos pillines saludaron a la autoridad.

—Buenas tardes —farfullaron al unísono, Quique aguantando la risa y Pedro a punto de llorar.

Fede, hermano de Lorena y Guardia Civil por imposición más que por vocación —factores muy alarmantes de por sí—, los miró entre implacable y divertido, sabiendo en todo momento quién ostentaba la autoridad allí, entre tanto mocoso.

—Tranquilizaos, chicos, que no estoy de servicio… aunque mi compañero, que está en el coche patrulla ahí en la carretera —señaló vagamente un punto cerca a la playa— podría empapelaros si viese algo… ¿como diría?… irregular —sonrió tras inspeccionar el lugar, tratando de mantener la compostura para no mojarse los pantalones de la risa—. Solo quiero asegurarme de que os lo hayáis montado bien, eso es todo.

A pesar de su aparente cordialidad, ninguno de ellos respiró tranquilo. Es más, ¿no es así como se comportan los depredadores antes de su ataque mortífero?

—Sí, sí… todo está muy bien; ya hemos puesto la tienda y… —titubeó Pedro.

—… Y tienen hasta un cerco de piedras para el fuego —salió Lorena en su defensa—. No hay drogas, ni sexo, ni rock‘n’roll… Así que ya ves, todo en orden, mi capitán.

Su mirada barrió de nuevo el improvisado campamento y asintió, dándose por satisfecho.

—Cuidado con la fogata, no se os vaya de las manos —advirtió—. Y no os bañéis en la presa, que no se ve una mierda cuando anochece. Y mucho ojo con…

En este punto Lorena ya había comenzado a empujarle de vuelta coche patrulla, ya que los privilegios sanguíneos prevalecían sobre la autoridad y podía permitirse semejante licencia.

—Venga, vete pesado —le conminó con una sonrisa—, y dile a papá que no se preocupe.

—Bueno, pasaré a recogerte por la mañana, ¿vale? —se le oyó decir ya en el borde de los pinares. Lorena ni se molestó en responderle.

—Joder, ¡qué susto nos ha dado tu hermano! —espetó Quique una vez solos, cuando besos y abrazos fueron repartidos—. ¿No podrías habernos avisado?

—¿Cómo? Fue una decisión de última hora… además, ya sabéis cómo es mi padre; cuando se le mete la mosca tras la oreja no hay forma de que cambie de parecer.

Efectivamente, todos habían tenido el dudoso placer de conocer a Eugenio, su padre, con resultados que variaban desde el escarnio hasta el pasable-pero-no-te-acerques-más-a-mi-hija. Después de un encuentro en la pizzería de Aguilar, Pedro se alegró de no tener un padre así, la verdad; desde luego, hacía honor a su nombre. Con todo, tampoco se le podía reprochar nada. Maricarmen, la madre de Lorena, murió cuando ella contaba unos seis años, y su padre tuvo que educarla de la nada hasta los prácticamente catorce años que tenía ya la moza. Adolescente, las tornas habían cambiado, y a Eugenio se le hacía muy difícil de sobrellevar la nueva e insalvable situación.

—Al menos no ha dicho nada de la cerveza.

—¿Y qué va a decir? ¿Que no bebamos? —Lorena lucía una mueca despectiva—. Él no es como mi padre; también se corre sus juergas de vez en cuando.

—¡Y también recibe una buena tunda por ello!

Sonrieron, todavía un poco nerviosos.

—En cualquier caso, se nota que aquí hacía falta una mano femenina, porque, ¿quién ha traído la comida?

—¿Comida? No la necesitamos con toda la bebida que tenemos —respondió Quique.

—Bueno, pues para quien le entre hambre, aquí tengo unos choricitos, unas patatas y un poco de panceta, que en pan de Olea y acompañados con tu cervecita entran de vicio, ¿verdad Pedro?

—Sí, señora, así me gusta —contestó éste examinando el contenido de su mochila—. Tú pensando en nuestros estómagos y Quique en nuestras neuronas.

El aludido corrió junto a ella y la elevó por los aires.

—Porque eres mi amiga, que si no…

—¡Suelta, idiota!

Una vez en el suelo, tras propinarle un par de empellones, Lorena sacó de su mochila una radio y la sintonizó en una de las pocas emisoras que podían recibirse en la banda de FM. Inmediatamente la sensual voz de Ana Torroja se propagó por el embalse, liberándose así de la depresiva prisión de su dormitorio, de las pastillas y su desamor.

—¿Qué? ¿Viene o no viene ese cigarrito, Quique? —inquirió la muchacha dibujando una uve con sus dedos.

—Sus órdenes, mi generala.

Mientras fumaban un rato en silencio, Mecano dio paso a Loquillo y sus hombres de las cavernas, despreciando amor y porvenir con un poco de rock’n’roll y una visita al rompeolas. Amor no escasearía entre ellos aquella maravillosa tarde de primavera; el porvenir, no obstante…

—Quizá deberíamos ir a buscar un poco de leña para la noche —sugirió Pedro, siempre atento a cualquier detalle—. Posiblemente no tengamos ni para una hora con que haya por los alrededores.

—Me apunto —dijo Lorena matando la litrona—. Además, de paso quisiera visitar la ermita… y si puede ser con luz solar, mejor que mejor.

—¡Oh, no! —protestó Quique—. No la dejéis acercarse, ¡por Dios!

Otro empellón bien aplicado acalló sus protestas, y una vez hubieron recogido un poco el campamento, se pusieron en marcha colina arriba. Cada uno llevaba un saco de los que se usaban para transportar carbón —de hecho su interior tiznaba como una cocina—, que fueron llenándose paulatinamente de piñas, ramas y algún que otro tocón delgado. Ya estaban prácticamente a rebosar para cuando dejaron atrás la zona de las barbacoas, así que decidieron dejarlos a un lado y proseguir la excursión un poco más ligeros; ya los recogerían a la vuelta.

—¿Sabíais que la ermita fue trasladada desde el embalse hasta aquí en los años sesenta?

—¿Porque iba a ser tapada por las aguas? —preguntó Quique—. Algo mencionó don Pizarro en una clase de historia, creo recordar, aunque también es cierto que nadie lo tomábamos muy en serio cuando divagaba… y mucho menos yo —agregó soltando una carcajada; por aquellos días su alma ya pertenecía a las infranqueables oquedades que discurrían bajo los montes palentinos.

Pedro cabeceó con resuello.

—En realidad, fue otra la iglesia que piedra a piedra se desmontó para ser reubicada en Palencia —puntualizó un poco molesto, pues tenía en muy buena estima a aquel anciano cano y con bastón, quien llegado el invierno siempre se quejaba de sus maltrechas rodillas; sus lecciones eran magistrales y su dedicación a formar unos pupilos que, en su mayoría, no verían más allá de esos montes resultaba más que admirable. De hecho, don Pizarro fue el motor de su vida desde entonces—. Hubo protestas, algún que otro piquete fue detenido, pero todo resultó inútil bajo aquella represión; un plan, un trazado, una aquiescencia y un sello fueron suficientes para que el pueblo de Frontada fuera finalmente sumergido. Al menos salvaron las iglesias antes de inundar toda esa zona… —Pedro se imaginó aquellas calles y plazas vacías, puertas y contraventanas cerradas preservando recuerdos, pasiones y fantasmas congelados en éxtasis atemporal, un columpio mecido por gélidas corrientes y las risas otrora presentes acalladas ahora por mantos de una vida singular, extraña sobre aquellos muros, aceras y techumbres, pues hasta entonces tan sólo la lluvia las humedecía—. ¿No es así, Lorena?

—Siendo un patrimonio histórico nacional, es comprensible que prefieran salvar esos monumentos antes que un viejo pueblo…

—¿Patrimonio histórico nacional? —repitió Quique un poco indignado—. Di mejor que el Generalísimo tendría a la santa madre Iglesia estrujándole las joyas a España de no haber trasladado a tiempo ambos santuarios.

—Bueno, sea como fuere —le restó Lorena importancia—. El caso es que, al contrario de la iglesia del pueblo, la ermita no sería cubierta, sino que quedaría aislada sobre la colina, esa que sobresale como un islote allí, en medio del pantano —aclaró—, sin posibilidad de acceso para sus feligreses la mayor parte del año; era inaceptable. El ayuntamiento de Aguilar cedió entonces un terreno junto al futuro embalse y la Virgen del Llano tuvo un nuevo cobijo bajo estos techos.

—La única pega que se le puede achacar —añadió Pedro, consternado, observando la plaza, el monolito conmemorativo y el sacrílego bar— es que el estilo es moderno; nada queda de la edificación templaria original, allá por el siglo XII.

Rodearon la construcción, a esas horas patios y vidrieras ya oscurecidos y prácticamente indistinguibles, hasta dar con la cancela de cristal y metal que en forma de regias estolones franqueaban la entrada. El cristal estaba roto, y faltaba la cerradura, pero un enorme candado bloqueaba el paso. Poco tiempo atrás la habían forzado tratando infructuosamente de robar la virgen, una talla de madera neorománica que a finales de mayo y principios de septiembre se portaba a hombros en la romería, y desde entonces la ermita permanecía cerrada por las noches. Además, se encargó una excelente reproducción de la matrona, la original demasiado valorada para permanecer aislada y sin ningún control.

—¿No podemos pasar, entonces? —preguntó Quique.

Lorena denegó con un ademán, su rostro desilusionado les dio la espalda momentáneamente.

—Ya es muy tarde… otro día quizá.

Pedro la miró con ojos tristes, sumido en inquietantes presagios, y tomó una determinación. Posiblemente —realmente— no lo hubiera hecho antes de… Las cosas habían cambiado, no obstante. Su vida había cambiado desde entonces.

—Pero… tú quieres verla; hemos venido aquí por eso. No podemos marcharnos así.

Y antes de que Lorena o Quique protestasen, alzó una gran piedra y golpeó el herrumbroso candado una y otra vez, maldiciendo por lo bajo hasta que le sangraron las palmas.

—¡Para! —chilló Lorena—. ¡Te estás haciendo sangre!

Pedro la ignoró y siguió adelante. Esta vez no, esta vez no, joder. Un par de golpes más y el candado cayó al suelo, rebotó en el mosaico empedrado con ensordecedor estrépito y dejó un rastro granate tras él. No obstante, la cancela se abrió majestuosamente ante ellos.

Et Voilà, señorita. Usted primero.

—¿Cómo se te ocurre? Estás loco. Anda, toma esto —dijo Lorena tendiéndole un pañuelo con admiración. Su mirada era intensa, insosteniblemente hermosa bajo las estrellas—, para la sangre.

Él demoró la mano sobre su temblorosa piel más tiempo del necesario, disfrutando con ese contacto que los hados del destino le habían otorgado por su osadía.

—Bueno, parejita… ya que está abierto ¿entramos?

Pedro hizo un gesto negativo.

—No; la de hoy es una visita privada para la dama. Adelante —la indicó con un guiño cómplice—. Disfruta.

Agradecida, Lorena inclinó la cabeza y se adentró tímidamente en el recinto sagrado, alumbrando el suelo enlosado con la linterna. En principio no albergaba intención alguna de entrar, aunque lo desease sobremanera; se sorprendió de que Pedro la conociese tan bien, y se preguntó si no habría algo más que hubiese pasado por alto. La pubertad daba ya en ella sus primeros frutos, y no dudaba que esos cambios afectarían de alguna manera a sus relaciones con los chicos… incluidos Pedro y Quique.

Y eso le dolería mucho.

Se detuvo junto al portón principal, indecisa, y por un instante se limitó a estudiar la piadosa gracia del lugar. A su derecha una pared blanca y completamente lisa invitaba a liberar el espíritu de cualquier impureza, mientras que a la izquierda unos ángeles —jóvenes féminas como ella— alzaban sus instrumentos musicales hacia adelante en una sonora invitación. No había Cristo ante el altar, ni tan siquiera el sempiterno símbolo cristiano por excelencia, sino únicamente una pequeña talla: una Virgen de manto rojo y corona dorada sentada en un trono con el Niño en brazos. Tras ella, el ábside —moderno, plano y equilibrado en una semibóveda— estaba decorado con una pintura que retrataba los dos mundos que allí convergían, y entre ambos querubines y mujeres del Antiguo y Nuevo Testamento reivindicaban su lugar en la Historia. La decoración era sobria y elegante en conjunto, pero su efecto, no obstante, era sobrecogedor gracias a los escasos rayos solares que penetraban por las vidrieras a su izquierda, diseñadas para recibir el ocaso solar. Los rayos divinos se unían a los celestes en un cono de alabanzas que tenían a la Virgen en su centro, irradiando su propia luz a los creyentes que allí acudían a celebrar el Misterio.

Conmovida, Lorena aspiró el aroma cerúleo que impregnaba toda iglesia y silenciosamente se adentró en la casa del Señor como una novia en sus esponsales. No era particularmente devota, aunque la obligaban a asistir a misa los domingos y fiestas de guardar, y sin embargo tenía una especial atracción por los iconos sagrados, en particular por las Vírgenes, tan majestuosas sosteniendo al Niño entre sus pechos, tan amantes, tan candorosas, tan… madres. Pocos recuerdos guardaba de la suya, y con el tiempo su imagen se había idealizado… deificado incluso, aunque sabía que no podrían compararse, que sería casi una blasfemia a los ojos de Dios… pero el deseo, la falta, la pérdida eran tan grandes…

Se postró ante la Virgen, admirando su rostro curtido por los estragos del tiempo sobre la madera, sus lágrimas, su pasión… incluso los restregones que la mujer del ermitaño le propinó con un estropajo a principios de siglo con la sana intención de sacarla un poco de brillo resultaban hermosos bajo la escasa iluminación de las vidrieras. Era una obra nacida de una devoción olvidada ya en estos tiempos, una obra de reverencia, de amor.

Rezó unas oraciones sobre la alfombra y luego reposó unos minutos en un banco próximo al altar, su mirada fija en el sacro icono.

Recordando.

 

 

 

 

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El retrato de una buena acción

 

—Os acordáis de aquel crío que salvamos…

Había pasado ya un buen rato desde que Lorena y Quique se cansasen de saltar una y otra vez sobre las llamas, y ahora los tres fumaban tranquilamente mientras en la radio una vieja balada acompañaba al suave crepitar de la fogata.

—¿Carlitos, dices?

—Sí, claro. El pobre chaval era tan pardillo que hasta lo usaban como balón de fútbol cuando teníamos nueve o diez años…

Lorena asintió, preguntándose qué habrá sido de él.

—Creo que se marchó del pueblo —dijo Pedro como le hubiera leído el pensamiento—. Desde aquello se fue a vivir con sus tíos a Santander. Le gustaba mucho aquella ciudad, y supongo que allí se asentará.

—No me extraña. Esos cabrones lo hubieran matado a palos si no hubiéramos llamado a Fede aquella noche…

Su hermano todavía no había ingresado en la Benemérita, pero ya entonces tenía claras sus intenciones, y disponía de no pocos amigos entre sus filas. Cuando Lorena subió corriendo a su casa, tan nerviosa que no podía articular palabra, no tuvo que hacer más que un par de llamadas para que se presentase una dotación completa en aquella estrecha callejuela de Aguilar, junto a una portilla de entrada a la ciudadela. Allí encontraron al pobre niño inconsciente, con la ropa rasgada y el cuerpo ensangrentado y repleto de magulladuras. Jamás se supo quién había sido, y el pobre Carlitos nunca inculpó a sus agresores, ya sea por temor o porque realmente no los reconoció en su momento.

La terrible noticia estuvo en boca de todo el pueblo al día siguiente, y su nombre fue mencionado en las plegarias del día, equiparándose a santos y personas de gracia de nuestra Santa Madre Iglesia, ya que tardó más de treinta y seis horas en salir del coma. Sin embargo, poca gente sabía que había sido un grupo de amigos, prácticamente de la misma edad que el agredido, quienes habían ahuyentado a pedradas a los culpables, ocultos tras un R5 aparcado a unos metros del lugar. Dado que ellos tampoco los habían podido reconocer —unos tíos de dieciséis o diecisiete años, fornidos o muy bien abrigados, describieron Quique y Pedro en su momento— bajo una oscuridad sin farolas, sus padres junto con las autoridades convinieron en no revelar sus nombres, y curiosamente nadie los mencionó en absoluto, algo inaudito en un pueblo.

—Todavía me acuerdo; lo dejaron inconsciente y luego le bajaron los pantalones… —Lorena se estremeció al recordarlo.

—¡Menos mal que pasábamos por allí! Fuiste tú quien lo escuchaste, ¿no? —indagó Pedro—. Casi como si lo presintieras, porque ninguno de nosotros pudimos oír nada desde aquella distancia.

Ella asintió, ensimismada aún en el oscuro incidente. Miró el cigarrillo; todavía le faltaban un par de caladas para que se le quemasen los labios —Quique rara vez les incluía un filtro—, así que lo apuró con ansias y arrojó la colilla al fuego.

—Estuvo bien, ¿verdad? Quiero decir, ¿hicimos lo correcto esa noche? —preguntó la joven exhalando amargamente el humo.

—Creo… que sí, fue lo mejor para todos nosotros… y para los chavales que están con él —añadió Pedro llanamente.

—¿Quique?

—¿Acaso lo preguntas? Si hay una cosa que mi padre, la vida en la mina, me ha enseñado, es que hay que confiar en los demás… y ayudarlos si fuera necesario. Es tu vida la que está en juego allá abajo, y quieras o no depende de otros —sentenció.

—Pero… ¿y las pesadillas? ¿Merecieron la pena? —preguntó con lágrimas en los ojos.

Lorena había sufrido devastadoras pesadillas durante casi un año desde que libraron a Carlos de su destino. En ellas eran sus agresores —unas caras informes cubiertas por máscaras informes— quienes entraban en su casa, la sacaban a rastras de la cama y, ya en el callejón, la arrancaban el camisón frente a sus amigos, impotentes tras un cristal de hielo y púas de metal. A veces, cuando todo terminaba, se arrancaban las máscaras mostrando una sádica sonrisa, y sus rostros eran desconocidos y monstruosos… aunque en unas pocas ocasiones eran las personas que más amaba quienes contemplaban su desnudez con una mirada negra y sin vida; entonces se despertaba gritando, sollozando de desesperación, y tardaba días en recuperar su dulce sonrisa, mustia como una flor agostada.

Pedro y Quique trataron de ayudarla, distrayendo su atención e intentando sonsacarla una sonrisa que ella no podía dar, porque por mucho que lo intentase siempre revivía aquellos gritos, aquellas muecas de perverso placer, las violentas acometidas…

Gracias a Dios la mente humana es prodigiosa y, si al principio las pesadillas se producían cada semana, su ritmo fue decreciendo paulatinamente hasta una cadencia de una cada mes, luego cada dos meses, y pronto su aparición fue prácticamente insignificante, un miedo ya superado a sus catorce años.

Era lo que al menos hasta ahora creían.

—Eso es algo que sólo tú puedes valorar, pequeña —respondió Pedro tras un breve silencio, acariciándola el hombro con suavidad—. Tú y tu corazón. Por mi parte, y supongo que también por la de Quique y la tuya propia, tomamos la decisión que consideramos acertada en aquel momento. Nadie se merece sufrir así; no podíamos, sencillamente, darle la espalda.

—Lo sé, lo sé… sólo espero que algún día se reconozcan nuestros méritos —musitó, los ojos brillantes fijos en el candoroso resplandor.

—No deberías preocuparte por eso a tu edad, preciosa… no obstante, si te sirve de consuelo —dudó—, la bondad siempre es recompensada —dijo tras un momento.

Al fin y al cabo, es gracias a ella que tenemos esta oportunidad… juntos.

—¿Bailas?

Con alguna que otra intromisión, gruñó Pedro, aunque se retractó enseguida de sus celos infantiles.

Quique se la había acercado por detrás y la cogió por la cintura sin posibilidad de escape, alzándola en vilo un metro sobre el suelo. Recuperaron el equilibrio justo cuando sonaban los primeros acordes del Boss. Había estado trasteando un buen rato con su música, avanzando y rebobinando el cassette que Pedro y Lorena le regalaron por su cumpleaños, hasta que por fin encontró la canción que andaba buscando. Pronto estuvieron bailando en la oscuridad, sus rostros imbuidos de pasión por un fuego que animaba sus corazones y sus ansias de vivir. Una clara contradicción, en verdad, con el espíritu del álbum de 1984, cuyas letras criticaban veladamente a una sociedad que dominaba el mundo bajo el frío y mudo terror del MAD.

Pedro les esperó con una cerveza en la mano cuando cayeron rendidos ante la fogata. Se había levantado una pequeña brisa, y el círculo se fue cerrando paulatinamente para así compensar la creciente humedad.

—¿Que os parece si… contamos historias de terror?

—¿Ahora? —preguntó Quique sin muchos ánimos. Tenía la bolsita de tabaco entre las piernas, el librillo de papel cebolla a la derecha y unas hierbas desmenuzadas a su izquierda. ¡Había necesidad!

—Sí. ¡Venga, será divertido, como en las películas!

—¿Una noche de acampada, junto al fuego?

Pedro asintió, ansioso. Pero entonces Quique y Lorena cruzaron una mirada y, echándose a reír como cosacos, exclamaron los dos a la vez.

—¡No!

Luego Quique fue pasando los cigarrillos.

—Le he añadido unas hojitas de hierbabuena, para que cambie un poco el sabor. No os subirá como unas buenas semillas de maría —se encogió de hombros—, pero tampoco os cortará en seco el cachondeo.

Una vez, recordó Pedro, habían oído hablar de esas famosas semillas. Las trajeron unos chicos al recreo de la escuela ‘de una planta que nosotros mismos cultivamos’, se jactaban con orgullo, pero no logró ni atisbarlas tras el corrillo que se formó a su alrededor. Después, Quique le confesaría que logró darle unas buenas caladas al salivado porro, pues los tíos llevaban carbón en la sangre; como él, se aprestaban a continuar su dura vida bajo tierra, y ya a tan corta edad formaban una cerrada piña entre ellos.

—Es… agradable —tosió Pedro—. Un poco más fresco, quizá.

—¿Como si te fumases el campo? —sugirió Quique, y soltó una risita—. ¿Cómo era eso que decían? ¡Ah, sí! No pises la hierba, ¡fúmatela!

Lorena se abstuvo de hacer comentarios, fumando con los ojos cerrados. Aspiraba lenta y profundamente, el capullo incandescente trazando ritmos aparentemente al azar, dancin’ in the Dark.

—Somos buenos amigos, ¿verdad? —preguntó al cabo de un rato.

Pedro asintió y Quique afirmó sin titubear:

—Los mejores. ¿Por?

La joven guardó silencio un buen rato, mirándose las manos.

—Es que… tengo miedo.

Pedro y Quique la miraron al unísono.

—¿Miedo, tú? —se preguntó éste último—. Pero si precisamente eres la que siempre te metes primero en los sitios más insospechados, la que nos empuja a todas nuestras aventuras… ¿De qué demonios puedes estar tú asustada, joder?

No respondió, aunque los colores encendieron sus mejillas y las lágrimas brillaron en sus ojos aceitunados. Pedro, que no aguantaba verla sufrir, intervino:

—No pasa nada, Lorena. Es cierto que ya no es como antes —la miró a través del fuego, atravesándola el corazón— ahora que estamos creciendo. Aunque puedo decirte algo: nuestros deseos, nuestras necesidades, podrán cambiar, pero jamás, te lo aseguro, nunca dejarás de ser nuestra amiga, ¿no es así, Quique?

El chico asintió con cara de no haberse enterado de nada, no así Lorena, quien se sobresaltó por segunda vez esa noche. Una vertiginosa sensación de déjà vu y de desnudez tanto física como mental se apoderó de ella sin poder explicarlo, y un escalofrío —de temor, de placer— recorrió su espalda hasta la base del cuello. Una lágrima rodó hasta sus labios, donde tembló retenida sobre una titubeante sonrisa; al fin cayó al suelo, pero ya entonces se encontraba en los brazos de sus amigos, fuertemente entrelazados.

—Veis, esto es amistad, y no esas tonterías que se ven por ahí.

—Sí, y no necesitamos tampoco eso del pacto de sangre…

—No empieces, tío —le advirtió Quique—; todavía quiero hacerlo algún día, cuando comprendáis lo que realmente puede significar. Es algo místico, una conjunción de fuerzas más allá de nuestro entendimiento…

—Cierto. Algo místico es que tu hables de esas cosas, tío —comentó Pedro aún a riesgo de recibir una colleja.

—En serio, ¿no podéis estaros quietos ni siquiera ahora? —sus brillantes esmeraldas los engarzaron severamente.

Pedro y Quique cruzaron una mirada divertida.

—Pues… no, ¿verdad? —declaró el primero.

—No lo creo, no —confirmó el segundo.

Sólo el crepitar del fuego los acompañó en aquellos instantes; incluso la radio se había tomado unos segundos de pausa reflexiva, intuyendo quizá el clímax bajo las estrellas.

—Esperad un momento. No os mováis, que quiero… —exclamó Lorena al cabo de un rato; corrió hacia la tienda de campaña y sacó una cámara Polaroid—. Es de mi hermano; la requisaron unos compañeros suyos en la frontera francesa… y se la he cogido esta mañana sin que se diese cuenta —confesó sin rubor—. A ver, poneos así, como estabais, junto a la fogata, que la voy a poner en automático —les indicó mientras la situaba sobre una rama de un pino cercano.

Diez segundos después, los tres amigos fueron inmortalizados a seis mil quinientos grados Kelvin en químicos que, al contrario de su recuerdo, palidecerían años más tarde ante los estragos del tiempo.

En la radio, recuperada ya de su lapsus, la música se sucedía sin pausa, triste, lenta, acompañando al sosegado devenir de la noche. Así, tranquilamente pasaron de estar sentados al borde de un embarcadero a dar un paseo por la vida de la mano de Mark Knopfler y su guitarra azul eléctrico.

La vida tiene sus bromas; si la suerte te acompaña las va soltando poco a poco, si no, los reveses serán traumáticos.

 

 

 

 

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El ocaso de la niñez

 

Lorena se levantó con desgana —la cerveza y el cansancio del día pronto pasarían factura— y arrojó un poco más de leña a la hoguera. El pino, al igual que el roble, duraba poco; demasiadas calorías en un corto espacio de tiempo. Sus reservas, por consiguiente, menguaban rápidamente, y pronto habrían de refugiarse en los sacos de dormir si no querían recoger más.

El desencantado neopunk sustituyó al antimilitarismo inglés y pregonó su caótica ideología sobre el futuro. Bauhaus ya se había escindido de la corriente principal, cínica y autocrítica, y sus letras acariciaban tétricos y transcendentales ambientes, conscientes de la nueva tendencia musical que estaban creando. Ardillas, rapaces y humanos cerraron oídos ante semejantes derroteros, aunque en su interior se les concediese cierto rigor y fundamento.

—¿Que creéis que será de nosotros cuando seamos mayores?

—¿Dentro de un año, dices? Bueno, no —rectificó Quique, encogiendo el cuello—, que a Pedro le falta todavía unos quince años para eso.

—Ja, ja; muy gracioso chavalín. Y si te metiera esto por…

—No, en serio, que parecéis Zipi y Zape —protestó Lorena compungida, bajando el puño de su amigo hasta una posición menos agresiva—. Aguardad; seguro que lo adivino.

—Bueno, lo mío es bastante fácil —confesó el futuro minero midiéndose los músculos del antebrazo.

—Sí, contigo no tengo que esforzarme mucho, ¿verdad? Ya sé —exclamó chasqueando los dedos—: cocinero. Estoy segura que con esos brazos serás un buen chef de cuisine.

—¡A la semana habría ya pasado a todos sus empleados a cuchillo! —rió Pedro; luego observó con poca ocurrencia —: Al menos tienes que reconocer que rima.

—A mí deja de hablarme en franchute, que no entiendo ni papa. Pero no, creo que no me atraen mucho las ollas… salvo las ferroviarias, y eso sólo en comilonas.

Tras echarse unas risas recordando esos artefactos, verdaderas ollas que cocían unos guisos exquisitos gracias al carbón que guardaban en su base, fue Pedro quien pasó por la picota merced a su penoso sentido del humor.

—Y tú —le señaló la chica—. No lo sé, lo tengo todo como en una niebla. Te gusta el campo, pero no te veo como labriego. También te gustan los animales… Ni se te ocurra, Quique, que te veo venir —advirtió con un dedo en alto antes de que éste saltase con la grosería de la noche—, pero tampoco te veo como pastor. No, tú serás… ¡guardabosques de Green-Peace!

—¡Cojonudo!, ya te ha crucificado, tío. No te preocupes, es por la niebla del tabaco, que no la deja ver.

Pedro denegó con la cabeza, bebiendo un trago de la poca cerveza que quedaba.

—No, preciosa; mis gustos se acercan también al arte y la historia, además de la biología, pero no seré ingeniero de montes ni nada parecido. Aunque os suene extraño —hizo una pausa, más dramática que real, y aprovechó para coger aire—, creo que me decantaré por la enseñanza.

—¿Serás profesor? —se extrañó Quique—. ¡Pero si son todos unos capullos amargados!

—No todos, no te confundas. Y la satisfacción que obtienes cuando uno de tus alumnos triunfa, cuando sabes que has influido para toda su vida, aunque sea únicamente una persona quien recuerde tu nombre… Eso es algo maravilloso.

—Sí, que te crees tú que va a ser así… Y las maravillosas putadas que tendrás que aguantar, ¿qué?

—Pocas, y serán compensadas con creces, te lo aseguro.

Quique arrojó una piña al fuego, expresando su desprecio. Diminutas ascuas volaron libres mientras sus piñones explotaban en el interior como una traca de petardos en las fiestas patronales.

—Profesor, ¿eh? —preguntó Lorena, interesada de verdad—. ¿Darás clase a los niños o a gente como nosotros?

Pedro les confesó entonces que su sueño era un tributo a los viejos maestros de escuela: hacer un seguimiento de un conjunto de alumnos desde primaria hasta su acceso a la universidad. Sabía de antemano que, por el bien de sus enseñanzas y su propia capacidad, debería escoger una especialidad, así como un rango de edades sobre las que moverse el resto de su vida. Al final, el espíritu de Don Pizarro le guiaría hacia la Historia y su drama personal hacia la adolescencia, período donde toda la personalidad del ser humano se imprime en tinta indeleble. Doce años pasarían hasta ver realizadas sus aspiraciones; doce años de imborrables recuerdos, de perennes remordimientos y una cierta felicidad cuando conoció a la mujer que sería su esposa y supo que pronto tendrían una hija.

—¿Y tú, Lorena? ¿Qué quieres ser de mayor?

—¿Yo? Yo no pienso ser mayor —cabeceó ella con decisión—; no quiero tener las tetas caídas antes de los treinta, ni que las arrugas me coman la cara o levantarme temprano para pasar todo el día encerrada en una oficina con un jefe desnudándome lascivamente con la mirada. Seré siempre joven y bella, y creceré lo justo para poder conducir e ir adonde me plazca. No, en serio —rectificó ante la sorpresa de sus amigos; siempre era divertido escaparse un rato—, crecer es una putada, y no quiero tener que asistir al adiós de mi padre, de mi hermano… vuestro.

—¡Brindo por ello! —exclamó Quique alzando la botella; cuando fue a beber no cayó una sola gota—. Ejem, bueno, lo haré cuando saque del agua… ¡Mecagüen… pero si es la última! ¡Socorro; nos estamos quedando sin alcohol! —con unas carcajadas a su espalda, Quique se levantó y fue a buscar la cerveza.

—Espera —dijo Lorena antes de que Quique tuviera oportunidad de mojar el gaznate—. Si vas a brindar, hagámoslo bien… relativamente, quiero decir. He traído una botellita de Benjamín y unos vasos de plástico para los tres…

—¿Y lo dices ahora? ¡Y yo que he tenido que sorber las babas del capullo ese toda la noche!

—Son sólo para brindar, idiota —aclaró Pedro aferrando la botella de brut; una pequeña explosión de gas sonó al descorcharla, y el líquido ambarino pronto bautizó los tres vasos que Lorena le alcanzó.

Allí, con las llamas reflejándose en sus rostros, consagraron el fruto de la tierra ante el espíritu del fuego, alzaron los vasos y clamaron al cielo:

—¡Por la amistad! —conjuró Quique con poderosa voz.

—¡Por el amor! —continuó hilvanando Lorena.

—¡Por nosotros! —cerró Pedro el círculo y con él, sus destinos.

Bebieron de las amargas burbujas del champagne y arrojaron los vasos a la hoguera, donde se fundieron en una viscosa blancura pronto consumida en su candente infierno. Después, las risas se sucedieron, despreocupadas e inocentes. Cuando se es adolescente se tiene todo el tiempo del mundo para sonreír y disfrutar libremente de la vida; pero el tiempo no perdona, ni tampoco la crueldad del hado.

—Y en el plano sentimental, ¿qué pensáis? —indagó Lorena, una vez se sentaron a fumar un nuevo pitillo. La bolsita de tabaco peligraba ya tanto o más que la hoguera, y Quique exhibía una preocupada concentración al liar los últimos cigarrillos de la noche—. ¿Con quién creéis que terminaremos?

—Bueno, eso está claro —bramó Quique con una risotada tras humedecer el pegamento del papel de arroz—. Yo, por mi parte, pienso casarme con una tía con unas buenas perolas, como la Samantha Fox esa que tengo en el póster, que me caliente la cama cada noche y me despida cada mañana con un besito muy, pero que muy húmedo.

—¡Joder! ¿Los tíos sólo pensáis en eso?

Ambos asintieron gravemente como única respuesta.

—Pues yo también me casaré —anunció Pedro; su voz no denotaba emoción o matiz alguno y el cigarrillo pendía olvidado entre sus dedos, como un apéndice obsoleto y ciertamente molesto —, dentro de unos diez años. Ella se llamará Pilar, y será una de las chicas más bonitas que pisara las arenas del Sardinero. Recorreremos Europa en nuestra luna de miel, París, Berlín, Roma, Praga. Año y medio después, nuestra primera hija vendrá al mundo.

—¿Ah, sí? —preguntó Lorena, siguiéndole el juego—. ¿Y tiene ya nombre esa niña tan mona?

Pedro asintió, gravemente. El humo lamía su piel, ocultaba su rostro desencajado y se perdía en el viento con un soplo de vida.

—Sí, se llamará Lorena. Y antes de que digáis nada, la respuesta es sí; su nombre es en honor a una amiga que conocí cuando era joven… una tierna y bella princesa de cuento de hadas que un aciago día se negó a crecer.

Lorena se sonrojó, y durante un rato no fue capaz de pronunciar palabra ni de apartar la vista del fuego ya moribundo.

—Bien, y ya que puedes ver el futuro, ¿sabes con quién terminará tu querida princesita, puesto que ella no es capaz de decírnoslo?

—Vosotros dos acabaréis juntos —anunció taciturno, la verdad presente en su voz. Dio una profunda calada al pitillo y lo arrojó las burlonas y juguetonas llamas, hastiado; hacía ya tiempo que su cuerpo se había acostumbrado a semejante veneno, pero fumar siempre le producía escalofríos.

Lo odiaba.

 

 

 

 

 

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La Venus de jade

 

—Bueno… creo que ya ha llegado la hora —anunció Quique batiendo las palmas.

Lo sabía. Sus palabras, inmutables, siempre marcaban el principio del fin, la decadencia y el ocaso de la noche. A partir de entonces, el corazón y los testículos permanecerían encogidos durante horas, hasta que todo hubiera pasado… y la verdadera pesadilla dé comienzo.

No —susurró Pedro, demacrado—. Por favor, no.

Pero ellos no le escucharon.

Lorena saltó de alegría cuando Quique lo propuso. ‘Un buen fin de acampada’, pensó entonces, ‘lo justo para meterse en el saco hasta el día siguiente’. Pedro, sin embargo, se opuso; no es que no quisiera darse un baño en el embalse —los tres estaban demasiado borrachos como para no desearlo—, pero hacía poco que Quique le había enseñado a nadar en las piscinas de Barruelo, junto al río, y no confiaba todavía en sus nuevas habilidades. Además, se había torcido el tobillo justo cuando saltaba la hoguera y aún lo tenía un poco hinchado.

‘No deberíamos, Lorena. Fede nos dijo que no nos bañásemos, que era peligroso.’

Cierto, pero la sibilante voz de Lou Reed les invitaba también a caminar por el lado salvaje de la vida, acompañando a prostitutas y drogadictos en aquella peligrosa —aunque fascinante a su vez— cruzada por el filo de una navaja, algo que también les gustaba a los Aerosmith y, por qué no, a HIM desde su trono.

Lorena no le escuchó, y desvió en cambio su atención hacia Quique, quien ya se había desprendido de casi toda su ropa y mostraba su poderoso torso a las llamas, desafiante.

‘¡Venga, tíos! —les apremió acercándose al agua y probándola con un pie—. ‘No está muy fría, no os preocupéis, gallinas.’ Caos sobre caos cuando los chapoteos de Quique quebraron aquel paraje de ensueño.

A solas desde su indecisión, Pedro contempló cómo Lorena se desnudaba ante miles de estrellas celosas por su candor y se acercaba sensualmente al fuego. Su lechosa y tersa piel floreció para recibir el calor que brindaban las brasas, y sus incipientes pechos temblaron un instante ceñidos por su ropa interior. Tal será el último recuerdo que de ella tendrá Pedro, su figura recortada a fuego sobre el firmamento, con sus pezones enrojecidos por el frío tras la sedosa tela y sus ojos brillando de excitación.

‘¿No vienes, entonces?’, preguntó ella, su voz un arrullo prácticamente inaudible en la noche. Se le acercó y, aunque su mano apenas le rozó el hombro, Pedro un respingo cuando una corriente eléctrica recorrió todo su ser y le durmió el brazo, allí donde ella le había tocado.

Él no quiso en aquel momento aducir nimias excusas: ‘Tal vez más tarde’, respondió únicamente, y observó el cielo un instante. La Luna estaba alta, y el cuarto menguante iluminaba lo suficiente como para distinguir los contornos más allá de la hoguera, aunque el embalse parecía una plancha de alquitrán en calma… hasta que el busto de Quique asomó y rompió de nuevo semejante quietud.

‘¡Joder, está buenísima!’, gritó. ‘¿Os venís o qué?’

‘¡Espera, ya voy!’, replicó a su vez Lorena, y echó a correr a la orilla.

Pedro la llamó una última vez desde la fogata, y ella se volvió un instante. Sus braguitas reflejaban pálidos colores entre las llamas, protegiéndola apenas de la lujuria nocturna.

—¡Oh, cariño! No llores —le suplicó Lorena—. No puedes oponerte, no tienes ni el derecho ni el poder de impedirlo, pues ya está escrito. Tanto tiempo y aún no sabes que no se puede cambiar. ¡Sois tan obstinados, en verdad! Es algo que nunca podré comprender.

No era Lorena quien hablaba, lógicamente, pero, ¿por qué lo hacía? Quizá el hado se apiadase de él en semejante agonía, quizá tan sólo adoptaba esa forma para ser más convincente e impedir cambios en lo que ya fue/será hecho. Quizá todo sea una parodia del destino que sufriremos llegada nuestra hora, y no seamos más que peones en el juego del universo. Quién sabe, se encogió Pedro de hombros como si no le incumbiera; de hecho, no le importaba en absoluto, porque al menos le ofrecía la posibilidad de estar con ellos… para siempre.

Su amiga se despidió con un gesto y, poco a poco, su cuerpo se desintegró en las oscuras aguas. Calentó un poco sus músculos y pronto se zambulló, buceando por los fondos y permitiendo que peces y algas acariciasen su cuerpo. Era una sensación placentera, una unión íntima con la Naturaleza; no obstante, olvidó que ésta también puede sentirse celosa y reclamar lo que por derecho la pertenece. Encontró a Quique en la pálida oscuridad y juguetearon un poco en el lecho materno. Luego se separaron, cada uno por su lado. Flotó a la deriva un rato, meciéndose a placer en el sutil oleaje.

‘¿No te animas?’, preguntó Lorena, acercándose a la orilla, aunque sin salir aún del agua. De repente, su rostro cambió, como si presintiera un peligro a su espalda. ‘¡Eh, un momento! ¿Dónde está Quique, lo has visto?’.

No, Pedro tenía su atención tan centrada en ella que no se percató de la desaparición de su amigo hasta unos minutos después. Cojeando, enfiló hacia la tienda de campaña, donde sabía que Quique guardaba una potente linterna preparada para los oscuros corredores de la mina. No tardó en encontrarla y, mientras se dirigía hacia la orilla con ella en brazos, tropezó con una raíz que sobresalía de la tierra, destrozándose de nuevo el tobillo y astillando una de las lentes de sus gafas. Probó la linterna, maldiciéndose por su torpeza, y durante unos angustiosos segundos nada ocurrió, pero de repente las baterías hicieron contacto y un gran fogonazo lo cegó por un momento; aún veía fantasmas ambarinos danzando ante sus ojos cuando barrió infructuosamente la superficie del lago con el rayo de luz.

‘¡No sé dónde puede estar!’, gritó desesperado. ‘¿Y tú?’. Vio cómo Lorena cabeceaba en el agua, y entonces trató de guiarla hacia donde lo había visto por última vez. Allí la joven se hundió, buscándolo bajo la superficie mientras Pedro gritaba su nombre y las montañas se lo devolvían, impávidas, como si no quisieran saber nada de semejante incauto.

El haz de la linterna no penetraba más que un par de metros bajo la superficie, pero fue suficiente para que Lorena distinguiese una forma en el fondo. Avisó a Pedro y se hundió para salvar a su amigo.

No volvió a salir.

En la orilla, Pedro estaba cada vez más nervioso. Aunque gritaba desgarrado sus nombres constantemente, nadie respondió desde el agua, las maltrechas gafas fragmentando en mosaicos incoherentes su visión.

Finalmente tomó una decisión y, arrojando la linterna a un lado, echó a nadar hacia su última posición, hundiéndose unos metros antes para alcanzar mayor profundidad. La obscuridad era absoluta, como nadar a ciegas. Una vez Quique y él exploraron una antigua mina abandonada por los años setenta, y ya se habían internado un centenar de pasos en sus túneles cuando resbalaron en el fango y la linterna se les escapó de las manos, apagándose. La parálisis que les dominó entonces reapareció de nuevo, un terror frío que impedía cualquier iniciativa que no fuera, en este caso concreto, la muerte por extenuación.

Algo grasiento, tibio, le rozó repentinamente el pie, pero no logró asir nada más que algas. Los pulmones le ardían, faltos de oxígeno, y notaba sus miembros pesados e inconexos. No podía aguantar más, por lo que se dejó arrastrar por la presión osmótica, pues alcanzar conscientemente la superficie en aquel universo falto de estímulos hubiera firmado su sentencia de muerte. Emergió al fin con la intención de reintentarlo una vez más, y con la primera bocanada de aire fresco un gemido se le escapó al comprender por fin la razón de semejante oscuridad: grandes nubarrones poblaban la bóveda celeste, densos y oscuros, y tampoco se distinguía nada ahí fuera. La hoguera, antes tan alta como él, ahora se veía lejana e insignificante, un irrisorio consuelo. Gritó, lloró y pataleó en la nada, pero fue inútil; la Luna había desaparecido.

Permaneció allí unos segundos, exhausto y con el tobillo dolorido por el esfuerzo, y volvió a intentarlo hasta que casi le estallaron los pulmones. Desesperado, jadeando y tragando agua, maldijo a los cuatro vientos; renegó de Dios, en las alturas, y de Satanás, en el infierno; se acordó del tío de Quique, del cura del pueblo y del hermano de Lorena; deseó no haber bebido tanto, no haber hecho la acampada y no haber ni siquiera conocido a sus amigos.

Luego escuchó la quietud del embalse, la tensión de la tormenta y el silencio expectante del bosque, donde todas las criaturas enmudecían aguardando el próximo desenlace para retomar su rutina, y se arrepintió, avergonzado. Se dio cuenta que realmente no importaba; sus muertes eran insignificantes en el mundo, un simple dato estadístico en un ajado recorte de periódico atrasado; unas motas de polvo menos en el torbellino de la vida, inmensurablemente pequeñas para la Naturaleza que nos vio nacer, nos acompaña y, por supuesto, nos sobrevivirá de una manera u otra.

De lo más profundo de su corazón, mientras sentía flaquear sus fuerzas, un acto de contrición hizo, y pidió perdón por toda la soberbia e indiferencia que había demostrado —común a todos los seres humanos— desde su nacimiento. Pues la vida es un don muy caro, y en nuestra arrogancia creemos poseerla para así modelarla, denigrarla e incluso acabar con ella a nuestro antojo, demostrando un desprecio ingrato hacia su legítimo dueño. Un regalo tan grandioso no se puede tomar a la ligera; no tenemos ningún derecho a rechazarlo a la primera de cambio, y viceversa, tampoco deberíamos llorar cuando nos lo arrebatan (término equivocado, pero ambos, vocablo y reacción, muy humanos). Porque en esta vida verdaderamente estamos de prestado, y si algo sobra en este mundo… somos nosotros, nuestra codicia y prepotencia. Únicamente grandes virtudes como la amistad, el amor, la generosidad, la pasión… ensalzan el valor del regalo, volviéndonos dignos de portarlo. Pero son muy pocos quienes alcanzan a vislumbrarlo, y muchos menos quienes se atreven a aplicarlo.

Aquello, para un niño de trece años que aún guardaba sus esperanzas infantiles a buen recaudo, era harto mordaz y tremendamente desmoralizador, y le provocó un nudo en el estómago que ni su fe logró aliviar. Mientras el poco aguante que tenía se diluía en las frías aguas del Pisuerga, Pedro dejó entonces de luchar y, derrotado, vació mente y espíritu para afrontar su pérdida. ‘Si debo sobrevivir esta noche’, consideró respirando acompasadamente, ‘pronto hallaré una orilla que me sostenga’.

Pero ésta no llegaba, y el joven encontraba cada vez más dificultades para mantener la cabeza fuera del agua. A pesar de no existir corrientes apreciables que lo arrastrasen contra su voluntad, el agua dulce del embalse no lo ayudaba en lo más mínimo, y el esfuerzo para mantenerse a flote lo debilitaba considerablemente. Segundo a segundo sentía cómo su consciencia se acompasaba a los vaivenes del oleaje, alejándose de él con una cadencia hipnótica que pronto neutralizaría cualquier otro acto o sensación…

… derecha…

… hasta que no existiera…

… izquierda…

… más que…

… arriba…

… agua y…

… abajo…

… obscuridad.

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Siento que ya llega la hora

 

Entonces soñó.

O al menos siempre lo vería como tal, puesto que lo irracional, lo científicamente inexplicable, debe ser encasillado de forma que encaje con nuestras modas actuales de pensamiento, y evitar así calificativos deshonrosos como paria, mentalmente inestable o reaccionario psicótico.

En el sueño Pedro estaba en medio del pantano, flotando a la deriva, cuando una cálida luz lo cubrió y, entornando los ojos, un rostro misericordioso se le apareció levitando a escasos metros de su rostro. La Virgen, al verlo allí, moribundo, derramó unas lágrimas que antes de caer al agua levantaron el vuelo como mariposas engalanadas de vivos colores y, volviéndose a sus custodios, gesticuló tristemente. Unas manos recias y ásperas, acostumbradas sin duda a la brea y el salitre, lo asieron entonces por los hombros y notó cómo era conducido hacia tierra firme, aunque su cuerpo pareció no rozar la superficie del embalse en todo el trayecto. Años después, el olor a pescado descompuesto que desprendieran esos… hombres… siempre le produciría escalofríos —no tanto de aversión como de respeto a lo desconocido— cuando paseaba cerca de una lonja o por los muelles de algún pueblecito pesquero.

A salvo ya en el pinar, los pescadores se retiraron con una cortés reverencia para después reunirse junto al fuego y avivarlo en risueña compañía. Recostados sobre la hierba, la Madre Bondadosa acarició su cabello e, inclinándose, lo besó castamente en la frente; luego, en la intimidad, entreabrió sus labios y le insufló su aliento vital. Era como aspirar el aroma de campos dorados por los lirios en primavera, como saborear la menta al borde de una ribera en el estío o degustar la bruma del bosque tras una fina lluvia otoñal. Sus pulmones reaccionaron al instante y, sedientos, demandaron más, mucho más, una vez liberados del agua que los encharcaba.

Pero la Dama Pura ya se había incorporado, su sonrisa taciturna dibujando un lo siento en la noche mientras se aproximaba a la hoguera. Disfrutó allí unos instantes junto a los suyos hasta que, uno a uno, se tomaron de las manos y se desvanecieron ante las llamas.

En aquel instante, Pedro abrió los ojos y trató de fijarse en ese rostro místico que lo había socorrido, si bien no era ya poco más que una faz lunar en el firmamento estrellado. Reparó en que había perdido sus gafas en algún momento de su fracasado rescate, y miró a su alrededor, tiritando de frío. A su lado reconoció unos ojos verdes, extensos como prados astures, que lloraban iluminados por las brasas cenicientas de la hoguera.

—Pedro —gimió Lorena, aliviada; sus pupilas titilando entre lágrimas de alegría—. Pensamos que te habíamos perdido para siempre.

Él la miró, desconcertado y un poco asustado.

—¿Qué? ¿Dónde…? —titubeó, y un gallo espantoso le quebró la voz; la garganta le ardía, y ella le alcanzó un poco de agua mineral. Luego parpadeó varias veces, desorientado, y tomó aire muy lentamente, casi con miedo. Desilusionado, comprobó que ya o poseía el mismo sabor, como si se hubiera deshidratado desde que Ella se marchó; detectó, en cambio, otros olores mucho más mundanos que lo tranquilizaron, devolviéndolo parcialmente a la realidad.

—Llevas casi un cuarto de hora ahí tumbado, prácticamente sin respirar —su amiga continuaba allí, restregándose sus bellos ojos para secarse las lágrimas—. Ya no sabíamos qué hacer… salvo rezar.

—¿Sabíamos? ¿Quién más hay contigo? —Pedro trató de incorporarse, pero la cabeza le daba vueltas (‘el efecto helicóptero’, lo llamaría un amigo suyo una lejana nochevieja) y, mareándose, vació el contenido de su estómago a sus pies. Informes restos humeantes le bloquearon de nuevo la respiración, y se apartó rápidamente de ellos—. Lo siento —se disculpó, azorado, cuando remitieron las arcadas.

Ella cabeceó, restándole importancia.

—No te preocupes, ya estoy acostumbrada. Quique también ha vomitado al salir del agua… aunque se recuperó bastante pronto; ¡los mineros son unos tipos muy duros! Ahora está por ahí, buscando un poco de leña para calentarnos y no coger una pulmonía —añadió rápidamente al notar la extrañeza de Pedro—. Pero tú… —se acercó y lo abrazó, temblando con fuerza.

Los reyes del pop español insistían lejanos, prácticamente ignorados desde el éter, en evitar sueños irrealizables y empresas quiméricas; Pedro, no obstante, no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer tan fácilmente y, como el protagonista, confundió una vez más las diversas realidades en su Barco a Venus particular.

—¿Tú… lo viste? — titubeó mientras se limpiaba la comisura de la boca.

—¿Ver? ¿El qué?

—A… a los pescadores que me sacaron del agua —gesticuló torpemente—, a la Virgen que me salvó… ¿Sabes adónde demonios han…?

Se interrumpió, pues una carcajada bien conocida restalló a su espalda, ecos de otra época más inocente.

—¡Joder, tía! —exclamó su autor arrojando unas pocas piñas a la fogata y cubriéndolas luego con una brazada—. ¡Mira si te conoce bien el capullo este que hasta sabe que aún no lo has hecho!

Ella arrancó unas briznas del suelo y se las arrojó con furia.

—Tú cállate, idiota; si lo sé no te hago el boca a boca.

Pedro la miró, un tanto sorprendido.

—¿Le salvaste tú?

Lorena bajó la cabeza.

—Asistí a unos cursillos en la piscina municipal el pasado verano —explicó—. Fue idea de Fede, en realidad; ya sabes cómo se pone de paranoico con ese tema. Nunca pensé que algún día nos serían tan útiles —suspiró.

Útiles bien podrían haber sido, apostilló una vocecita —esa voz racional que de cuando en cuando acallaba de un puntapié— en la cabeza de Pedro, pero primero tendrían que haber llegado a la orilla, ¿no? ¡Y encima se había vuelto sarcástica, tócate los cojones! Bueno, has estado a punto de perder la vida… de nuevo. Creo haberme ganado el derecho a réplica, ¿verdad? Porque cuando la Muerte se aproxima bien que os acordáis de…

Pedro carraspeó con fuerza, y momentáneamente consiguió ahogar sus dudas en el humo de un cigarrillo que le pasó Quique, uno de los últimos que fumaría en mucho tiempo, pues en la vida real no soportaba siquiera su simple mención.

Juntos de nuevo, los tres se arrimaron junto a la fogata y compartieron su calor entre taciturnas miradas y algún que otro sollozo mal disimulado.

—Yo… lo siento, tíos… no pude…

Quique y Lorena cruzaron una insondable mirada, y fue el primero quien habló, restando importancia a lo ocurrido.

—Tranquilo, colega. Lo sabemos, no te preocupes. Tal como tenías ese pie era imposible que pudieses hacer algo por nosotros. Afortunadamente Lorena estaba allí, ¿verdad, preciosa?

Dicen que la mente humana puede crear su propia realidad ante hechos que de otro modo la desquiciarían, una suerte de trinchera en la que refugiarse hasta haber capeado los bombardeos. Quique no sólo había cavado una trinchera, sino toda una red de galerías interconectadas con simas de aireación que, llegado el caso, lo guiarían hasta su destino, desconocido aún a sus ojos.

—Pero…

Su amigo meneó la cabeza.

—No; no tuviste la culpa, chaval —Quique arrojó la colilla a las brasas como un juez blandiendo su mazo al confirmar una sentencia justa—. Aquí estábamos los tres, y al menos dos de nosotros teníamos las ideas muy claras sobre lo que nos apetecía en aquel momento, ¿no es así, Lorena?

—Y así lo sufrimos. No podías hacer nada por evitarlo, cariño —convino la chica—, y te queremos por estar aquí… con nosotros.

—Además, todo quedó en un susto, ¡hostia! Deja de preocuparte de una vez y disfrutemos un poco del resto de la noche, ¡no vayamos a joderla sólo por un mal chapuzón! —añadió Quique, quien parecía no comprender muy bien la situación. Algo debió olerse, no obstante, pues al caer un aciago silencio a su alrededor inquirió perplejo—: Porque al final todo fue un maldito susto, ¿no?

¿Estás seguro?, quiso gritarle Pedro, ¿no te das cuenta acaso, cabeza de carbón? ¿Cuántos indicios necesitas, joder? En cambio, divagó en voz alta, obviándolo por el momento. Las despedidas siempre son amargas, y no deseaba prolongar esta mucho tiempo. Ya habría otras ocasiones; siempre las ha habido.

—Pero… ¿y las cosas buenas que hicimos? ¿Lo del tío ese, que le salvamos de Dios sabe qué? Ni siquiera nos metíamos con nadie, ¿y así es como lo hemos de pagar? No tiene sentido, ¡joder!

Las lágrimas acudieron a borbotones, y esta vez Pedro fue incapaz de contenerlas. No sólo eran producto del alcohol, la extenuación y el próximo e ineludible fin, sino también de una purulenta llaga macerada en años y años de angustia y culpabilidad reprimidas. Pese a las continuas absoluciones que recibió desde entonces, la fístula se negaba a sanar, y el hedor que desprendía cuando, a solas, Pedro se permitía el lujo de retirar su máscara, podría compararse al de una fosa común de cualquier guerra sin nombre.

—Bueno —se palmeó Quique las piernas, nervioso. Le desconcertaba el giro que tomaban los acontecimientos, con Lorena tan callada y Pedro rompiendo a llorar cada dos por tres como una nenaza. Sabía que algo se le escapaba, un hecho importante y terrible, pero en aquel momento no se sentía demasiado lúcido, así que optó por concluir su escena y hacer un sutil mutis—. Veo que la noche está acabada, por lo que, tíos, yo me abro. No os acostéis muy tarde, ¿vale? —dijo mientras abrazaba a Lorena y le daba la mano a Pedro, rehuyendo sus ojos enramados—. Mañana será otro día —auguró con un suspiro.

—Descuida, yo tampoco creo que me quede mucho más tiempo ya —replicó Lorena—. Nos vemos luego, chaval.

Pedro lo retuvo un instante, y se apartaron un poco de la hoguera.

—Escucha, Quique… sabes que siempre seremos amigos —dijo pasándole una mano por el cuello para aferrar su cabeza y sostenerle de esa forma la mirada—, lo sabes, ¿verdad? No importa lo que haya podido ocurrir… siempre estaré a tu lado.

Quique fue a replicar algo mordaz, se lo pensó mejor y al fin lo abrazó:

—Gracias, tronco —le propinó el frustrado minero un cachete afectuoso—. ¡Y defínete de una jodida vez, tío! Eres como esa antigua canción, demasiado viejo para el rock’n’roll, demasiado joven para morir. No mires al pasado… está muerto.

Pedro asintió, dejándolo marchar.

—Muerto, sí, pero me niego a enterrarlo… aún. Te quiero, tío —murmuró como despedida, desviando la mirada, y volvió a tomar asiento junto a Lorena, abrazándola para proporcionarla un poco de calor.

Ella agradeció el gesto y acurrucó su cabeza en los brazos de su mejor amigo. Sus ojos verdes centelleaban de terror, aunque no osaban apartarse de la oscuridad que luchaba por ganarse de nuevo su amor. No había prisa, sin embargo, pues sus fauces pronto se cebarían sin remedio en su jugosa carne una vez el intruso hubiera retornado a su mundo.

Juntos, sólo les quedaba esperar.

Mientras tanto, las últimas súplicas de Mecano cayeron en saco roto, y Los Módulos ocuparon su lugar entre el flirteo de las llamas moribundas para anunciar su pronto final. Su vetusto éxito del sesenta y nueve era ya difícil de encontrar, pero la versión rockera de ritmos zahoríes que apareció a principios de los años noventa lo exhumó para toda una nueva generación desencantada. En este caso no está muy claro quién es el imitador y quién la obra de arte.

—¿Qué nos va a pasar ahora?

Pedro suspiró entrecortadamente. Ella siempre había sido la más avispada del grupo, la que tenía más posibilidades de triunfar en la vida, de cruzar el pueblo al galope con un silbido como única despedida, demasiado recatada para gritar un despectivo hasta nunca.

—Lo ignoro, preciosa… aunque no creo que sea algo malo. No nos lo merecemos.

Una piña restalló entre las ascuas, y su eco, sordo, apagado, fue amortiguado por el manso devenir del embalse que, paciente, aguardaba su promesa. Lorena se arrebujó más en él, buscando un asidero inexistente, un resquicio por el cual colarse más allá de hechos y recuerdos caducos, y recuperar así su juventud perdida en la niebla.

Pero el Hado no olvida … ni perdona.

Al igual que la música, tan sólo el amor permanecía el tiempo suficiente para ser recordado… y añorado.

Todo da igual, ya nada importa…

Tarareando la balada, Pedro se lió un cigarrillo con el poco tabaco que aún quedaba en la bolsa, lo prendió con un experto juego de muñeca y se lo ofreció a Lorena. Juntos fumaron un rato en silencio mientras las mortecinas llamas luchaban por conservar una vida que pronto quedaría reducida a humeantes cenizas.

De repente ella se incorporó, y su penetrante mirada transmitía tal angustia que Pedro no pudo soportarla mucho tiempo.

—¿Mereció la pena?

Él la besó en la frente, una mera excusa para apartarse de esos ojos que lo perseguirán toda su vida.

—Sin duda.

Entonces Lorena lo atrajo hacia sus labios y lo besó tiernamente en la boca. Pedro cerró los ojos y casi perdió el equilibrio ante las emociones tan intensas que lo recorrieron: amor, orgullo y amistad se sobrepusieron en aquel momento a un dolor, una culpabilidad y una impotencia desgarradoras, y lo impulsaron más allá de la razón, de la noche, de la vida y la muerte. Será el beso con el que desde entonces medirá el resto en su vida. Ninguno estará a su altura. Jamás.

Luego la joven que se negó a crecer desapareció con las últimas llamas de la fogata.

—Te quiero, Pedro.

Yo te amo, Lorena.

Abatido, Pedro se dejó caer al suelo y, su afligido semblante observó cómo las brasas perdían su candor, blanqueaban como hueso al descubierto y morían en el viento.

 

 

 

 

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La luz al final del viejo túnel

 

Le despertó el canto de un pajarillo cercano, y por un momento no supo quién era, dónde estaba o porqué su cuerpo se congelaba de frío, tirado allí, en medio de un bosque. Luego reparó en los restos de la hoguera, las botellas de cerveza vacías y la malograda tienda de campaña… y recordó.

Allí, en la quietud primaveral, lloró una vez más por sus amigos, por lo que habían perdido… por lo que él había perdido. Nada le interrumpió, ni el rumor de la foresta ajeno al devenir del tiempo, ni sus cautos habitantes, ni tan siquiera el maldito embalse que se los tragó casi dos décadas atrás.

La vida continuaba, no obstante, y Pedro debía reanudar su camino.

Sin embargo, incorporarse fue casi tan doloroso como su despertar al conocimiento. Su musculatura aullaba tras haber sido forzada toda la noche, y los tendones crujieron alarmantemente al desperezarse encarándose hacia el Sol, que despuntaba en aquel momento sobre un Aguilar viejo, sin olor a María —obsoleta por razones similares al ocaso de pueblos y aldeas—, oculto tras unas lomas cercanas. Aspiró profundamente, intentando capturar la esencia que tanto le atrajo cuando era joven, esa por la que luchó y al final perdió, pero se atragantó y tosió, expulsando un espumarajo amarillento de sus lacerados pulmones. Pedro arrugó el rostro, asqueado.

Nicotina.

Se le nubló un poco la visión y se vio obligado a sentarse un rato, respirando entrecortadamente. Él no fumaba habitualmente, por lo que su organismo —y su esposa— se resentirían más adelante. Cierto es, ya ni siquiera cogía frío. Su cuerpo se había acostumbrado a tales excesos, a dormir calado hasta los huesos bajo las estrellas, calentado únicamente con una exigua y simbólica fogata, al tabaco y el alcohol de esa noche y, por supuesto, a los chapuzones nocturnos que, de cuando en cuando, intentan reunirlo con sus amigos.

Siempre igual desde hace veinte años.

Claro que no fue así en un primer momento, cuando pasó días enteros en el hospital provincial recuperándose de sus heridas físicas: pulmonía, bronquitis y cojera crónicas, y una mano lacerada por Dios sabe qué. Éstas sanaron relativamente pronto, aunque no pudiera decirse lo mismo de sus lesiones mentales.

Aquella vez unos excursionistas despertaron conmocionados a todo un pueblo cuando, a primera hora de la mañana, encontraron a un niño semiinconsciente y completamente calado junto a lo que parecían ser una exigua fogata desesperadamente alimentada con las ropas de al menos otros dos niños. Su mirada perdida, el horror presente en su faz y su perceptible temblor cuando se aproximaron al agua no planteaba muchas dudas sobre la suerte de sus compañeros de acampada. La Guardia Civil se personó unos minutos después, y con ellos Fede, a quien hubieron de sujetar entre varios para que no se abalanzara sobre el pobre crío.

No se puede cambiar el pasado, Pedro.

Una amarga sonrisa se desdibujó en él cuando la suave voz de Lorena le recordó lo imposible. No, no se puede cambiar, en eso tienes razón, preciosa; pero puedo haceros revivir una vez más. No sólo son recuerdos. Es realidad.

Realidad.

Esgrimiendo una desagradable mueca, Pedro comenzó a recoger el desastre de la noche anterior y cargarlo en el maletero del coche: saco de dormir y tienda de campaña a medio instalar —nunca aprendió a montarla correctamente, y sus fracasos únicamente lo recordaban lo inútil que se sentía sin ellos—; el socorrido radiocasete de Lorena tirado a la sombra de un pino cercano; restos de comida y botellas medio vacías desperdigadas sin orden ni concierto, como un huracán de sentimientos encontrados; el pañuelo de Lorena, deshilachado ya por los bordes, y la bolsita de tabaco para liar de Quique que fumó toda la noche.

Cada vez era más difícil encontrar su marca… y los detalles lo eran todo; los pequeños detalles podían significar mucho, sí. Cualquier cosa podría desviarles de su camino, y temblaba sólo de pensar que algo pudiera fallar.

Sus risas habían enmudecido hace tanto tiempo…

Al final, en cambio, todo sale bien. Cada año vuelven a encontrarse en aquel paraje de ensueño, donde por última vez fueron felices, y son jóvenes, inocentes, tal como se abandonaron aquella maldita noche. El tiempo no mella sus rostros, así como tampoco los alcanzan sinsabores mundanos. Son la pureza idealizada del alma, una bella energía de bondad y pasión que sólo los niños pueden radiar…

Pero son ellos.

Echó un trago de cerveza para aclararse la garganta y disimular así el olor a tabaco, e inmediatamente la escupió, asqueado; a la luz del día, su sabor dejaba mucho que desear. Usó el resto para apagar los rescoldos del fuego, y el hogar siseó como si fuera ácido en vez de cebada lo que se vertiera. Había cumplido bien su labor ancestral, pues al igual que brujos y chamanes lo habían aprovechado para comunicarse con sus antepasados, Pedro consideraba al fuego un elemento clave en sus encuentros, una especie de hacedor universal que tienda una pasarela entre ambos reinos para que los tres amigos pudieran reunirse una vez más. Ignoraba si estaba en lo cierto, si bien las visiones que recibía de otros mundos cuando lo cruzaba eran espeluznantes, algo difícil de imaginar de no mediar un ente sobrenatural que las canalizara adecuadamente.

Por supuesto, no todos sus recuerdos procedían de aquella primera noche, cuando el fuego únicamente transmitió una advertencia pronto ignorada; pero, después de tantas… ¿se acordaba de lo que realmente sucedió en la acampada original? ¿O todo lo que suponía había ocurrido no eran más que sueños rotos en el ocaso de un jardín de piedra?

Meneó la cabeza, aturdido. Echó un último vistazo a las ruinas de su pasado, y se dirigió hacia su coche, trastabillando por el achacoso tobillo. Tras él, una sirena de advertencia le detuvo a medio camino. No tuvo necesidad de volverse, no obstante, pues sólo una persona podría visitarle en aquel remoto paraje.

—Buenos días, Pedro —Fede se apeó del coche patrulla tocándose el ala del gorro como saludo—. No me sorprende encontrarte aquí, siendo hoy el aniversario de la muerte de mi hermana.

Pedro encogió los hombros, hastiado, y se apoyó en su vehículo para no perder el equilibrio. Ninguno de ellos hizo ademán de aproximarse, escrutándose mutuamente en la distancia. Él debía presentar un aspecto desastroso, lo sabía, pero Fede tampoco ganaba sus apuestas en la vida. Su rostro ajado y el cabello prematuramente cano le añadían unos lustros a su verdadera edad, aunque eran contrarrestados con creces por su altiva y resuelta presencia, similar a la que ostentaría un militar de carrera tras ofrecer su fortaleza a la patria. Unos años atrás fue herido durante un tiroteo en una gasolinera de la Nacional-627, y su hombro izquierdo nunca llegó a recuperar toda su rotación, si bien insistió en permanecer en el servicio activo tras unos meses de baja forzosa.

—No tienes por qué seguir viniendo después de tanto tiempo —señaló el guardia civil como si hablase con un niño de teta; en cierto modo, así era—. Nadie te culpa por ello, yo no te culpo… Así que, ¿porqué continuas martirizándote de semejante manera?

Pedro bajó la vista, azorado.

—Es… la única forma que tienen de seguir viviendo. Ellos… —meneó la cabeza—. Se lo debo.

Fede se acercó y lo aferró por la barbilla, obligándolo a mirar en su realidad.

—No, Pedro. Estás muy equivocado. Tú no les debes nada —afirmó—. Llegado el caso, serían ellos quienes te deben los años que has pasado atormentándote… ¿Pero acaso no quedó claro durante el juicio, joder?

Los periódicos relataron sucintamente lo ocurrido, y para cuando la Dama de la Justicia sopesó el asunto, la opinión pública estaba decidida a no crucificar a nadie por tan trágico suceso. Siendo menor de edad y no habiendo aportado más que la tienda de campaña, la ley y todos los habitantes de alrededor se volcaron sobre el pobre Pedro y le ayudaron a salir adelante como bien pudieron. Malparado salió únicamente el tío de Quique por, se citaba textualmente, perder de vista unas cuantas cervezas; se le revocó la licencia para vender bebidas alcohólicas y el bar pasó temporalmente a manos de su hermano. Pero el tiempo pasa, y aunque en un pueblo las tragedias pueden no olvidarse, siempre se perdonan, y un movimiento popular —al que no le faltaron opositores— se la otorgó de nuevo tras un periodo de tiempo prudencial.

La gente debe seguir viviendo; los pecados ya se lavarán en el cielo… cuando llegue el momento.

Además, Carlos y él lo habían meditado una y otra vez ante unas jarras de cerveza. Su pasado común, su profesión y su amor por la Naturaleza, el mar y la montaña los reunía de cuando en cuando en un bar frecuentado por pescadores frente al puerto de la capital cántabra. Le reconoció unos años atrás, cuando fue invitado a unas convivencias con algunos alumnos… digamos problemáticos, la mayoría física o psicológicamente maltratados; volcado en su trabajo como asistente social, aún le sobraba tiempo para dedicarlo a las causas perdidas. Como a Pedro, le seducían semejantes retos y, gracias a sus tristes vivencias, podría ayudar personalmente a aquellos menores que se ahogaban en su propio fango.

Sin embargo, tras unas cervezas de más, sus recuerdos se volvían dolorosos y melancólicos e, incapaces de sacar nada en claro cuando caían sus defensas, se despedían junto al espigón y volaban como gaviotas en busca del calor y seguridad hogareños.

Ahora, con Fede recordándole algo que nadie más podría comprender, una conocida sensación de angustia renacía en su interior; pero esta vez el Sol lo acompañaba, guiándolo hacia la salvación como un perro lazarillo a su amo. Durante unos segundos Pedro aguantó la autoritaria mirada, pero luego se zafó y abrió la portezuela del coche.

—Pedro —le llamó Fede, todavía inmóvil. Miró a su alrededor, como temiendo que alguien más lo oyera, y balbució, su rostro repentinamente envejecido—: ¿Cómo están? ¿Es que… son felices?

Éste apretó el pañuelo y se lo pasó por los labios, recordando su olor. Aquella noche Lorena se quedó sin ver a su Virgen, y desde entonces, él deja su ofrenda todos los años, sin importarle demasiado encontrar la ermita cerrada. Algunas veces Fede le ha llamado la atención, pero en su tragedia personal todo se perdona.

La dulce sonrisa que afloró entonces a su rostro compungido al recordarlos fueron la respuesta que Fede aguardaba.

—Gracias —asintió serenamente, y echó a andar hacia el todoterreno. Se volvió una vez más y, mientras el vehículo se perdía de vista colina arriba, se santiguó respetuosamente.

 

 

Ya en el coche, la delicada voz de Lorena resuena en sus oídos como contrapunto al Empty rooms, del soberbio guitarrista Gary Moore:

Aunque des tu vida a cambio, jamás podremos volver. El pasado nos pertenece, pero el futuro es exclusivamente tuyo. No malgastes tu regalo, pues serás mucho más valioso cuando nos volvamos a encontrar aquí, donde las aguas confluyen y la vida danza con la muerte como estrellas en el amanecer. Adiós, mi amor.

Parpadeando para apartar las lágrimas, Pedro coloca en el parasol una vaída polaroid en la cual tres amigos del alma posaban sonrientes una noche de acampada, junto a otra fotografía mucho más reciente de su hija recién nacida en los brazos de su esposa. Echa un vistazo por el retrovisor, que mira al embalse y el pasado, y observa que el bebé tiene los mismos rizos de Quique, los bellos ojos de Lorena y la misma inocencia de Pedro. Ríe de pura felicidad y enfila hacia la carretera, el futuro… la vida.

 

 

 

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No es otro mundo

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Campaña contra las minas antipersona

 

Madrid, avenida de Moncloa / Ext. / Día

Un hombre de unos treinta años pasea en dirección a la plaza de Cristo Rey cogido de la mano de un niño de ocho años. El crío está feliz. Su padre le ha comprado un helado y tiene ciertos problemas para controlarle.

La cámara les sigue por detrás hasta que se convierte en subjetiva (punto de vista del padre) al pasar por un quiosco. No se detiene, pero de pasada la cámara se fija en la portada de un periódico y las imágenes saltan a la pantalla, ralentizadas.

 

Un campo arado / Ext. / Día

Sucesión de flashes fotográficos en las que un hombre con ropas andrajosas sostiene en brazos el cuerpo mutilado de un niño. Movimiento incontrolado, sugiriendo nerviosismo, urgencia.

Y la cámara sale del periódico.

 

Madrid, avenida de Moncloa / Ext. / Día

El hombre continúa su camino, aunque algo ha cambiado en su mirada. Se le ve preocupado, aprieta nervioso el mentón y sus ojos saltan de un punto a otro, buscando, analizando y descartando con miedo. Aprieta el paso y aumenta la fuerza sobre el niño, que ya no salta como antes, y mira a su padre como si un sexto sentido le dijese que algo no anda bien.

De repente, el hombre pisa una loseta de metal del gas (se puede leer Comunidad de Madrid) con un sonido metálico que acalla cualquier otro ruido mundano y se detiene, lívido y con la respiración agitada. Su rostro demudado mira en todas direcciones, y comienza a sudar profusamente mientras el niño le tironea inútilmente de la manga de la camisa.

Un hombre, que ha visto lo que pasaba, se acerca y rápidamente aleja al niño de su padre, mientras un corro de curiosos lo rodean y, al percatarse de lo que va a ocurrir, se alejan paso a paso. En sus rostros se adivina alivio por no estar en su lugar y algo más, algo que nunca hubieran mostrado en ninguna otra ocasión: una mirada depredadora y morbosa, ansiosa por presenciar el fin de una vida humana. El niño mira a su padre, sin entender.

 

Padre

No te preocupes, hijo, no pasa nada. Ve con ese hombre… yo iré enseguida.

 

La cámara recorre el círculo de fisgones y se detiene en el niño, con el helado goteando y manchándolo con grandes ronchones sabor a frambuesa olvidado entre sus dedos. Se les ve gesticular; gritar y llorar; pero lo único que se escucha son un par de corazones latiendo con fuerza. Unos segundos después, cuando un resplandor anaranjado ilumina el rostro del niño, su boca quebrada en un mudo grito, uno de ellos deja de existir.

 

Voz en off

Es posible que no te importe lo que pueda ocurrir en una aldea perdida lejos de todos a los que amas, pero… ¿te afectaría de igual forma si fuese tu hijo quien no pudiera terminar su helado de la mano de su padre?

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¡Debes pagar tu suerte!

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A las gitanillas que,

entre las callejas que rodeaban la catedral,

vieron a dos bambinos en nuestras vidas;

que la verdad guíe vuestras artes

y la bondad sea vuestra recompensa

 

 

 

 

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Su ajado papiro

 

El hombre no había tenido mucha suerte aquella tarde.

No, aquel no había sido su día… ni la semana, ni el mes… ni siquiera el año, si apuramos un poco las cosas.

Apuró su Ducados, uno de los pocos vicios de la vida mundana del que aún no había logrado despegarse, y elevó una mirada carente de significado al cielo. Ya ni se acordaba cuándo lo había perdido; quizá ocurrió entre los abrazos resignados de su mujer al término de la jornada, o quizá fuera con los famélicos llantos de su hija antes de dormir, aunque ¿qué importancia tenía ahora? Pues no se trataba únicamente de ateísmo —una fase por la que pasó tiempo atrás—, ni siquiera de negación u odio, sino simplemente de resignación ante un Dios que no le importaba un comino la desgracia de un ser humano concreto y su familia.

No, ellos podían morir de hambre, abandonados, olvidados, pero el mundo continuaría su andanza, impasible y cruel. Una vez que dejas de servir a la sociedad, ya no formas parte de ella; uno menos que alimentar.

Aspiró profundamente, parpadeando para alejar unas lágrimas inexistentes y, controlando el temblor de su pierna, se acercó renqueando al siguiente restaurante. Pensando, deseando…

¿Quién sabe? Quizá esta vez…

Aunque pronto se desvaneció su ilusión al adentrarse entre el gentío, donde indiferencia y desprecio se palpaban indistintamente en la correosa capa de grasa que cubría sus rostros. Junto a él se deslizaban hileras de personas sonrientes, llenas de vida y dispuestas a pasar una buena noche en la ciudad del poeta… sin siquiera reparar en su presencia, como un pálido fantasma anhelante frente al espejo. No importaba, para él tampoco existían. Había aprendido a ignorarlas, pues sabía por otras experiencias que no lograría nada con ellos. Él mismo, tan sólo unos años antes, mostraba idéntica altivez ante esos desechos de la sociedad, vagos, maleantes y pordioseros, que se habían echado a perder por su renuncia al espíritu humano de superación.

¡Dios! Pero qué equivocado estaba.

El hombre fijó su vista en los baldosines centenarios para no contagiarse con la soberbia que le abofeteaba por los cuatro costados, consciente de que el gesto le haría parecer aún más avergonzado y humilde ante la mirada insensible de la muchedumbre.

Tras un último encontronazo con un joven de botas militares y cabello prácticamente inexistente que le dedicó unos cuantos improperios indignos de la madre que lo vio nacer, consiguió vislumbrar el sol del ocaso entre unas callejuelas y apretó el paso, conteniendo inconsciente la respiración. Unos interminables segundos después logró alejarse del bullicio de la plazoleta donde unos músicos afinaban sus instrumentos, pues como cada noche, eran contratados por los restaurantes cercanos para amenizar una romántica velada bajo los iluminados muros de la catedral.

A solas ya, lejos del bullicio de la plazoleta que rodeaba al pilar suroeste, el mendigo palpó sus bolsillos y el corazón se le alegró un tanto al escuchar el alegre tintineo de la calderilla y el raspar de algún que otro arrugado billete de cinco euros contra la tela remendada. Al fin y al cabo, hoy quizá pudieran cenar algo caliente en alguna tasca del barrio árabe, y no meros bocadillos de pan duro y sobras mendigados a la puerta trasera de algún bar.

E incluso tuviese aún un poco más de suerte en el restaurante al que se dirigía… al menos, eso esperaba. Sus dueños, un par de chicos extranjeros con ganas de ver mundo, habían llegado a la ciudad como cualquier otro turista, pero se enamoraron de las murallas que circundan la Alhambra, de la mezcolanza de costumbres, creencias religiosas y, sobre todo, de la multitud de aromas que impregnaban tanto sus estrechas callejas como cada una de las cocinas que allí se podían degustar, y ya no quisieron abandonar el lugar. Decidieron en aquel momento aportar su pequeño granito de arroz, y fundaron un restaurante para dar a conocer la comida oriunda de sus países, un paso más en la variedad gastronómica de Granada.

Desde entonces, buscaban colaboradores entre jóvenes de espíritu aventurero, anunciándose como una oportunidad de intercambio en una ciudad universitaria y cosmopolita, y sus platos se enriquecieron con aportaciones de media Europa. Algunos se pasaban tan sólo unas semanas trabajando; otros, meses; y unos pocos decidían sustentar más firmemente el proyecto prolongando indefinidamente su estancia.

Gracias a su arrojo, a su amplitud de miras, aquel era uno de los escasos restaurantes que no le recibía con recelo, que no le echaba con cajas destempladas algún camarero de pacotilla nada más doblar la esquina; es más, de cuando en cuando les ofrecían degustar un buen plato de pasta, una generosa pizza o algún asado regado con cerveza sólo para él y su familia. ¡Jesús, cómo disfrutaba la niña de sus ojos estirando la mozarella como si fuera chicle, la risa de pura felicidad que dibujaban sus labios cuando al final la partía! Y su mujer, extasiada, rechazaba incluso su parte por si no había suficiente para ambas. Al hombre se le escapó un gemido acompañando al recuerdo, pero lo reprimió enseguida, pues ya se acercaba al restaurante, y sabía que esas ocasiones no les faltarían.

Quizá el único rechazo aparente —que, conociéndolos, no era tal— se intuía cuando, azorados por su relativa buena suerte, apartaban la mirada al aproximarse a los comensales. Una vez allí, estos últimos rara vez levantaban la vista de sus manjares, indiferentes a cualquier molestia; únicamente cuando el hombre depositaba un ajado papelito amarillo sobre sus mesas demostraban cierta reacción: sus banales conversaciones se acallaban ante semejante intrusión, aunque no osaban leerlo siquiera en su presencia.

Eso resultaría denigrante, ¿verdad?

Inclinó la cabeza a modo de saludo y, acentuando un poco su cojera, anduvo de mesa en mesa celebrando un curioso ritual que pocos se atrevían a contestar. Luego se retiró unos minutos, aguardando entre las sombras mientras los estudiaba y catalogaba, separando a los generosos y honrados de los opulentos y tacaños. Resultaba turbador cómo algunos se abrían como pecaminosas hembras al mostrarles su suerte, ofreciéndolos un rol de voyeurs masturbándose en sus copas de cava y medias de seda que, en secreto, muchos veneran.

Así, con el corazón calmo y una paciencia fruto de la continua desazón, observó unas cautelosas reacciones que se repetían cada noche hasta la saciedad, con decepcionantes resultados salvo en muy contadas ocasiones. Eran minutos en los que las mesas lucían un papel —su vida—, marchito por la cantidad de negativas que recibía, en el cual su desgracia se resumía en cuatro palabras sensibleras y mal escritas en castellano e inglés —“porque los guiris son la principal fuente de ingreso”, le dijeron nada más traspasar el umbral de una imprenta en el Albayzín.

Habitualmente le resultaba sencillo distinguir a simple vista quienes podrían tener posibilidades, aunque ni siquiera entonces las tenía todas consigo. Esa noche en particular, una joven pareja le llamó la atención: parecían recién casados, de unos veintiocho o treinta años, aunque por la familiaridad con la que se trataban, por la complicidad que se desprendía de sus gestos, de sus caricias, daba la impresión de que llevaban toda una vida juntos. Se les acercó, recogiendo de paso un par de papelitos y algunas monedas que unos ancianos depositaron con temblorosas manos junto al suyo, pero cuando llegó a su altura, no fueron unas monedas lo que recibió, sino una incomprensión, un rechazo que hundió un frío puñal en su corazón; sus ojos se abrieron incrédulos ante semejante traición…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

… esos ojos grandes, tristes, en los que me negué a creer a pesar de ver reflejada su alma, insultándolo incluso al mantener su mirada, al escupirle la palabra mentiroso a la cara e ignorar conscientemente su desesperada agonía.

Ahora me río, una mueca trémula y acre esbozada por mis cuarteados labios, pues ¿quién hubiera dicho que menos de un año después mis protegidos y yo sufriríamos la misma suerte?

Debería haberle creído, pero…

No sé por qué ocurrió…

¿No? ¡Venga ya! Deja de mentirte a ti mismo.

… Llevábamos todo el día paseando por la ciudad bajo un calor abrasador, tomando cervecitas —y sus tapas— para aplacar al astro rey, y prácticamente en cada esquina sombreada nos topábamos con algún clochard que nos quería sacar los cuartos. No eran ya mendigos, sino únicamente desechos que vivían de la generosidad de los demás a pesar de sentirse —y desear ser— excluidos de la sociedad, perfectamente descritos por las connotaciones negativas que exterioriza el término francés: un estilo de vida inmóvil, sin deseo alguno de cambio ante la adoración a Baco.

Al igual que el cuento del pastorcillo y el lobo, tantas veces engañados los lugareños por las bromas del mozalbete aprendiz, fui incapaz de vislumbrar la cruda realidad en los apesadumbrados ojos de aquel hombre cuando por una vez se me presentó desnuda y sin tapujos. Le di la espalda, y los remordimientos, en este cuartucho de mierda, todavía horadan mis entrañas.

Esa noche, mientras mi esposa y yo hacíamos el amor un año después de bendecir nuestra unión, entré en ella con pasión y deseo, pero también con miedo, angustia y aflicción. Su ternura logró, cuando al fin nos separamos, que me olvidase de todos esos sentimientos negativos, y toda esa pena se eclipsó entre el calor de sus besos, sus pechos turgentes y sus muslos enroscados en mi cuerpo sudoroso y extenuado.

Pero el recuerdo de aquella mirada persistió.

Así que, tras los desastres que asolaron mi vida —a mí, a mi familia y a mis amistades—, él fue el primero que me vino a la mente. No porque directamente hubiera causado mi accidente y el peligroso susto de mi mujer, la funesta visita de la Dama a la familia o el hundimiento de la empresa familiar, sino porque él representaba la ignorancia y el egoísmo que reinaba en mí. Encarnó, a mi modo de entender las cosas, el comienzo de una cadena de sinsabores que me ha llevado hasta encerrarme en este hostal de techos y vigas podridas.

Si debía enmendar mis errores, ese hombre era uno de los principales candidatos.

Pero luego me di cuenta de que no podía tratarse de él. Quizá se enfadase por mis modales aquella noche, quizá se desesperase y desease sacarme del local a hostia limpia… No, demasiados quizás para alguien con el corazón destrozado. Además, si él hubiera tenido algo que ver en todo esto, la maldición hubiera desparecido tras su muerte, ¿no?…

 

… ¡Muerto! Está muerto, ¿vale?… Le dejaron desangrándose a pleno sol… Así que llegas tarde, cabrón… ya es demasiado tarde, joder…

 

… Y eso es imposible, pues todavía sigo aquí, oculto y hundido en la mierda. Aquél pobre desventurado buscaba únicamente un trozo de pan para dar de comer a su familia, y él como bien dijo su mujer, él era sólo un cabrón más que se lo negó en plena cara.

Pero entonces… ¿Cuándo se torcieron los renglones?

Pero eso ya lo sabes, ¿verdad, querido?

¡Oh, sí que lo sabía!

Todo vino de más atrás, veinticuatro horas antes, si no me falla la memoria. A este paso, los recuerdos son lo único que me queda, la última esperanza de no caer en la locura sin fondo en la que mi vida se ha convertido desde que…

 

En ese momento el hombre sacudió la cabeza, apartando una mosca que se le había posado en un pómulo. Era su única compañía visible, otro inexcusable signo de lo cerca que se hallaba de ser pasto de gusanos y cucarachas que anidaban por los oscuros rincones de aquel hostal de mala muerte, el único que había encontrado en la ciudad que no pedía explicaciones de ninguna clase.

A punto estuvo de aporrearla, de liarse a guantazos —a tiros, incluso— con la dichosa mosca cojonera, pero unos golpes en la puerta y una voz en árabe le interrumpieron.

—¡Váyase!

La voz cambió de registro y anunció en un castellano sibilante:

—El comedor está abierto, sahib.

—¡No tengo hambre!

—Podría ofrecerle un té, si quiere… también tenemos… cachimbas —y, al no obtener respuesta alguna, añadió insinuante—, para el tabaco, ya sabe.

—¡Nada, váyase! —repitió el hombre, impaciente por continuar su relato.

El dueño de la voz, al verse rechazado con cajas destempladas, se alejó murmurando imprecaciones arábigas que levantaron alguna que otra risotada en habitaciones contiguas.

—Será gilipollas —masculló el aludido a las telarañas de la habitación—. ¿Cuántas veces tendré que decírselo? Si quisiera servicio de habitaciones me habría alojado en cualquier otro hotel que cambiase las sábanas cada mañana —lanzó una significativa mirada al desvencijado camastro en sombras y a las correosas mantas que, arrugadas, guardaban aún el calor y la humedad de sus fluidos.

Pero, ¿quién le iba a escuchar?

Nadie… o todo el mundo, pues cuando todo acabase, sería famoso. Su historia pasaría de boca en boca hasta que fuese tan evidente que hasta los noticiarios reservarían un hueco en su rejilla: nada importante, por supuesto, quizá medio minuto —uno, si los avispados reporteros conseguían imágenes de su captura o, peor aún, de algún video familiar donde todo fueran sonrisas sin el menor atisbo de lo que acontecería meses después—; lo suficiente, en cualquier caso, para que sus hijos tuviesen de qué avergonzarse cuando, en el colegio, los crueles niños los señalasen horrorizados y los dejasen de lado, como parias huérfanos.

También es posible que la prensa amarilla se hiciese con el manuscrito, grasiento y manoseado, que podría exculparle de todo mal, desvirtuándolo con sus perversas artes para presentar al monstruo en el que se había convertido ante su mórbida audiencia.

—¿Y qué demonios te importa ya? —acusó una voz femenina con un deje ceceante en su cabeza—. El mal está hecho, y poco podrás cambiarlo en las horas (o minutos) —rió amargamente— que te restan.

La mosca se posó sobre los arrugados gajos de papel, todo un año de penurias y sinsabores, e intentó beber de unas letras que todavía guardaban una pizca de dignidad y sentido. Halló una aceitosa mancha, posiblemente salsa de kebap, y se regocijó en sus jugos, ajena a la mano que terminó con su vida de un plumazo.

Con un cansino suspiro, el hombre cogió el lápiz y retomó la narración allá donde la infortunada mosca le había interrumpido.

 

… desde que aquellas brujas nos asaltaron cerca de la catedral, bajo un sol de espanto. Éramos los únicos turistas que se les habían acercado en varios minutos, y se pusieron en marcha nada más ver nuestra pinta de inocentes pardillos.

Al principio no las hicimos ni caso, pero ellas disponen de un truco que nunca les falla. “Es un regalo”, dijeron, y ¿quién da la espalda a un regalo?

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Bambinos

 

—¡Es un regalo! —anunció la chiquilla al temer que se le escapase su presa; ésta podría ser su única caza en media hora, pues la mayoría de los guías las tenían caladas y habían modificado sus rutas para no encontrarlas y librarse así de las quejas de sus airados pupilos. No podía permitirse el lujo de de perderle… ¡aquel vestido era tan bonito!—. Un regalo, señor —repitió, posando una ramita de romero sobre el hombro del joven que ya le daba la espalda.

Era su última esperanza. Si no se detenía ya no podría hacer nada, pues la policía era muy clara en ese aspecto: nada de acosarlos. Se les podía abordar, proponérselo y, quizá, ser un poco insistente… hasta ahí podían llegar sin meterse en demasiados problemas. Pero si el palurdo dejaba claro que no le interesaba, se hallaría en terreno fangoso de continuar en sus trece.

Y necesitaba que Carlos se fijase en ella, costase lo que costase aquel maldito vestido de señoritinga rica

Por un instante su corazón se detuvo, creyendo que aquel sería diferente, un alma bien adiestrada, corrompida ya por una vida que desde pequeñito te enseñaba que la gratuidad no existía si no se daba nada a cambio… pero no. Sonriendo, vio como el chico dudaba y, al final, aceptaba el romero.

¡Cazado!

Lucía ya había cogido de la mano a su compañera… esposa, como bien rezaban los anillos, y la había apartado convenientemente.

En estos casos, siempre se hacían una seña para no equivocar las predicciones; no es que fuera a pasar nada, pero un veredicto unánime siempre resultaría más convincente. Uno, le indicó la muchacha antes de separarse, aunque, sobresaltada, escuchó cómo anunciaba a la chica dos niños muy pronto.

Fátima cogió entonces la mano del hombre, reticente aún, y comprobó que su amiga tenía razón, un par de críos en menos de un año, lo que sólo podría significar parto múltiple y, supuestamente, gemelos. Era una buena noticia; los futuros padres siempre son generosos cuando están enamorados, así que comenzó soltando la típica parrafada —recitada como un Padrenuestro los domingos— sobre la salud, el dinero y el trabajo sin siquiera estudiarlo a fondo, ¿para qué?, y luego se lo soltó de sopetón:

—¡Ay, querido! Veo que vas a tener dos bambinos… —de repente se interrumpió, extrañada al principio y más adelante alarmada, pues algo raro cruzó su mirada de repente… Se dio la vuelta y, escupiendo un juramento, puso los ojos en blanco por un momento y los engarzó con los de su amiga. Ella también lo había percibido, en su mano, en su piel, en todo su ser; un aura imprevisible, peligrosa quizá, pero sobre todo maldita. Él ya estaba marcado, y por ende, ella también sufriría su misma suerte, pues ambos compartían un mismo destino sellado en su día por un diácono de Cristo.

La gitanilla titubeó entonces, y desvió la vista, azorada. Jamás se había encontrado con alguien así. Una muerte en la familia era común, sí, y por supuesto se evitaba toda mención, pues no era cuestión de arruinar vacaciones y posibles ganancias, pero esto… soltó rápidamente la mano del hombre y se alejó unos pasos, cruzando inconscientemente los dedos. De alguna forma se había sentido… contaminada… su aura oscura había tratado de… Volvió a escupir, y esta vez fue sangre, oscura como el vino consagrado, lo que manchó la acera a su paso. Perdió el equilibrio, y como borracha se tambaleó hasta que otra mujer la guió hacia un banco. Allí trató de recuperarse sin responder siquiera a otras compañeras que, preocupadas, la agobiaban a preguntas para las que no poseía una respuesta concreta.

Lucía, que algo había percibido por el rabillo del ojo, reunió diligentemente a los enamorados evitando así las veladas miradas de advertencia que Fátima lanzaba desde el banco.

—Sí, dos bambinos fuertotes que tendréis, sí…

—¿Cuándo? —inquirió el chico con un ligero escepticismo en su voz.

—¡Oh! Pronto, muy pronto… unos meses, tal vez.

—¡Meses! —exclamó la chica, apartándose de su esposo—. ¡Ni se te ocurra, cariño! Todavía soy muy joven como para verme amamantando a tres bebés…

Él sonrió con picardía.

—Eso no depende de mí, mi amor, ya lo sabes… En esos casos es la pasión la que manda.

—Bueno, pues ya puedes ir dejando tu pasión bien encerrada entre los pantalones si quieres que al menos te bese estos días —le aconsejó su mujer con un mohín en sus labios tan sensuales.

El chico quiso añadir algo, la puntilla cínica que siempre le caracteriza, pero en el último momento cambió de objetivo y se dirigió a la joven que tan descaradamente los había interpelado, preguntándose por un instante qué le habría pasado a su compañera, pero sin darle mucha importancia pese a unos pocos mensajes de error que denotaba la situación.

—Bueno, y el trabajo, ¿qué? Porque, si van a salir a pares, necesitaremos un montón de pasta en pañales…

Distraído, mientras la chiquilla leía de nuevo las manos y anunciaba todavía más y mejores nuevas, paseó la mirada por la Gran Vía de Colón, prácticamente desierta bajo el sofocante bochorno andaluz de la sobremesa. Sus cerca de cuarenta grados de temperatura, sumados al implacable sol de finales de junio, obligaban a los escasos turistas a parapetarse hacinados bajo escasas sombras mientras reunían el valor suficiente para continuar su camino hacia la zona noble de la ciudad. Él, sin embargo, no tenía más calor del necesario, allí, junto a las callejas del zoco de la Alcaicería. Respiró profundamente los viejos recuerdos de tela y cuero que su fresca brisa le ofrecía, y por un instante dejó volar su imaginación hacia tiempos remotos, cuando la fértil Granada era capital del comercio entre las distintos culturas que en ella cohabitaban.

—… ascenso; tu jefe verá en una próxima reunión…

Lucía continuaba su perorata imperturbable, a pesar de haber perdido completamente su atención. Ni siquiera entonces, cuando el chico estaba distraído, Fátima logró entrever otra cosa más que aquel aura agorera y enfermiza. Por un momento, un segundo tal vez, sus ojos se posaron en ella; no había maldad en él, nada que presagiase una zozobra como la que destilaba su psique. Pero la joven gitana no se dejó convencer; sabía lo que había visto, y aunque pocas veces se había encontrado con ello, conocía de sobra lo que podía significar: problemas, desgracias y, muy posiblemente, maldición y muerte. Se estremeció al recordar cómo su aura, la suya propia, se contaminó nada más tocarlo y, aun a sabiendas de que él la estaba observando, volvió la cara y escupió; no quería verlo nunca más.

Pero eso, como muchos otros dictados del Hado, no estaba en sus manos.

Mientras, Lucía se percató de los impacientes movimientos del joven —lenguaje no verbal, su mirada perdida, rigidez y ese incesante taconeo de su pie izquierdo—, por lo que trató de acortar sus augurios antes de ser interrumpida de forma grosera.

—Está bien, creo que ya vale, ¿no? —atajó él, adivinando los derroteros por los que ella conducía la situación—. Venga, cariño, vamos a tomar una cervecita, que con este calor no me tengo en pie.

Conocía este tipo de situaciones, así como también este tipo de actitud de gallito de corral (“¡Vamos, capullo, si ni siquiera podrías sacarla de un embrollo donde hiciera falta un hombre de verdad!”), y estaba preparada para ella. Rápidamente, mientras él echaba a andar tirando airadamente de su mujer, ella se interpuso entre ambos meneando la ramita de romero ante la chica.

¡Es la voluntad! —anunció inocentemente, sosteniendo su mirada hasta que la joven rebusco en su bolso (“En verdad, no se dan cuenta cuán fácil sería hacerse rico a su costa.”) y sacó una insignificante moneda de dos euros—. ¡Huy, no, querida! Nada de monedas —dijo meneando la cabeza con un mohín—, dan muy mala suerte las monedas… no, no, no —repitió chasqueando la lengua como quien ahuyenta al diablo—. Billetes, billetes.

El chico se detuvo y la miró divertido.

—¡Sí, claro… vamos, dala uno de cinco, que se lo ha merecido! —tomó el chico partido, y Lucía, enarcando una ceja, tardó un rato en comprender que lo hacía a su favor. Pero eso no cambiaría un ápice lo que tenía pensado, si bien la llenó de esperanza.

—¿Y tú? —inquirió, alzando la cabeza con decisión tras guardar a buen recaudo el miserable acueducto.

Pero él la sorprendió de nuevo.

—¿Yo? ¿Cómo que yo? ¿Acaso no tienes suficiente con lo que ella te ha dado? —espetó el joven, tan enaltecido que sorprendió de nuevo a la gitanilla.

—No, eso es lo de ella, pero te hemos leído la suerte a ti también, y debes pagarla.

Él se encogió de hombros.

—¡Sí, hombre! —se carcajeó—. ¡Eso es suficiente para los dos! —anunció dándola la espalda con desprecio.

Fátima, desde la distancia, quiso correr y aconsejar a su amiga que se callase, que aceptase el dinero que ya tenía, pero ésta, al ver que el gallito se escapaba sonriente, no pudo contenerse.

—Pero… ¡debes pagar tu suerte! —le gritó ella a su espalda.

¡Ya está! Eso era lo que había visto; una maldición de ese tipo podría justificar tal aura, pero sólo si…

—¿Mi suerte? Dudo que tengas tú algo que ver en ella —respondió al aire mientras apretaban el paso—. La suerte está echada.

Fátima torció el gesto, cerró los oídos, pero las palabras seguían allí. “No lo sabes tú bien, maldito loco”, murmuró para sus adentros, y se persignó. “Porque…

—¡No, no te vayas así! ¡Debes pagar tu suerte!

“…Porque lo que acabas de hacer nos unirá para siempre”.

Una maldición es un arma de doble filo: tan culpable es quien pronuncia las palabras como quien las recibe; tan afectado resulta quien las recibe como quien las pronuncia. Es por eso tan peligroso lanzar un mal de ojo; las protecciones deben ser eficaces, y en esta época muy poca gente cree lo suficiente como para soportar semejante poder.

Fátima se los quedó mirando conforme se alejaban de ella y, por ende, ella se alejaba del peligro. No quiso aceptar el dinero que Lucía le tendió, su parte del botín, y escupiendo de nuevo, unas palabras salieron de su boca e impregnaron el ambiente.

Mal fario, muy mal fario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sí, mal fario… un fardo tan pesado pronto debía dar sus frutos, y esa misma tarde, mientras descansábamos en la Plaza Nueva junto a los autobuses que ascendían hasta las taquillas del palacio granadino, una llamada telefónica nos aguó la refrescante cerveza que un camarero con aires de gacela se apresuró a ofrecernos; para cuando llegaron las generosas tapas, hacía ya rato que nuestro apetito había desaparecido, aunque tratamos de sobrellevarlo lo mejor posible… al fin y al cabo, estábamos en la ciudad del poeta, celebrando nuestro amor.

Y cuando la adversidad acecha, quizá sea éste el único sentimiento que pueda contrarrestarla; un regalo de los dioses que, en muchas ocasiones, la propia humanidad se ha encargado de prostituir.

Durante largo rato paseamos desorientados por la ciudad, admirando sus fuentes y plazoletas, sus bares y rincones castizos, las empinadas callejuelas del Albayzín con sus calderías y kebaps de ternera y la calle que lo separaba de la Granada cristiana, la dama Elvira, siempre tan animada y dispuesta a mostrar sus encantos, sus tapas y sus vinos por una buena sonrisa y una módica propina. Aunque, sin saberlo, nuestros pasos nos conducirían a una pequeña capilla donde mi esposa encendió una vela y rogamos por el alma —ya que la recuperación, tras las últimas noticias, se alejaba poco a poco de nuestras esperanzas— de una mujer que siempre ofreció su amor, su esperanza y su amistad a cualquiera que pudiera escucharla.

El mundo, aunque pocos lo sepan, perdió una parte de su belleza y bondad con su desaparición una semana más tarde. Dios —sí, ese que está allá en las alturas, tan apartado de su rebaño que su vista queda cegada por eones de injusticias consentidas en su nombre— debería tomar buena nota, pues ¿qué será de nosotros, pecadores de poca monta, cuando todas las personas de buen corazón sean llamadas a su seno? ¿Quién se preocupará de ayudar en la comunidad? ¿Quién enseñará al inmigrante nuestra lengua para recordarle que también es una persona, un hermano? ¿Quién ayudará al toxicómano? ¿Quién nos mostrará la belleza en una lágrima urbana?

¿Quién tomará su testigo?

 

El hombre, enjugándose las lágrimas —sorprendido aún de encontrarlas—, levantó la vista un momento de las cuartillas cada vez más garabateadas y se permitió el esbozo de una leve sonrisa.

¿Quién lo haría… salvo su familia?

Su marido, sus hijas y su hijo no sólo no la olvidaron, sino que sacando fuerzas del amor que ella les dio, se dedicaron a expandir su bondad, su belleza, allí donde podían. Y así, granito a granito, día a día, ella continuó viviendo en sus corazones… y en los de otros muchos que, por su gracia, había ayudado.

Pero él ya no podía hacerlo.

No le quedaba nada por lo que luchar.

Nada.

—¡No puedo, maldita sea! —clamó desesperado, estrellando en su ceguera un cenicero de cristal contra la desconchada pared; no lo calmó pese al estruendo y las consiguientes protestas vecinales—. Ya es tarde… Demasiado… tarde.

“¿Y de quién es la culpa?”, preguntó una insidiosa vocecilla de mujer que por un momento había logrado acallar. Él desconocía la respuesta, al menos conscientemente, claro está, y ella no se atrevería a decirla en voz alta… aún no, al menos; primero debía acabar lo que había empezado y luego… ya arreglarían cuentas.

Se pasó la mano por el cabello, mecánicamente, y lo notó húmedo y pegajoso. Tardó unos instantes en recordar el porqué; unos segundos en los que su cuerpo tembló de pies a cabeza ante el inicio de un gran equívoco, del terrible pecado que había cometido. Luego, igual que entreabriera esa puerta, su mente la cerró con llave y abrió la del recuerdo, mucho más grata e inocente.

Pues una última cosa le quedaba por hacer.

Así que, limpiándose la mano en los pantalones, el hombre cogió de nuevo el bolígrafo y retomó su relato, ensangrentando inconscientemente las páginas.

 

Por la noche, mi esposa y yo nos abrazados, tristes pero alegres a un tiempo; confiábamos en que nos tendríamos el uno al otro cuando todo llegase a su fin. Con ese pensamiento tan ilusorio nos dormimos, y con uno semejante saludamos al nuevo día, pues la vida, como el espectáculo circense que en realidad es, debe continuar.

Además, esa mañana una pequeña sorpresa reflejo de mi amor la esperaba al salir de la ducha, y una lágrima se le deslizó por la mejilla cuando el tórrido sol matutino arrancó rutilantes luminiscencias al anillo de brillantes diseño P. Morgana que celosamente había guardado hasta el día de nuestro primer aniversario, más de diez años después de quedar encandilado por esas caderas que para mí bailaron en el teatro Eslava.

Pronto nos pusimos en marcha, pues por fin visitaríamos la Alhambra y el Generalife. Y aunque no recuerde mucho de ello —pues sólo tenía ojos para mi amada—, sé que su sonrisa y su mirada de admiración rivalizaban en belleza con cualquiera de los jardines acuáticos Nazaríes por los que paseamos cogidos de la mano. Los leones la observaron con orgullo mientras las palomas que anidaban expuertas a la Sala de los Abencerrajes arrullaban su felicidad, y las altas murallas que dominaban la ciudadela no eran capaces de contener semejante algarabía en nuestros corazones.

Fue un día especial, sí.

Cuando a regañadientes abandonamos la ribera este del río Darro, tan cansados estábamos de recorrer aquel palacio de ensueño equiparable a los míticos parajes que describía la concubina a su sultán, que tomamos el autobús hasta bajar a la Plaza Nueva; un helado y una cerveza —con su correspondiente tapa— fueron allí maná a nuestros labios y grato desahogo al calor. Luego, una despedida de soltero nos amenizó la comida en una recóndita bodega de Elvira, acompañándonos hasta media tarde… y pronto volvimos a las andadas, ya que enseguida un dicharachero taxista se nos ofreció para visitar el Sacromonte, sus casas excavadas en la roca y su Abadía, desde la cual se oteaba Granada a vista de pájaro; todo el atractivo atardecer andaluz expuesto ante nosotros, ofreciéndosenos como una mujer en flor, apasionada y hermosa.

Aquel día nos sentíamos como en una montaña rusa, excitados y sin poder controlar las últimas horas que pasaríamos en la ciudad —las últimas horas de felicidad, llegado el extremo—, pues a la mañana siguiente tomaríamos un tren de vuelta a la rutina madrileña, y Granada se desvanecería como en un sueño hasta unos pocos vestigios en nuestros corazones.

Tratando de guardar un grato recuerdo —quizá incluso intuyendo lo que se nos venía encima, ya que tanta paz debía acarrear obligatoriamente alguna contrapartida—, nos sentamos en una terracita que bajaba por el Paseo de los Tristes y aguardamos a nuestro último anochecer granadino. Turbados, contemplamos unas murallas que poco a poco sustituían los rayos solares por focos de cálidos colores, de forma que el palacio, lleno de silencio, de misterio, indiferente e inmortal, jamás perdió su colorido. Una postal en vida que un fotógrafo sería probablemente incapaz de reflejar, pues los sentimientos que semejante esplendor obraban en cada uno de nosotros eran, simple y llanamente, indescriptibles. Los graznidos de los pájaros lanzándose contra el cielo, el canto del riachuelo reflejado, amplificado y modulado por puentes y murallas, el maullido de alguna gata en celo buscando ser completa, el ocasional tintineo de copas y los murmullos inaudibles, respetuosos, de los comensales… una experiencia íntima, una gestalt, indivisible de por sí, a la que cualquiera sucumbiría rendido a sus pies.

En aquellas últimas horas, la ciudad se nos presentó como un todo imposible de desligar. Así como el verso requiere un ritmo, el corazón un amante o el oleaje un océano deseando alcanzar la Luna, Granada requería una mezcolanza de culturas, de edades, matices y sonidos milenarios para que su magia fluya a través de sus habitantes y a todo el que ose visitarla con ansias de espíritu.

Porque eso era lo que representaba mi viaje —¿cuál de ellos?—, una liberación de espíritu, un fardo que podría resumirse en una máxima: “La suerte no existe porque sí; hay que buscarla, atraerla y agasajarla como el cuerpo inmaculado de una virgen, pero es ella quien decide, pues nos está vedada su posesión. Es caprichosa y juguetona, amigable incluso, pero de espíritu infiel y voluble al provocarla.”

¿Cómo podría pensar que estaba a su altura?

¡Dios! ¿Cómo había podido estar tan ciego?

En efecto… Provocación es mi pecado… y quien la responde es un…

 

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No sé cuánto podré aguantar, cuánto tiempo me resta antes de que me acorralen contra las cuerdas, sin posibilidad de escape, sin esperanza ni remisión.

Lo he jodido todo, lo sé.

Si me hubiera detenido un poco antes de explotar, si al menos hubiera dispuesto de cierto tiempo —como ahora, ¡vaya ironía!, todo el tiempo en mis manos para relatar mis desdichas sin no obstante poder subsanarlas— en el que ordenar mis ideas, clarificarlas y desembrollarlas de la madeja de desdichas que fueron tejidas a mi alrededor…

¡Mierda!

Pero no todo ha sido culpa mía. Nada de lo que ha ocurrido hasta ahora es culpa mía, en realidad; todo estaba escrito, predestinado desde que acepté su “regalo”, o lo desafié, según cómo se mire… Cierto que en aquel momento ignoraba las oscuras fuerzas que voltearían mi vida desde entonces, y aun a día de hoy, un año después, apenas alcanzo a comprender el porqué; ni siquiera el cómo o el quién estaban demasiado claros hasta hace unas pocas horas, cuando me encaré con la verdad… y averigüé al fin la irónica jugarreta que me deparaba mi suerte.

¡Ah, la suerte! Una mala bicha, podría calificarla, tras padecer en mis propias carnes sus caprichosos designios. Hay personas que, sin desearlo conscientemente, la atraen, al igual que una bombilla incandescente encandila a moscas y mosquitos hasta guiarlos a su desdichado final. Sin embargo, en mi caso, el ejemplo es contrario, y fue la suerte la que me ofuscó para, en estas últimas horas, asfixiarme en sus vapores y hundirme en la más absoluta ruina.

Dicen los sabios que no puede existir una fuerza positiva sin una negativa que la contrarreste y devuelva el equilibrio al mundo, así que por cada risa, caricia o nacimiento, debe existir en alguna parte de nuestro universo una persona sumida en la desdicha, maltratada y apaleada hasta la muerte, con el único propósito de equilibrar semejante bondad.

Es el precio por amar, por la alegría o el gozo, ¿no?

¿Es ese el mundo en el que debemos vivir?

Si somos felices… ¿debemos cerrar los ojos aún a sabiendas de la desgracia ajena?

Aparentemente sí.

Pero, ¿qué pasaría en caso contrario?

No os gustaría pensarlo, ¿verdad?

No, no lo creo.

Todavía resuenan en mis oídos los ecos de mi esposa, de mis hijos. Lo que fueron, lo que podrían haber sido y ya no podrán ser… gracias a la puñetera suerte.

Aunque, como creo haber dicho antes, todo esto lo descubrí cuando, desesperado por encontrar una salida, sin prácticamente nada ya que perder salvo, quizá, mi propia vida —y esa vieja zorra no me importaba lo más mínimo, pues si alguien debía sufrir tal injusticia debía ser yo, y no mi esposa, a quien debía proteger de corazón—, regresé al punto de partida, antes del desastre, para deshilvanar la cadena de desgracias que me condujeron hasta aquí.

Siempre disfruté con el paisaje que se desdibujaba tras las ventanillas del tren; la cantidad de vidas, alegrías y penurias ajenas que jamás conoceremos en su totalidad, evidentes tan sólo a un ojo observador e imaginativo: aquel hombre de rostro quemado por el sol tumbado bajo un olivo; ese camionero aguardando tras las barreras del paso a nivel con la CB en la mano; un caserón a lo lejos, apartado y medio derruido, a todas luces abandonado y, como sucede cuando un hogar pierde la risa de un niño, afligido y muerto… ahogado por memorias de antaño.

Fueron cinco horas de traqueteo árido y rural por la España Seca, quizá una incierta premonición de mi fracaso, del cruento destino que la suerte me reservaba unos pasos más adelante, tras aquella esquina en penumbras que me veía forzado a doblar. Cinco relajadas horas que me parecieron cinco minutos de cinco segundos cada uno, y desesperado me encontré en la estación andaluza sin prácticamente haber ordenado mis pensamientos, con recuerdos vagos y confusos merodeando por cada rincón de mi torturado espíritu, a la espera de una oportunidad para liberarse… ¡y gritar!

Y uno de ellos fue quien me puso en su pista, la primera que tenía en meses, pues una mujer tirada en el suelo con la mano extendida —una mano frágil y temblorosa— y esos ojos translúcidos, quién sabe si debido a un inicio de cataratas o a la indiferencia con la que era sorteada por chuchos, viandantes y maletas… esos ojos, sin embargo, ¿cómo podría olvidarlos?

Pero… ¿él?

Seguro… ¿Por qué no?

En efecto, al principio creí que fueron sus ojos, perdidos en un pozo de lágrimas que nadie veía y, por lo tanto, que ya ni siquiera existían…

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Su niña, su princesa

 

—¡Necio! —gritó la mujer volviéndole la espalda y apartando con miradas furibundas a cualquiera que se cruzase en su camino—. ¡Pero bueno! ¿Qué se habrá creído ese mequetrefe? ¡Yo no estoy en venta! ¡Malnacido! —gritó por encima del hombro, segura de que estaba haciendo una escena, aunque sin importarla lo más mínimo.

¡Pues no quería ese capullo acostarse con ella!

¡Habrase visto semejante desfachatez!

La mujer, a pesar de todo, sonrió en su interior. No había tenido mucha suerte esa tarde, y tampoco podría decirse que le semana había sido buena, pero que a una la encuentren todavía atractiva —sobre todo después de todo lo que había pasado, entre el embarazo, el desahucio, la terrible enfermedad de su hija y la paliza que recibió su marido—… ¡siempre se agradece un piropo, vamos! Aunque sea tan basto y de mal gusto como un polvo en la iglesia.

Caminó como pudo entre miradas divertidas alejándose de la catedral que la vio nacer y en la que, pese a todo, aún encontraba un remanso de paz y esperanza —ínfimas, tal vez, pero allí estaban—. Mañana todo sería distinto; nuevos turistas, nuevas oportunidades, pero estaba bastante claro que allí había quemado sus últimos cartuchos.

Como cada atardecer, además, los camareros se apresuraban ya en preparar las terrazas para otra velada romántica bajo la fastuosa Granada, su catedral y su elegante música. No ignoraban, por supuesto, que no podían competir con la esplendorosa vista que la Plaza Nueva y sus calles adyacentes —en especial con las pequeñas terracitas junto al Darro—, así que se esforzaban por que nadie espantase a los posibles capitalistas, y eso incluía, a su modo de ver, cualquier viso de marginalidad hasta por lo menos el segundo plato.

¡Hipócritas!

Pero, ¿qué podía hacer ella, sino guardar silencio y tragar como una puta?

Ya lo había intentado su marido, y mira cómo había acabado todo. Ahora ella tomaba el relevo, y debía andarse con mucho ojo de no cabrear a las personas inadecuadas… al menos hasta que tuviese su corazón entre…

—¡Huy! Perdón.

—¡Mira por dónde andas, golfa! —la respondieron pese a ser ella quien trastabilló torciéndose el tobillo ante la mole que se le vino encima—. ¿Has visto? Casi me tira el helado encima la muy jodida —añadió dirigiéndose a su compañera, una jovencita que podría pasar por su hija de no ser por una manaza en el trasero que obscenamente la sobaba. Ésta, por su parte, lanzó una mirada burlona y murmuró algo que provocó una soez carcajada en su amante y señor.

Tratando a duras penas de aguantarse las ácidas lágrimas que enrojecían sus ya perdidos ojos negros, mientras sus labios otrora brillantes esbozaban un rictus indeciso entre rabia e impotencia, su mirada perforó las anchas espaldas de un individuo que pronto se confundió entre el gentío, perdonado y olvidado aún antes de pecar.

¡Hipócritas!

¿Se creen acaso mejores que yo, que mi marido o mi hija?

Su hija.

La mujer reposó un instante bajo un parasol y su imaginación, perdida entre innumerables Alhambras de una tienda de souvenirs, vislumbró en cada minarete la faz angelical de su niña, enfundada de alhajas y asomada entre cortinas de algodón para saludar a otros tantos pretendientes que se desvivían por agasajarla, dispuestos a perder la mano en lucha contra el califa si así lograsen un encuentro furtivo bajo el árbol del amante.

Su niña.

Si no fuese por ella, ¿cuánto tiempo habrían logrado aguantar ella y su marido en este mundo? ¡Cuán distinta sería su vida si su sonrisa no les convenciese cada noche de que el mundo no es malo, que tan sólo atravesaban un bache y pronto serían recompensados por las mismas personas que hoy día siquiera les dirigían la palabra!

Su amor.

Darían todo por ella, incluso…

Cuando se puso tan malita y casi ni se la podía acariciar de la fiebre que tenía, fue su marido quien se adentró entre las capas más recónditas de la ciudad para conseguir unos medicamentos prohibitivos. Los favores que tuvo que costear desde entonces fueron amargos y peligrosos, en general por el filo incorrecto de la ley. Su hija salvó la vida, no obstante, y nadie en este mundo puede recusarlos por ello.

Él arriesgó su vida, sí, pero desde entonces disfrutaban de una posición holgada, si se permitía la expresión, y su hija ya no tenía necesidad de pasar hambre o frío por las noches. No habían recuperado aún el statu quo anterior al cataclismo, y quizá jamás lo alcanzasen, pero habían ascendido de escalafón y ahora no eran tan sólo mierda —como los critica la sociedad actual—, sino mierda que pisoteaba a otra mierda. Aprovechando la civilización de la cadena alimenticia, todavía existían muchos tiburones que podrían engullirlos de un bocado —por no hablar de la Justicia, una incongruente máquina de matar paralela a prácticamente toda la pirámide—, aunque a ellos tampoco les faltase plancton que mamar.

Hasta cuándo durase aquella situación… eso era harina de otro costal. Ella había sido educada en la previsión, empero, así que continuaba mendigando mientras pudiera. Sobre todo ahora más que nunca, cuando su esposo había sido… apartado definitivamente de las calles por un ligero malentendido con un chuleta de barrio bien relacionado.

Cabeceó rápidamente, pues otras lágrimas, mucho más amargas que las anteriores, amenazaban con estropear el bonito día veraniego, y desde entonces se había hecho la firme promesa de no llorar jamás por aquellos cabrones.

Con un suspiro, se impulsó hacia el siguiente establecimiento de su ronda, esbozando una sonrisa ante el cantarín tintineo que provenía de uno de sus bolsillos. Del otro, sordo, ciego y mudo como los tres monos de la mitología, extrajo unos viejos papelitos apergaminados con la historia de su vida —aquella que antes fue de su marido—, y trató de alisarlos un poco antes de alcanzar el pequeño restaurante en el que se habían apiadado de ellos todo este tiempo.

Al llegar allí, inclinó la cabeza a modo de saludo y, con un carraspeo velado, anduvo contoneándose por su terraza reproduciendo un ritual que venía repitiéndose sin cesar durante años. Así, mientras prostituía su vida, sus esperanzas y sus deseos a la vista de aquellos extraños, les dedicaba una mirada desafiante que pocos comensales se atrevían a contestar explícitamente. Algunos, no obstante, arrugaban su expresión y se encogían como si ella fuera una invisible corriente de aire frío y hediondo que enseguida pasara; otros continuaban jalando mientras se deshacían de esa pequeña molestia con una pantomima en sus rostros pétreos y un ligero desdén en sus pupilas.

La mujer ni siquiera se molestó. ¿Para qué? Sabía de sobra que el mundo se dividía en dos tipos de personas, y entre ellos pululaban ratas que iban de cubierta en cubierta rebuscando una salida inexistente ante su mortal destino. Algunos las pisaban, otros dejaban las puertas entreabiertas en su trasiego diario, pero prácticamente nadie se preocupaba por ellas; simplemente existían, hieráticas como el Sol y la Luna, mientras el resto se asfixiaba por atropar un poquito más del pastel. Ellas comían las migajas, los restos que nadie quería o necesitaba; pero se olvidaban de una cosa: podían ser invisibles, y conocían cómo funcionaba el sistema. Cada recoveco, cada entresijo y puerta trasera eran sus verdaderos dominios, y de vez en cuando influían aquí y allá, sin que nadie lo diese importancia pues, indudablemente, su propia altura los cegaba. Sin ellas, en definitiva, sin unas ratas que los guiasen hacia una salida, terminarían hundiéndose en el fango del que surgieron en un principio, ya que evidentemente carecían del instinto necesario y durante toda su vida —y hasta su muerte— se dejaban guiar como los borregos que eran.

Ella bailaría sobre su tumba, sobre las tumbas de todos ellos si era preciso, para demostrar así su valía.

Sin embargo, al llegar a una mesa singularmente apartada —pues existía una tangible burbuja física y emocional aislada de la risueña algarabía granadina—, un hombre siniestro aferró su mano con una mirada temblorosa e hipnotizada ante su papelito amarillo. Su faz enrojeció visiblemente, su frente se perló de un sudor frío que se transmitió hasta sus manos pegajosas, y de sus labios entreabiertos comenzaron a caer unos olvidados granos de arroz de vuelta al plato de paella que tenía delante. Ella hizo ademán de zafarse, pero a presión aumentó considerablemente —más tarde, unos dolorosos moretones salpicarían sus muñecas durante una semana—, así que dejó de resistirse y buscó alguien que pudiese ayudarla, aunque ni camareros ni comensales parecían haberse percatado de nada.

—¿Dónde está? —siseó el hombre.

Comoquiera que ella no lo escuchó la primera vez, pues en sus oídos únicamente retumbaban los sordos latidos de su corazón desbocado, él repitió su pregunta, acentuando el dolor en su brazo.

—No… no sé de qué me habla —gimió ella al borde del llanto.

El hombre apartó por fin su mirada de la hoja, aunque ella hubiera preferido mil veces que la mantuviera allí, pues la zozobra, la desesperación y la absoluta nada que vio en esos ojos cuando estos se cruzaron la hicieron sentir un temor tan extremo que sus piernas la fallaron y sólo porque se apoyó en la mesa logró mantener el equilibrio. Aquel hombre estaba muerto; su mirada era la de un cadáver, pálida, velada y sin ningún sentimiento más que el frío destino allá en la morgue. Su piel cálida, sus labios amoratados y su corazón suponían lo contrario, se negaban a abandonar unas esperanzas que ya se habían marchitado en su alma, viscosa como la pez y fatídica como una marea negra. Sus labios casi se rozaron por un instante, y ella pudo apreciar la podredumbre que emanaba de su boca en descomposición cuando él trató de explicarse.

—Hace un año… Él me dio un papel del mismo color amarillo… Yo le… —el hombre tragó con dificultad, expulsando las palabras con el esfuerzo de sus pulmones, pues no movía ni un sólo músculo de la tensión que soportaba—… desprecié…

—Por favor, déjeme —suplicó, aunque comenzó a entender, y eso la asustó aún más. No podía volver a ocurrir, pues ¿qué haría entonces su niña, sola en esta mierda de mundo?—. No sé quién era ese hombre… yo…

El sujeto cabeceó nerviosamente, disgustado, y la atrajo hacia sí con fuerza.

—Te lo advierto… ¡no me mientas! Necesito encontrarle; tengo que acabar con esto de una jodida vez, así que… ¡dime dónde está!

La mujer echó una última mirada de auxilio, imponente.

—Nó…

—Sí que le conoces; lo veo… y si no me dices ahora mismo dónde puedo verle… —sus dedos, pálidos ya por la presión, aferraron aún más a su presa.

—¡Muerto! —gritó ella, desesperada—. Está muerto, ¿vale?

Aunque la constante presión en su brazo permaneció inalterable, la faz atónita del individuo mostró en un principio una incredulidad que poco a poco devino en una creciente comprensión y al fin su presa quedó libre de una garra petrificada de miedo y asombro. Casi podría decirse que habían intercambiado los papeles. Casi.

—Sí, era mi esposo, ¡joder! Unos hijos de perra le dieron una paliza hace unos meses y le reventaron la cabeza contra el asfalto —sus piernas se doblaron y cayó a tierra, sollozando—. Le dejaron allí tirado, desangrándose a pleno sol… Así que llegas tarde, cabrón… ya es demasiado tarde, joder…

 

 

 

 

 

 

 

 

Tarde; demasiado tarde…

Maldita sea, ¿cómo iba él a saberlo?

Después de aquello, unos camareros me vapulearon hasta alejarme de allí; ni siquiera me dejaron pagar la cena o al menos darla una limosna por el alma de su pobre marido…¡como si yo fuera el criminal responsable de enviudarla!

Pero, ¿no era acaso lo que pensabas hacer?

El qué… ¿matarlo? No, únicamente quería deshacer el hechizo, la peste que pendía sobre mi vida. Yo jamás hubiera…

¿No? ¿Estás seguro de ello? Y esa sangre en tu cabeza… ¿qué significa? Y esa pistola que mantienes a tu lado… ¿para qué coño crees que sirve?, ¿para sembrar paz y amor entre las gentes de buena fe? ¡Vamos, hombre! Reconócelo.

¡Vete a la mierda, maldita agorera, y déjame acabar de una puñetera vez!

Vale, vale, tranquilo… al fin y al cabo es lo que queremos todos aquí dentro, que esto termine de una vez ¿no? Aunque tú ya sabes que ha acabado ¿verdad? Estas viviendo de prestado, tus últimos instantes, amigo.

¡cállate!

Y dale… siempre te has negado a ver la realidad… viviendo siempre en tu mundo de fantasía, rodeado de gnomos, duendes y conejos parlanchines, y ahora que la has JODIDO —que nos has jodido a todos— eres incapaz de aceptarlo.

¡cállate! ¡cállate!, ¿quieres, por favor, CERRAR LA JODIDA BOCA?

¡…!

Así está mejor.

Bien… ¿por dónde iba antes de que me interrumpiera esa condenada…?

¡Ah, sí: vapuleado!

Sí, los muy hijos de su madre me echaron con cajas destempladas y ni siquiera me pude terminar el plato de paella. Claro que al menos lo poco que comí me salió gratis total, jejeje.

No obstante, todo aquello fastidió mis planes, la esperanza que secretamente albergaba de encontrar una solución fácil y rápida se desvaneció entre patadas e insultos —que no repetiré aquí por respeto a mis hijos, a su santa madre y a su abuela paterna—, y por un instante me quedé allí parado como un estúpido sin saber qué hacer.

Era ya tarde y estaba anocheciendo, pero tras unos instantes me acordé de mi mujer arrodillada y orando ante el altar de una pequeña capilla contigua a la Catedral, y allí volvieron mis pasos un año más tarde. Ignoro porqué lo hice; quizá pensé que si ella podía encontrar una respuesta en sus oraciones, algo de su fe habría calado en mí durante todos estos años juntos. En aquel tiempo ella le imploró al todopoderoso su Compasión por una bella mujer que, finalmente, escogió mantener bajo su Luz; mis intenciones ahora, sin embargo, no podían ser tan puras, pues lo único que buscaba eran respuestas para un corazón lleno de dolor y venganza. Un egoísmo y una agresividad inaceptables incluso para los feligreses que diariamente soportaban los indecorosos cuchicheos con los que muchos turistas abandonaban la sacra estancia; inconscientemente, un camino me abrieron hasta los primeros bancos, donde tomé asiento con un suspiro de cansancio, obviando sorprendidas y temerosas miradas.

Y allí aguardé… inmóvil… esperando.

¡Como un idiota!

No te voy a hacer ni puñetero caso. A los quince minutos de un silencio opresor en los cuales el de la Cruz me cerró su voz, me levanté indignado e increpé directamente a un cura que se hallaba preparando el Misal:

—Pero, ¿ustedes no hablan con Dios aquí? Es que nunca responde, ¿o qué? —añadí ante su atónita mirada.

El anciano ministro de la Iglesia me observó de arriba abajo antes de responder.

—Hijo mío, el Señor pocas veces habla directamente a sus siervos, sino que somos nosotros quienes debemos interpretar sus Obras en la bondad de nuestros corazones.

—Pues a mí se niega a hablarme —repliqué, elevando el tono de indignación—, y soy uno de sus siervos, al que ha jodido sin parar a pesar de ser “todo paz y amor” como vosotros predicáis a diestro y siniestro.

El cura arrugó la nariz y dio visiblemente un paso atrás, como si hubiera esgrimido la espada de la intolerancia ante su rostro.

—Dudo que aquí halles las respuestas que buscas, hijo. No se pueden albergar tales sentimientos en la Casa de Dios, pues el único modo de hallar las respuestas requeridas es a través del amor —comentó recalcando esta última palabra—; tienes que estar abierto para recibirlas, y para eso debes primero hallar la paz en tu interior.

Por aquel entonces muchos de los murmullos que plegarias y turistas poblaban la catedral se habían acallado ante nuestra conversación, mientras un selecto público se concentraba a su alrededor

—¿Amor, dice? ¡Eso ya lo tuve, padre, y ése… {me lo ahorraré por si un día estas incoherencias caen en manos de mis hijos} de ahí —señalé la Cruz con un ademán insolente—… me lo arrancó de cuajo! ¿Cómo demonios quiere que encuentre la paz si ya no tengo amor, si estoy medio muerto por dentro.

—Usted no merece (o desea) pisar suelo sagrado, sacrílego —dijo él agriamente—. ¡Váyase, por favor!

Lo miré de hito en hito, y estaba dispuesto a replicar de no ser por el hombretón que se había situado a mi espalda y que —de muy buenas maneras, eso sí— me pidió que abandonara pacíficamente el recinto, cosa que hice con un rugido de rabia. ¿Sacrílego yo? Más sacrílegos eran todos esos turistas fotografiando cada rincón con sus zapatillas, bermudas y sus indecentes besos a hurtadillas.

Si llego a pillarle por banda…

¿Cómo? ¿Como hiciste con aquel gitanillo?… ¿Conmigo, incluso?

Pues no te diría yo que no. Además, ese hombre no tenía ningún derecho a hablarme así. Yo buscaba respuestas, quería saber, pero ese cura me echó de la iglesia como si yo fuera un vulgar delincuente.

Bueno, eso comienza a ser una constante, ¿no te parece?

Ja, ja, ja… ¡No te hagas la jocosa! Además, todo me salió de perlas, pues al franquear el portalón de salida me topé de frente con uno de esos turistas casposos que parecía haber recibido su merecido, esta vez a manos de una de tus hermanas, que siempre andan pululando por los alrededores. La joven, al grito de “¡Debes pagar tu suerte!”, le perseguía cortando el aire con su fiel ramita de romero. Distraído, les observé jugar al gato y al ratón por toda la plaza hasta que, acorralado frente a una tienda árabe con telas colgadas al viento, el pobre hombre no tuvo más remedio que soltar los cuartos ante la indignada vidente. ¡Mira que intentar escaparse de aquella agorera!

Alcé las manos con afán de aplaudir pero, por algún desconocido motivo, éstas ralentizaron su ascenso para quedarse a medio camino, congeladas en un instante de dolor tan intenso que me nubló la vista. Mientras la plaza desaparecía, una voz con acento andaluz me susurró al oído las mismas palabras que blandía aquella gitanilla, la maldición que, desde entonces, acabó con mi vida…

Por fin lo entiendes, ¿no es verdad? Es la suerte quien decide, pero no se la debe tentar… y mucho menos retarla como tú hiciste aquella tarde.

Pero… yo…

Yo sólo traté de avisarte, de avisarla a ella, pero no podía influir en ti… y al final lo hemos pagado todos… mi hijo y yo incluidos…

¿Tu hijo?

¿Qué? ¿Ahora no me respondes? No eres tú quien ha sufrido; mi hija, mi esposa y yo… nosotros somos los maltratados por la Suerte. ¡A ti ni siquiera te conocíamos!

Tienes razón; yo ya lo había visto en ti, pero me consideraba segura aquí en Granada… al menos hasta que recuperaste el conocimiento y, poseído de furia y rabia perseguiste a Lucía por toda la ciudad hasta dar conmigo en el Sacromonte… conmigo, y con mi hijo… ¡Oh, sí! Carlos trató de impedírtelo pero ¿cómo razonar con un yonqui desesperado por encontrar una papelina que quemar? La jeringa la tenías en la mano, aunque pero no la aplicaste en tus venas, sino en nuestras vidas.

¿Qué? ¿Pero de qué me estás hablando?

Yo jamás haría daño a un niño pequeño… yo sólo quería…

No intencionadamente, cierto, pero tu actos resultarán desastrosos para él, al no tener ya una madre que le guíe por el buen camino… Y así la rueda gira y gira sin cesar en un ciclo sin fin… todo porque un día desafiaste a la diosa Fortuna.

Pero ya nada tiene importancia. Ni para mí, que ahora yazgo en un ataúd rodeada de amigos y familiares velando mi cadáver, ni para ti, otro muerto más que se agarra desesperada a una vida que ya no le desea.

Se nos acaba el tiempo, lo sabes, ¿verdad?… ¿Escuchas los pasos tras la puerta? ¿Los murmullos y las órdenes? ¿Las pistolas amartillándose, dispuestas a sesgar tu último aliento en nombre de la Suerte?

Pero yo no he hecho nada…

¿No?

¿Estás realmente seguro de ello?

Desde luego no es para estar muy orgulloso, la verdad…

¡Recuerda, y por el amor de Dios, RECONÓCELO!

 

En ese momento el bolígrafo dejó de escribir.

Un sonido recurrente, una jaqueca y el moscardón aplastado contra una de las cuartillas, tan sólo un amarillento anticipo entre la disparidad de sus actos.

Toc, toc, toc…

Las últimas líneas no eran sino confusos garabatos, picos, valles y laderas de un estado de ánimo cada vez más alterado, en el que pasado y presente se desdibujaban en una conciencia futura ajena a cualquier realidad mortal. En ella, Fátima —aquella graciosa gitanilla que una vez, en otro mundo, presintió semejante maldición— había tomado el control de la situación y se confundía con la ciudad milenaria, la Fortuna y su muerte. Granada significaba todo y nada a un tiempo, su desgracia y su alegría, sus esperanzas y decepciones, las de su hija, su esposa y cuantas vidas pudo influir en su día.

Toc, toc, toc…

La herida de la cabeza no paraba de sangrar, y ya goteaba por su cabello enmarañado hasta caer sobre la mesa con un chapoteo viscoso; allí impregnaba sus últimos delirios con unos tintes sarcásticos no muy alejados de —ahora, tal vez, lo reconocía— la realidad.

Toc, toc, toc…

Ahí estaban.

Los intuía, como dijo ella, parapetados tras sus cascos de plexiglass al otro lado de la puerta, al tiempo que una mano enguantada probaba el picaporte sin resultado y otra preparaba un ariete de metal para arrasar la entrada al estilo Corcuera. Prácticamente alcanzaba a escuchar sus imperiosas órdenes entre inquietas miradas mal disimuladas; y, si se concentraba lo suficiente, podía vislumbrar incluso sus facciones tensas y ansiosas por irrumpir en la estancia, con sus porras enhiestas y los gatillos apuntando siempre a órganos vitales: cerebro, corazón, pelotas…

Un blanco fácil.

Otro criminal menos en las calles.

La Sociedad, un poco más segura.

El hombre rompió a llorar, deseando que todo acabase de una vez, pues al fin comprendió cuál había sido su error. Tras perseguir y alcanzar a su mala suerte, cerrando así un invisible nudo en torno a su cuello, era ahora, en sus últimos segundos, cuando reconoció al auténtico culpable de su mal fario.

Tomó el bolígrafo entre sus dedos, pero fue incapaz de hilvanar una letra siquiera, así que fueron únicamente sus lágrimas —lágrimas de sangre, marchitas y extenuadas— quienes imploraron el perdón que no logró plasmar en papel. Poca gente se lo concedería, empero, tras examinar los últimos pensamientos del moribundo en un reality de tercera.

Su viaje , en realidad, no fue más una travesía a ninguna parte, un descenso a las profundidades que únicamente él se atrevió a cumplir, ya que sólo así podría alcanzar la verdad, aunque fuese demasiado tarde para obrar alguna clase de remedio.

¡Dios! ¡Cómo podía haber terminado así! Él, que un día tuvo la felicidad en sus manos, una esposa, unos hijos… el amor y la suerte confabulados, primero a su favor, para más tarde…

Rien ne va plus!

Cogió el arma y saboreó el cañón, negro, frío y amargo como el desenlace que lo aguardaba, impaciente, a la vuelta de la esquina.

Debes… pagar… por tu suerte.

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El octavo Pecado Capital

 

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A Pilu, mi mujer.

Permíteme entrar en tu corazón

y mostrarte lo que para mí es el amor…

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I

 

 

 

Clara aparcó el coche en uno de los descampados acondicionados por el Parque de Atracciones de la villa de Madrid; prácticamente desierto, sin embargo, debido a la cada vez menos tumultuosa afluencia de público. Se miró las manos cuando echó el freno después de la loca carrera que la había conducido desde la cafetería del prefabricado, en la facultad de Ciencias Económicas que la Universidad Complutense tiene en Somosaguas, hasta el centro de la Casa de Campo; éstas, que no habían parado de temblar en todo el trayecto, y a punto estuvieron de causar un serio accidente cuando… ¿qué?… cuando una de ellas se agitó más de la cuenta y el vehículo dio un bandazo, continuaban su agitado traqueteo mientras las yemas recuperaban su color, pues la fuerza con la que habían aferrado el volante las había exprimido hasta la última gota de sangre.

Una botella de ginebra… abierta…

Respiró profundamente y miró a su alrededor: poca gente a la vista, ya que aún eran las tres de la tarde, y las escasas personas que comían un bocadillo en un puesto ambulante cercano no la miraban… al menos, no directamente.

Apoyó la cabeza sobre el respaldo y cerró los ojos.

Sollozó.

¡Dios mío! ¿Qué has hecho?

Más tarde, una vez hubo recuperado la compostura, salió del coche. Todavía no sabía por qué había ido allí; lo más lógico hubiera sido volver a la seguridad de su hogar, donde todo permanecería inalterable y no había nadie que, con un estúpido y absurdo desliz, decidiera tirar por la borda varios años de relación a la primera de cambio.

Tumbarse en la cama, llorar abrazada a su osito… olvidar… era todo lo que pedía en aquellos momentos.

En ocasiones, empero, la lógica queda relegada a un segundo plano cuando las emociones toman el control… aunque ignoraba si ésta tenía algo que ver cuando había apretado el acelerador, cegada por las lágrimas, y tomado rotondas a diestra y siniestra…

… No obstante, algo… no lograba recordarlo… a mitad del camino…

sin ninguna preferencia en particular, hasta encontrarse de pronto frente a la muralla externa de la campiña. Desde luego todo fue automático y lógico a partir de ese punto, pues de vez en cuando se acercaba a correr —aunque andar sería el término más correcto— por las pistas, y conocía tanto los accesos principales como los secundarios.

Sin embargo, hasta entonces…

… Algo verdaderamente terrible…

En fin, suspiró, necesitaba andar, limpiarse toda esa mierda de encima, alejarse de todo y de todos por un rato… así que poco importaba la razón de su presencia en la Casa de Campo… al menos desde su opaco punto de vista, pues pocas personas son capaces siquiera de vislumbrar los movimientos del destino.

… Pitidos… un volantazo… el olor a ginebra… dolor y rabia… insoportable…

Comenzó a la sazón a caminar, sin rumbo determinado, pero dirigida claramente hacia una zona precisa, el gran lago. Madrid no tenía playa, lo pregonaba incluso la estúpida canción de los Refrescos, pero sí pequeños y grandes estanques, y la inmensidad de su superficie, calmada en aquel día sin nubes en el cielo ni viento en la Tierra, podría significar un tenue bálsamo para su alma herida.

Eso esperaba, quizá, ese sexto sentido que la guiaba a través de senderos y caminos horadados por la acción humana en las escasas decenas de años que se ha interesado por aquel hermoso soto. Caminaba sin ver realmente dónde pisaba; un par de veces tropezó e incluso estuvo a punto de golpearse la cabeza con alguna que otra rama baja. Pasó junto a un grupo de travestidos que se azuzaban unos a otros con buenas maneras, y a los que dedicó una nerviosa sonrisa sin detenerse, y alguna que otra lágrima rodó cuando divisó a lo lejos a una pareja de enamorados bastante acalorados sentados en uno de los numerosos bancos de madera distribuidos a lo largo del parque.

El beso… ¿por qué a ella? Siempre pavoneándose, siempre…

Por fin llegó al lago… bueno, no exactamente al lago, sino a un camino que lo circunda, ideal para pasear cogidos de… ‘¡No pienses en eso, joder!’, se obligó a decir, y cerró fuertemente las manos hasta que notó cómo sus uñas pugnaban por atravesar la fina capa de piel que las protegía. ‘¿Por qué precisamente ahora?’; era la pregunta que no dejaba de trepanar su delicado espíritu, ‘Te tengo que decir algo importante’, había dicho… ‘Y vaya que si era importante. No estábamos tan mal, ¿verdad? Discutíamos poco y… Y entonces me lo encuentro de morros con esa… con esa furcia de Elena… ’

Cabeceó con furia. ¡Dios! No entendía nada.

Y lo peor era que sus ojos continuaban inundándose por unas respuestas que ella no tenía… ni quería conocer, d’ailleurs, por temor a escuchar algo que de verdad la hiriese en el alma.

Una mano, rebuscando nerviosamente en un bolso… su bolso… ¡Dios mío, Clara! ¿Qué hiciste en esos minutos, en el coche, desesperada?

Le llegaron gritos a lo lejos; unos chicos jugaban al baloncesto en medio del lago, descargando sus excesos hormonales en furiosos pases e impetuosos rebotes. Dedicó unos instantes a admirar sus musculosos cuerpos, pero desvió su atención al darse cuenta que identificaba esos hombros y esos torsos con los de Quique cuando le hacía el amor, tumbados entre sábanas de algodón, sedientos de pasión.

Eso ya no será posible.

Sin embargo, comenzó a preguntarse qué sentido tenía el sexo, el puro placer carnal, cuando el amor se había perdido en algún recoveco oscuro de la vida. ¿Se convertía acaso en una puta por desear ser acariciada y ser deseada por otro hombre? ¿Es… sucio… el sexo sin amor, puro hedonismo autodestructivo? Al fin y al cabo, el ser humano necesita del sexo, no ya como instrumento natural de procreación, sino para realizarse como persona… ¿o es el amor lo que nos separa del resto de los animales, y el sexo primitivo tan sólo nos identifica con ellos?

Vio a dos perros juguetear tras haberse identificado los sexos y se echó a reír descontroladamente, su cuerpo sacudido como un muñeco en una rabieta. Pronto calló, empero, pues sonaba histérica y falta de ninguna emoción… salvo quizá amargura e hipocresía.

La mujer… bella e irreal… con sus manos enterradas en un jardín de flores, vestida tan sólo con una gasa… sensual e irresistiblemente triste…

Comenzó a levantarse un poco de viento, y Clara, exhausta, se dejó acariciar voluptuosamente, mecida entre nubes de algodón que, despacio, la acercaban hacia el agua. Allí, presa de una nueva identidad, subjetiva y etérea, estudió cómo las minúsculas olas lamían el borde del estanque, seductoras y encabritadas a la vez, como deseando saltar por encima de aquel insalvable obstáculo para perderse y morir unos metros después. Al igual que ella, éstas querían alcanzar lo inalcanzable, y sólo unas pocas gotas se atrevían a lanzarse, pero las sucesivas decepciones terminaban con ellas en cuanto se adentraban en terreno contrario. Tendrían suerte si al menos lograsen calar tierra adentro; de esta forma, algo de ellas quedaría cuando se extinguiese el amor.

—¿Quiere probar? —preguntó una voz cascada a su lado, sobresaltándola.

—¿Qué? —exclamó Clara. Era la primera persona que se había dirigido a ella en todo el trayecto, y eso la sorprendió.

El hombre se le acercó y la examinó detenidamente, un cigarrillo colgándole olvidado de la comisura de los labios.

—Verá, una mujer tan bella como usted no debería estar triste ante este glorioso día —dijo el anciano de marchita voz, señalando con brazos temblorosos el lago y sus alrededores.

Efectivamente, desde aquel ángulo —esta era la explicación más plausible, ya que le parecía inaudito no haber reparado antes en ello… Aunque, bien pensado, quizá fuese… ¿qué? ¿por qué no lograba acordarse de nada? ¿Porqué sus recuerdos estaban… bloqueados?— todo el parque cobraba una nueva vida, repleta de gráciles movimientos y vivos colores. El Sol, además, se reflejaba en las aguas creando dorados brillos en las estructuras metálicas, bancos y transeúntes de los alrededores, de tal forma que debía cerrar los ojos si no quería que unas rutilantes estrellas danzasen en su cornea unos interminables segundos. Y cuando alguna carpa ejecutaba un majestuoso retozo, sus escamas eran la consagración de la Naturaleza vegetal en la carne ocre y esmeralda de sus escamas.

Clara exhaló una exclamación, y durante unos instantes se extravió con el tornasolado vuelo de una mariposa que se posó un poco más allá, en una hermosa flor de la que libaban varios insectos, los cuales, a su vez…

Sí, durante unos instantes logró olvidarse de porqué estaba allí.

Pero la realidad, a veces, puede ser insoportablemente dura.

Y el mundo volvió a oscurecerse para ella.

El Barquero, que había observado el terrible cambio que había experimentado la joven, no quiso darse por vencido tan fácilmente, e insistió en su oferta. Era crucial para ella —para ambos, aunque no quisiera reconocerlo— el aceptar su proposición. Si no, se hallaría irremediablemente perdida en aquel lapsus; lo reviviría una y otra vez hasta que su preciada alma languideciese ante la culpa y el remordimiento; sus errores la consumirían como una llama que alcanza el final del cirio.

—Le preguntaba si le apetecería dar una vuelta en alguna de mis barcas…

Éstas se agolpaban junto a un mugriento embarcadero que necesitaba a las claras varias manos de pintura y barniz, previo lijado de pilastras, maderos y ventanales. El malecón, en su conjunto, daba la impresión de una dejadez y decadencia insoportables, a imagen y semejanza de su dueño, con esas descuidadas barbas y su raída vestimenta. Las barcas, sin embargo, resplandecían sobre la mugre que las amarraba, como hubiesen servido de comitiva a la Pareja Real y a sus ilustres invitados el día anterior. Decoradas con motivos florales, predominaba la rosa como símbolo del amor que portaban en su interior, aunque también podían apreciarse claveles y crisantemos, dependiendo —suponía ella— del estado de ánimo de sus ocupantes, así como un órgano exclusivo y figurado del cuerpo humano: el corazón.

La joven, disimulando su turbación, negó con un gesto que deseaba no fuera excesivamente descortés. El lenguaje corporal, empero, es demasiado complicado como para disimular la aversión ante algo desagradable… extravagante, incluso, y el Barquero —cuya longeva vida suponía una ventaja ante dichas artes— interpretó perfectamente su ligero tic en el labio inferior, la mirada hundida y el involuntario bloqueo que provocaron sus brazos al cruzarse levemente sobre su pecho. Sabía que no debía presionarla demasiado, pues corría el riesgo de que se le escapase a la menor oportunidad.

Y eso no podía permitirlo.

—¡Oh! No se deje impresionar por el estado del muelle… —intentó disculparse—. ¡Hace años que le he pedido al ayuntamiento algunos fondos para poder reformarlo… pero parece ser que hay cosas más importantes en Madrid a las que destinar unos míseros euros!

Ella se sonrojó y bajó la vista sin decir una palabra. Se sentía un poco mareada… seguramente la presencia del anciano la afectaba más de la cuenta…

… aunque…

—No, el embarcadero no vale nada… —prosiguió el viejo, tratando de no divagar; últimamente su lucidez de antaño dejaba bastante que desear, y a veces podía llegar a tener apagones de varios minutos, incluso. No ignoraba, por descontado, que poco le quedaba de vida… pero entonces, ¿adónde iría el Mundo sin él? Sin embargo, esa era una respuesta que, desgraciadamente, no estaba en sus manos—. En cambio las barcas… ¡Mírelas! ¡Tan fuertes y bonitas, relucientes como si hubiesen salido ayer mismo del taller! Son ellas el verdadero atractivo de todo este lago. La gente se detiene a admirarlas, las retratan en fotografías y en cámaras de video; les confían sus deseos, sus anhelos y temores cuando suben a ellas… Y cuando por fin descienden a tierra… ¡debería verles los rostros de felicidad! Y son ellas, junto con el estanque, los que provocan tal catarsis… —su voz fue descendiendo progresivamente, hasta hacerse casi inaudible—. Es por eso por lo que creo que debería probarlo… Como le he dicho antes, una joven como usted no se merece sufrir por un amor no correspondido…

Clara, que había comenzado a alejarse lentamente, se detuvo, impulsada quizá por una tácita resignación en la voz de aquel hombre, quizá porque en su interior deseaba realmente observar más de cerca aquellas maravillas, o quizá porque no comprendía cómo aquel desconocido había sido capaz de leer sus sentimientos actuales de un único vistazo.

—¡Acérquese! ¡Tóquelas!

Ella lo hizo, aún a sabiendas que podía estar cayendo en una trampa. Pasó su mano sobre su superficie, y se sorprendió, retirándola casi al instante. Estaba caliente —demasiado para ser madera—, y su tersura se asemejaba más al terciopelo que a la pintura reseca. Además, había algo, como electricidad estática pero sin dar calambre… era como si…

—Parecen… vivas, ¿verdad que sí?

La joven asintió. Estaba a punto de picar el anzuelo, si es que no lo llevaba ya clavado en el fondo de su garganta.

—¡Sí! Son mis niñas, mis amores… —su voz adquirió un matiz melancólico y nasal, como si hablase de una antigua amiga y amante, perdida hacía ya tiempo, aunque nunca olvidada—. Es todo lo que tengo en la vida —sonrió, volviendo momentáneamente a la realidad—; pero soy feliz… ellas son felices.

Y el anciano le guiñó un ojo, haciéndola partícipe de sus confidencias. Aún acariciaba a una de ellas, e instó de nuevo a la joven de tristes cabellos a imitarle.

Superado el impulso inicial, Clara se dejó convencer —deseaba ser convencida, pues dudaba que nada peor pudiera ocurrirla— y volvió a posar sus dedos sobre la barca. Sí, no se había equivocado; ésta parecía… ronronear… casi como si acariciase a un gatito recién nacido y particularmente cariñoso.

Le gustaba.

—Eurídice —leyó con dificultad en el costado de la barca; curiosamente las letras pintadas a mano se confundían y superponían unas con otras, como si un cámara borracho modificase el foco en un primer plano—. ¡Qué nombre más bonito!

El marchito anciano mostró los restos de una dentadura ennegrecida por el tabaco y, quizá, por algo más profundo y enfermizo: una pequeña muestra del próximo fin que acuciaba sus entrañas.

—Y allí, junto a Dionisio, se encuentra Orfeo, poeta y esposo que cruzó uno de los cinco ríos del infierno tras la desgraciada muerte de ésta por el veneno de una serpiente.

Ella enarcó las cejas, sorprendida, y el Barquero le explicó que muchas de sus barcas tenían nombres de amantes famosos en la literatura e historia. Resultaba pintoresco, en realidad, y un buen reclamo para turistas y amigos que deseaban probar suerte sin confesar sus auténticos deseos; si eran la pareja ideal, éstas lo demostrarían de algún modo.

—Además, algunas se lo han ganado a pulso —añadió el hombre—. Descubrí que los viejos amantes tienden a estar juntos aun cuando son únicamente nombres garabateados sobre unas tablas flotantes.

—¿Quiere decir que… se atraen? —inquirió la chica con el tono escéptico del que sabe que le están tomando el pelo—. Que si, por ejemplo, Apolo y Dafne salen a navegar, ¿terminarán encontrándose allí, en medio del lago?

—Incluso en las noches más cerradas, entre nieblas y tortuosas calimas, los viejos enamorados se abrazan afrontando la oscuridad… Hermoso, en verdad.

Aunque el viejo continuaba exhibiendo su sonrisa desdentada, sus ojos —de un azul desvaído que presagiaba unas cataratas prácticamente desarrolladas— no revelaban el más mínimo signo de malicia o senilidad. Clara no dudaba, a pesar de ello, de que bromeaba; lo contrario hubiera sido bastante difícil de creer.

Sin embargo, ya que había llegado hasta allí…

—¿Por qué no? —dijo, encogiéndose de hombros. Desde luego, no sería peor de lo que ya la había sucedido aquella mañana.

Disimuló un calambre en sus vientre, que varios minutos antes ya se había hecho presente, y cerró los ojos un instante, mareada por la ilusión inducida por las barcas y… algo más… una cajita…

… ¿Por qué lo has hecho, Clara? ¿No tenías acaso toda una vida por delante?…

… y saltó a una de las barcas mientras el Barquero soltaba las gruesas amarras. Cuando cogió titubeante los remos, observó cómo el anciano mascullaba una cancioncilla en voz baja, y no fue hasta que la dio la espalda que la reconoció: se trataba de una vieja melodía infantil, retomada hace unos años por uno de los hermanos Cano:

 

Al pasar la barca,

me dijo el barquero:

‘las niñas bonitas

no pagan dinero’”

 

Sonrió al darse cuenta que ella tampoco había pagado el óbolo exigido para la travesía y, cerrando los ojos, se dejó mecer por la suave y suspirante brisa mientras una última y agónica convulsión sacudía su cuerpo; su nariz comenzó a sangrar, y uno de sus ojos se apagó ante la poderosa e inmaculada belleza del Astro rey.

Allí, en el centro del hermoso lago, todo estaba en calma; un inmenso y eterno remanso de paz suspendida en el exterior de toda vida, en equilibrio entre ambos extremos de la existencia. Siempre deseado; siempre temido.

Escenas de dicha, felicidad y, como no, tristeza, discurrieron entonces en el interior de sus párpados, cuando su vida fue juzgada por los emisarios del Hades. Y para terminar, como si de una película en cámara lenta se tratara, un recuerdo centelleó en el infinito; a su mente acudieron las imágenes que había tratado de ocultar, deliberadamente, hasta hallarse a salvo en los brazos de Caronte, cuando alcanzó el punto sin retorno en el que la amargura es todo lo que resta de su alma.

Lejos, espiritualmente muy lejos de allí, ni siquiera se escuchaban ya los gruñidos de los jugadores de baloncesto…

Su mano, temblorosa y húmeda de lágrimas y mucosidad, rebuscando en su bolso hasta que sus uñas golpearon una antigua superficie grabada…

… ni los coches tocando el claxon…

… Una cajita, un pastillero con una mujer, triste, en un hermoso prado; alguien se la había dado —una joven pálida y demacrada, con aspecto de haber sido violada repetidas veces— con la promesa de que llegaría el día en el que necesitaría olvidar todo el dolor que un ser humano puede ser capaz de entregar…

… ni las ametralladoras de los escapes desprovistos de silenciador…

… Y ella, ingiriendo impulsivamente todo su contenido con la ayuda de una botella de ginebra que su novio había olvidado varias noches atrás, cuando se le ocurrió aquella loca idea de llevarse su sabor en los labios…

Sólo ella, el Sol y algunas nubes sobre el Eurídice.

… Su regazo, húmedo de alcohol y sangre cuando la botella estalló ante el repentino choque, esparciendo mortales esquirlas por todo su organismo que desgarraron al unísono útero, intestinos y pulmones, antes de tomar conciencia de lo que había ocurrido…

Pero no estaba sola, ya que en sus últimos instantes de vida otra respiración, acompasada con sus moribundos estertores, la acunó amorosamente, como una madre a su primer hijo.

Estaba todo… tan… tranquilo…

Y uno de esos alientos, de repente, dejó de oírse, pues su alma se hallaba ya de camino, enclavada entre el Estigia y el limbo, a medio camino del reino de Hades; mientras, su cuerpo descansaba lejos de allí, entre los amasijos que constituyeron su tumba poco después de que el Sol despuntase sobre el horizonte.

 

 

 

 

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II

 

Ese día Quique se despertó como un resorte, antes incluso de escuchar las noticias de las ocho (odiaba levantarse a diario con un metálico y acuciante bip-bip-bip, como sus otros dos compañeros de piso, autómatas al servicio de pitidos y chasquidos sin ninguna humanidad ni dignidad que infundir a la mañana). Se duchó y vistió con una celeridad pasmosa y, como siempre, sin hacer ni el más mínimo ruido que pudiera despertar a las cucas que con él habitaban el estrecho apartamento de la zona residencial de Aravaca.

Se notaba excitado y, ciertamente, bastante nervioso ante la perspectiva de encontrarse con Clara en la cafetería de la universidad, pues hoy sería el gran día. Tras varios años junto a ella, creía estar ya preparado para —al menos de momento— alquilar un pequeño estudio e irse a vivir los dos juntos… ¡Basta de compañeros que roncaban y perdían sus calzoncillos sudados y malolientes entre los cojines del sofá, tras echar un buen polvo con alguna furcia de turno! Si compartía piso, ¿por qué demonios no hacerlo con su novia… aunque conllevase ciertas ideas preconcebidas y revolucionarias?

Claro que llevaba ya tiempo rumiando la idea, y estaba seguro de que ella sospechaba algo; se le notaba en la mirada, y la otra noche, mientras cenaban en una pizzería, su expresión tensa y ausente no podía ser más gráfica… aunque más bien podría ser al contrario, y su rostro el espejo donde se reflejaban sus ansias. No dudaba, en cualquier caso, de su respuesta, ya que los sentimientos que se profesaban el uno al otro no tenían parangón con ninguna otra relación anterior.

Aún así…

Algo difícil de explicar le cuchicheaba desde el subconsciente; una sensación extraña que le encogía el escroto, intangible aunque siempre presente. Quiso identificarlo con el miedo, el pavor que a todos nos invade los instantes previos a adoptar una decisión crucial en nuestras vidas, pero fue inútil. Sabía, en lo más profundo de su ser, que algo debía por fuerza salir mal, porque un universitario es todavía demasiado joven como para merecer la felicidad absoluta. Fuera lo que fuese, todo se torcería en el último momento de manera irremediable.

Y él no podría hacer nada para poder evitarlo…

Condujo con prudencia hasta la universidad, inmerso en el bouchon matinal de la Carretera de Castilla y en sus inconexos pensamientos, que saltaban fortuitamente entre Clara, la proposición que estaba apunto de sugerirla, su cuerpo húmedo y abierto cuando hicieron el amor el sábado pasado, y el último partido de liga del Atlético de Madrid.

No le angustiaba, habitualmente, el sentarse tras un volante y tragarse de diez a veinte minutos diarios de atasco, pero su corazón batía como un descosido cuando extrajo la llave del contacto en el aparcamiento de la universidad; coronar las escaleras de acceso a ritmo de tambor no mejoró demasiado su situación, y se obligó a descansar contra una de las puertas batientes del prefabricado. Clara podría sufrir un síncope al verle en semejante estado… ¡si no lo sufría él primero, claro está!

Franqueó despacio la entrada, con la angustia todavía presente en su tembloroso caminar, y escrutó nervioso las mesas y la barra, que a esas horas presentaba un aspecto pulcro a la par que desierto, pues un estudiante que se precie no debía madrugar en exceso a riesgo de ser tachado de empollón, y ser entonces perseguido por su buena disposición a tomar unos precisos apuntes sobre Trigonometría, Astrofísica, o lo que es quizá peor, Historia del Arte en dos volúmenes.

Fue entonces cuando sus testículos realmente estallaron y su piel cambió de color, pasando del anaranjado al rojo y luego al violeta conforme la sangre se agolpaba en sus desoxigenadas venas… porque la sensación de congoja que había sentido una hora antes alcanzó su madurez sexual al toparse frente a frente con la única persona que realmente podría estropearlo todo: su ex novia.

Elena no había dejado de perseguirle desde que él decidiera que lo mejor para sus vidas (y las de sus amigos) era romper la tensa relación de amor-odio que mantenían. Y aunque aquello sucedió unos dos años atrás, no parecía haber pasado más de dos semanas para ella, pues se comportaba como si continuasen todavía juntos, alardeando de su desdeñado amor y pavoneándose provocativamente delante de él y de sus mutuas amistades. Por supuesto, sabía de la relación saludable y emocionalmente estable que disfrutaba con Clara, pero eso no la detenía lo más mínimo; es más, desde su retorcido punto de vista, tal handicap no era sino una provocación, un irresistible estímulo para continuar su acoso, con la esperanza, quizá, de recuperarle algún día y arrastrarle de nuevo por el fango sobre el cual ella se revolcaba.

Quique se preparó para lo peor, refugiándose en un rinconcito de su mente que intuía inalcanzable para ella… pero lo peor no llegó; Elena ni siquiera levantó sus párpados del vasito de café que le calentaba las manos —siempre las había tenido frías, recordó con una punzada de remordimiento y cariño—, aunque era seguro que lo había reconocido. Su labio inferior temblaba y, si bien su rostro grisáceo permanecía pétreo e inalterable, supo que algo malo debía haberla ocurrido; algo terriblemente malo.

Se acercó a ella y, siempre en silencio, posó una de sus manos sobre su hombro. Ella levantó unos ojos enrojecidos por el llanto y dibujó una torcida mueca, un sucedáneo de sonrisa edulcorado y sin colesterol. Entonces Elena se incorporó y le abrazó entre espasmos que ya ni se molestaba en disimular.

—Mi… mi madre… —musitó entrecortada.

Él inclinó la cabeza. Quizá sólo fuera a besarla en la mejilla, a susurrarla unas palabras cariñosas, quizá…

Y en ese preciso instante todo se torció, tal como sus pesadillas presagiaban, pues Clara apareció de pronto ante ellos, paralizada y completamente pálida, cabeceando ante lo que pensaba era una evidencia más de lo que realmente ocurría en su relación. Sin pedir explicaciones ni plantearse siquiera una duda razonable, dio media vuelta y desapareció de la cafetería con sus propias y equívocas conclusiones bullendo en la cabeza.

Quique no dispuso de tiempo material para reaccionar, y se quedó mirando alternativamente el solitario vano de la puerta y el rostro compungido de su ex novia, sin tener ni la más remota idea de lo que pensar. Unos instantes más tarde, el ‘Lo siento’ que Elena susurró fue suficiente para convencerle de lo fortuito de aquel encuentro, de sus buenas intenciones; pero además confirmó sus temores, demostrando que realmente el Destino existe y que, como bien reza el dicho, suele jugar muy malas pasadas.

Pero no podía quedarse cruzado de brazos, así que se disculpó como pudo ante Elena y corrió tras Clara, en un desesperado intento de alcanzarla entre el laberinto de aparcamientos, vías preferentes y rotondas por las que ella zarandeaba el volante.

No logró adelantarla a tiempo.

Aunque sí observó cómo, sin previo aviso, su vehículo rozaba a otro a la entrada de una rotonda, pasaba por encima de ésta y era detenido por un automóvil que circulaba en dirección contraria, ambos fundiéndose en un abrazo invariablemente mortal contra una parada de autobús que erigía sus punzantes estacas hacia los corazones que acababa de atravesar.

Desconcertado, en un primer momento Quique no comprendió las consecuencias de lo que acababa de presenciar a unos centenares de metros. Su cerebro se negaba a procesar una información vital para su estado emocional, y los hechos inconexos aún bailaban ante sus pupilas cuando detuvo su coche en el arcén y sorteó los pocos automóviles que lo separaban de su amada, ahora moribunda.

—¡No, no, no…! —repetía sin cesar, acompañado por el tronar ensordecedor de su tensión sanguínea contra los delicados vasos cerebrales.

Asió la mano de Clara con determinación, percibiendo sin lugar a dudas cómo la savia interna se escapaba de ella en incontroladas hemorragias, y pronunció una y otra vez su nombre, intercalando algún que otro ‘te quiero’ y ‘no me dejes’, como si esperase que su voz pudiera cambiar la Historia. Ella, sin embargo, reaccionó ante su voz, y su ojo sano —aquel que no había sido reventado por unas diminutas y pulverizadas esquirlas cristalinas— giró débilmente en su cuenca al tiempo que abría la boca para hablar. Sin embargo, su cuerpo —el que tantas veces había besado con pasión— se resistía a malgastar el poco oxígeno que le llegaba en una fútil queja, y su pecho se henchía en espasmos agónicos pretendiendo guardar la vida que se le escapaba por una herida abierta en la ingle y varios desgarros internos que pronto determinarían su fin.

Quique estaba allí, con ella, cuando Clara esbozó una última sonrisa.

Todavía sostenía su mano cuando un último murmullo surgió de sus labios.

Y sus lágrimas lavaron su cuerpo cuando su corazón perdió su latido.

 

Mientras, la escena había congregado a varios curiosos y voluntarios que trataban de ayudar a los ocupantes del otro vehículo siniestrado, aunque nadie dirigía el tráfico, y varios coches pasaron frente a ellos haciendo sonar sus bocinas, burlándose de la desgracia ajena y festejando que, por esta vez, la muerte no les había tocado de cerca.

En trance, Quique pensó que tendría que llamar a un médico, a la policía, a sus padres, a un sacerdote por aquello de la extremaunción… Se palpó los bolsillos, restregándose la sangre de Clara en sus ropas, hasta que se dio cuenta que el teléfono móvil se había quedado en la guantera.

‘Clara, lo siento… No fue nada… Ella…’

Su mente quería excusarse, buscar una razón en aquel caos.

‘… Íbamos a vivir juntos, tú y yo…’

Un pitido, cerca, muy cerca, lo sacó del trance; unas ráfagas lo iluminaron, cegándolo momentáneamente. No dispuso de tiempo para reaccionar, y sus piernas temblaron levemente cuando entrecerró los ojos y extendió los brazos para abrazar su destino final.

‘¡Dios, cuanto te quiero!’

 

 

El alegre trino de una avecilla penetró en sus sentidos y lo forzó a abrir de nuevo los ojos. En un primer momento se asustó, pues no reconocía el lugar; la floresta vegetación, el manso lago de visos esmeraldas y los árboles que lo rodeaban le eran, si bien no completamente desconocidos, sí extraños, como fuera de lugar. El pánico, empero, no se adueñó de sus vísceras, pues todo el paisaje, sus olores y colores, irradiaban una serenidad, un equilibrio tal que impedía cualquier sombra de aprensión.

Caminó un rato, distraído, al tiempo que trataba de reorganizar y aclarar su embrollada mente. Sus pies se movían como autómatas sobre la herbácea y virgen alfombra que le guiaba hacia una caseta…

… un embarcadero; Clara, sonriente y rodeada por un aura dorada, acaricia el borde de un bote…

… ruinosa y destartalada que pendía junto a la lánguida ribera del lago; a ella permanecían amarradas una serie de embarcaciones de brillantes y llamativos colores, de las que era difícil apartar la vista.

—Te está esperando —le confió un ronco susurro a su lado, que lo hizo saltar sobre sus tendones.

Quique (porque así se llamaba él, ¿verdad?) se giró hacia el macilento anciano que súbitamente se había materializado junto a él, y aparentando una tranquilidad que no se podía permitir lo estudió detenidamente en un fatuo intento de reconocerle.

—No, no me conoces —respondió el Barquero a la muda pregunta, para puntualizar después con una leve ironía—. No, al menos, bajo esta guisa… pero eso no tiene ya la menor importancia —meneó la cabeza con decisión—. Lo que ciertamente es vital ahora es que ella te está esperando allí, en el lago; y debes darte prisa.

El joven siguió la dirección de sus trémulos nudillos y divisó una pequeña barca, flotando aparentemente a la deriva; en su interior, apenas si distinguía una forma humana, inerte…

… entre oxidados ganchos y alambres; un enorme cristal sobresaliendo de sus entrañas… su mano, temblando… un último suspiro…

Quique se tambaleó ante aquella extraña y cruenta visión que de repente invadió su ser, y se dobló sobre sí mismo repeliendo una nausea vital de la que no saldría nada, pues su interior estaba vacío, desprovisto de cualquier materia viva.

—¿Pero qué…?

El Barquero lo miró condescendientemente, como si comprendiera la sinrazón y ofuscación que vivía en aquellos instantes. Así era, en realidad, pues él mismo tuvo que sufrirlas una vez, cuando su amada fue arrancada de entre sus brazos por la ira divina, y ni siquiera durante el tránsito se les permitió contacto alguno. Ahora, no obstante, se permitía el lujo de desafiarles en tanto que Barquero… especialmente si detectaba cierta injusticia en la siega de la Dama de la Guadaña.

—No te preocupes, Enrique —dijo el anciano, pasándole un brazo sobre los hombros; un gesto de condescendencia pocas veces usado por los barqueros—, lo entenderás más tarde. Lo principal en este momento, sin embargo, es que te reúnas con ella… lo más pronto posible.

Quique no lo escuchaba, y tampoco se sorprendió de que su nombre fuese conocido por el vagabundo; en aquellos momentos experimentó un déjà vu tan violento que hubiera perdido el conocimiento de no ser por las garras del viejo clavadas en su antebrazo.

—Creo… creo que ha muerto —comunicó sin emoción.

El Barquero meneó la cabeza, aunque continuó caminando hacia el embarcadero, arrastrando literalmente al chico. Recordaba, y eso era un mal augurio; debían apresurarse.

—La muerte… —titubeó. No sabía si debía o no decirle la verdad; algunos se echaban atrás ante ella—… la muerte es sólo un tránsito; vuestras almas, vuestros sentimientos, vuestro amor… eso es lo primordial, la materia prima que os mantendrá por siempre unidos.

—¿Nu… nuestras almas? ¿Acaso estoy… muerto?

Quique se había detenido y, de alguna manera, había encontrado el valor suficiente para mirar en el interior de los acuosos ojos del anciano, inmediatamente arrepentido por semejante osadía. ¿Qué se creía él, un simple mortal, frente a…? No sabría nombrarlo siquiera, pues sus ojos no eran los de un ser humano normal; en ellos se reflejaban siglos de dolor, rencor y osadía reprimidos y comprimidos en sendas pupilas negras como el azabache… o como una noche sin estrellas, ni cielo, ni tierra. En el último momento, empero, justo cuando creía no poder librarse de su abrazo, entrevió un destello de luz, allí, en lo más profundo de sus córneas; una resplandor de esperanza, ternura y… amor; sobre todo amor, enterrados bajo atormentados eones de decadencia y muerte.

Aquello fue demasiado para el joven, y se apartó con un gemido, las viejas tablas del embarcadero crujiendo bajo sus pies.

—¿Quién eres tú?

El Barquero apartó la vista, turbado. Pocas veces se había visto en tal tesitura, y de ellas, en contadas ocasiones se había visto siquiera inclinado a responder… pero ya era viejo; sus articulaciones mortales se hinchaban como las velas de un bajel en alta mar, su próstata y su colon no le dejaban descansar más de un par de horas al día, y su vista y memoria ya no eran las mismas de antaño. Suspiró cansinamente; los siglos iban haciendo mella en él, y ya no existía aquel mancebo que podía conquistar a dos mujeres al tiempo que divertía a la plebe con su cautivadora sonrisa.

—¿Quién soy yo? —masculló al tiempo que embutía un cigarrillo entre sus labios y lo prendía fuego con unas húmedas cerillas. Cuando una hermosa nube blanca rodeó su cabeza, sonrió, mas sin una pizca de humor en sus labios—. Hace mucho tiempo me dedicaba al siempre apasionante juego del amor. Dos corazones que laten al unísono, nacidos para estar juntos… no se conocen, y una delgada línea los separa de su destino… ese era mi trabajo, y lo ejercía con pasión. Pero un día atravesé la línea equivocada y fui injustamente castigado —el Barquero hizo una pausa y parpadeó varias veces, reprimiendo las lágrimas; su barba tembló imperceptiblemente unos instantes y su pitillo estuvo en un tris de caer al suelo—. Ahora me han concedido este trabajo. No es agradable, pero al menos puedo seleccionar algunas almas, burlar al destino, y darles una segunda oportunidad que de otro modo les hubiera sido denegada.

—Entonces, eres…

—¡Oh, he recibido muchos nombres en innumerables culturas (algunas ya extintas), aunque ninguno de ellos me alude realmente! Los de mi primera vida son demasiado dolorosos para recordar, y los de ahora… bueno, también resultan igual de dolorosos —Posó su mano sobre una de las barcas—. Ha llegado el momento; tu tiempo no se puede dilatar más, lo siento. Orfeo te conducirá hasta tu amada; confía en él.

Quique, cuya nariz había comenzado a sangrar profusamente, notó como el cansancio invadía paulatinamente su cuerpo. Cada paso se le antojaba dolorosamente largo y el mero hecho de plantearse siquiera dar un paso le provocaba un dolor atroz en las extremidades. Así que, con la ayuda del Barquero, se acomodó en el interior de la embarcación, que estaba caliente y olía a coníferas marinas. Cerró los ojos y se dejó acunar un rato en su seno. Luego, a mitad de camino, los abrió de nuevo, y con un esfuerzo sobrehumano, dirigió la vista al embarcadero, donde permanecía el anciano barquero, erguido ante él.

—¡Cupido! —gaznó Quique, desesperado—. ¿Qué nos pasará? ¿Qué va a ser de nosotros ahora… ahora que hemos muerto?

La respuesta la trajo el viento, mientras una bruma cubría sus ojos y el embarcadero se desvanecía en una lechosa blancura.

—Una ofrenda os espera; un milagro por venir —le ofreció el Barquero como respuesta. Tosió profundamente—. Volveréis a nacer y, si no me equivoco, los caminos que vuestras almas sigan convergerán de nuevo, reconociéndose al instante… Podréis así uniros como en un principio estaba previsto.

Satisfecho, Quique se derrumbó sobre la cubierta cuando lo alcanzó la brillante luz que venía del embarcadero. Segundos después, su mano rozó la de Clara, que le aguardaba entre los brazos de la bella amante, y allí se encontraron sus cuerpos; sus manos no se separaron ni un ápice desde entonces, pese a que ningún signo vital surgía ya de ellos.

En aquel momento, Orfeo y Eurídice flotaron sobre una plácida balsa de acrisolada claridad que fue en aumento conforme el Barquero completaba su canto ritual, hasta que la propia noción de realidad quedó desbordada cuando el mundo fue luz. Luego, ambas barcas desaparecieron al unísono, y la oscuridad descendió sobre las aguas del Hades, agitadas ahora por saberse privadas de sus prometidas ánimas.

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Lo que no te puedo decir

 

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A Bghra,

una de las personas

que más lloró mi marcha.

 

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Lo que no te puedo decir

Abrí los ojos, la respiración quemándome los pulmones y el corazón tan acelerado que, por un instante, la certeza de su implosión se apoderó de mi ser, estrujando cada nervio y tendón más allá de sus límites naturales. El pulso continuó su incesante batir hasta que mis pupilas se habituaron a la oscuridad, y allí, acurrucado sobre la almohada, tu rostro dominaba mi perspectiva, acaparando al instante toda mi atención.

‘¡Estás ahí!’, suspiré aliviada; no pronuncié palabra alguna, empero, pues no deseaba despertarte. ‘¡He tenido un sueño horrible! Una pesadilla que… creo recordar se viene repitiendo con demasiada frecuencia’.

Todavía me producía escalofríos rememorarla y, aunque ahora distinguía claramente el componente onírico e irreal intrínseco de cada pesadilla, continuaba siendo tremendamente doloroso el verte salir por esa puerta —con el cariño y la fragancia de otra mujer impregnados en tu piel— y cerrarla tras de ti, sin un beso o una simple palabra de despedida.

Ya sé que otras veces lo has hecho, y siempre has vuelto a mi lado, pero esta vez era diferente. Me mostraste un sol en tu mano derecha y, entre incomprensibles ademanes, tu figura se desvaneció y tan sólo tu sombra quedó. Ya no regresaste.

No sé cuánto tiempo te esperé, confiando en ti, en que nuestro amor forjado durante años sería más fuerte que cualquier caricia de esa otra mujer; aunque pronto mis esperanzas ardieron en tu anillo… y el tufo consiguiente fue lo único que me hizo desde entonces compañía. Primero los celos, a los que ya debería haberme acostumbrado hace tiempo, y luego la terrible soledad que me embargó al comprobar tu prolongada ausencia, torturaron mi alma y poblaron mi vida de sombríos fantasmas que se acrecentaban con cada sollozo desesperado que se escapaba de mi ser. Creí volverme loca —ahora, observándote dormir, inspiras los restos de mi nocturna sinrazón, purificándola con tu magia interior— y me negué a comer; a respirar, prácticamente.

En vano golpeé tu puerta con furia; perjuré y amenacé de mil maneras, pero ésta continuó cerrada, hermética y silenciosa, como un maligno tótem cuyo único propósito en este mundo consistiera en corromper el amor, la pasión… el destino.

‘¿Por qué?, sollocé tumbada en la cama, ‘¿Qué había hecho yo mal para que me trataras de semejante forma?’.

—Hola, gatita mía —somnolienta, tu voz me sobresaltó en la oscuridad; debí quizá gemir al recordar la amarga sinsabor de las horas pasadas—. ¿No duermes bien?

Sabes que si en ese momento respondía a tu pregunta, algo muy profundo saldría de mí, y eso no podía permitirlo; consecuentemente parpadeé, tratando de eliminar las lágrimas que brotaban de mis ojos, y sonreí para tranquilizarte. Entonces tú me imitaste y, acercándote, me besaste tiernamente en la mejilla. Sin palabras entre nosotros, sin susurros siquiera, pues en la noche el tiempo nos pertenecía, cuando algunos deseos pueden hacerse realidad… y otros muchos disiparse entre tinieblas. Tan sólo dos cuerpos unidos, dos amantes imposibles y el platonismo degradado hasta su estado más casto.

—¿Has tenido una pesadilla? —me preguntaste con el ceño fruncido, la preocupación claramente impresa en tu rostro y tu mirada, penetrante, clavada en mis ojos verde esmeralda, brillantes como dos gemas en la oscuridad.

Yo denegué con un ademán y, un poco más calmada gracias a tu beso, traté de explicarte los miedos que me corroían las entrañas, aunque desistí ante la patente imposibilidad mutua. ¡Era tan difícil hacértelo entender! Me queda al menos la esperanza de que algún día, cuando mi pesadilla realmente acaezca, te percates de mi desdicha y, quizá, cambies de opinión y vuelvas en ti.

Quizá.

—Venga, duérmete y descansa, que mañana será un largo día —resolviste al cabo de un rato, ignorando todos mis esfuerzos, para luego añadir sonriendo—: Las pesadillas no existen, ¿lo sabías?

Entonces pasaste tu brazo sobre mí y me acariciaste el cuello de esa forma tan agradable —sensual, incluso— que me encandiló cuando nos conocimos. Yo era una joven sin experiencia, prácticamente una niña y tú me acogiste, alimentándome con tu cariño, enseñándome los secretos de la vida, tus caricias… Hoy, claro está, no fue una excepción; cerré los ojos y traté de disfrutar con esos escalofríos, cuyo efecto balsámico casi logró dejar de lado los sueños de la noche.

Casi.

Un minuto más tarde, mientras tu respiración se tornaba más pausada y profunda, tu mano se ralentizó, y poco tiempo después paró finalmente su masaje, pues el cansancio al fin pudo contigo. Abrí entonces los ojos y, como otras noches de insomnio, estudié tu dormida faz, con esa sonrisa que me encandiló desde un principio, bajo la pálida luz que se colaba entre las cortinas. Aún abrazándome, irradiabas ternura y… quizá… amor, mi amor correspondido, creí entrever.

Suspiré convulsamente, tratando de olvidar estas últimas horas, y cerré los ojos; era hora de conciliar nuevamente el sueño.

Esta vez no hubo pesadillas.

 

 

Sonó un timbre… una… dos veces.

No quería abrir los ojos, pero ya era tarde, y la promesa del desayuno matinal me hacía rugir la barriga. Me desperecé entonces sobre una cama vacía, y por un momento me dio un vuelco el corazón, aunque pronto comprendí que ya habrías bajado a desayunar.

Me lavé y rasqué las uñas casi sin pensarlo, pues se había convertido en un hábito instintivo desde que mi madre me lo enseñó, hace ya tanto tiempo que los recuerdos se vuelven confusos y desteñidos. Ella también se fue, pronto después de mi nacimiento; creo que la contagiaron alguna enfermedad de transmisión sexual —gracias a Dios que yo no la heredé—, y empezó a adelgazar, con dolores musculares, vahídos y llagas en la boca; en sus últimos días llegó incluso a perder el juicio, babeando sin fuerza por las calles. Cuando regresó por fin a casa, ni siquiera me reconoció, y una gélida mañana, simplemente, no fue capaz de despertarse.

‘¡Tantos recuerdos, tantos malos recuerdos…!’

Recorrí cada habitación de la casa —otra costumbre connatural en mí— y, aunque no observé nada fuera de lo común, algunas puertas se me resistieron, guardando secretos quizá no destinados a mis ojos. Bajé luego la escalera, buscándote, pero allí ya no estabas; ‘te habrás ido a trabajar’, pensé, aunque tenía la impresión que este día sería diferente del resto… un día especial en tu vida, y yo desconocía la razón.

Comí sola, como siempre. Es cierto que a veces me haces compañía, distrayéndome con tus caricias; a veces incluso pierdo el apetito cuando estás a mi lado. Pero esas veces son escasas, y disminuye alarmantemente su número conforme aumentan las puertas cerradas a nuestro alrededor.

‘Creo que ya no me quieres’, medité tristemente, palabras sentidas en un mundo sin sentido.

Me acurruqué en un enorme sillón, frío y áspero sin ti, y me puse a ver la tele. Te la habías dejado encendida, aunque nunca sueles hacerlo, claro síntoma de las prisas con las que saliste de casa esta mañana. En verdad me hastiaba sobremanera, y al principio traté de entender qué es lo que veías en ella para pasarte horas enteras —días, incluso, cuando has salido de copas la noche anterior— adorándola. Me intrigaba cómo un ingenio capaz de crear una supuesta realidad falta de cualquier connotación olfativa y tridimensional cautivaba de tal manera tu atención, y me asustaba la discordante percepción que teníamos de unas simples líneas tricolores que, sumadas, formaban imágenes fijas con apariencia de movimiento.

¡Por Dios!, ¿tan distintos somos? Yo no lo creo, pero aunque así fuera… a mí no me importan esas diferencias, si eres más alto, más fuerte o más inteligente que yo. Es cierto, no me importan en absoluto, pues conozco los dictados de mi corazón, y tengo la certeza de que son tan delicados e irreprochables como los que la Madre Naturaleza nos ha inculcado. ¿Acaso te preocupan los tuyos? ¿No son tan íntegros como debieran? ¿O quizá hay algo más, algo más profundo, algo como… como el sol de mi pesadilla?

Reconozco, ciertamente, que no somos parejos en el plano físico, y admito que te fijes en otras mujeres más… compatibles, por así decirlo; es más, es tu deber como ser humano. Tan sólo te pido un favor: que no me dejes de lado; me destrozarías si así fuera, transfigurando el preludio onírico que me desvela estos días en una pira incendiaria que acabaría desgajándome y eliminando cualquier sensibilidad, cualquier rastro de amor en mí.

Por favor.

Un sonido interrumpió mis cavilaciones, una llave en la cerradura; una puerta se abrió para dejar pasar la luz y… a mi amado.

‘¡Has vuelto!’, grité, saltando desde el sofá para recibirte como sabía te gustaba.

—¡Hola, señorita! —me dijiste, mirándome desde lo alto—. ¿Has pasado un buen día?

Miau —respondí excitada, restregando mi cuerpo contra la pernera de tus vaqueros. Estaba evidentemente equivocada; mis temores disipados cuando cerraste la puerta y, agachándote, me diste un beso mientras acariciabas mi lomo arqueado—. Miaou.

¿Qué más podía decir?

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El Cuentacuentos

 

 

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A mi madre;

una sonrisa es todo

lo que tu corazón desea.

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Prólogo

 

El caldeado ambiente de la posada contrastaba con la bravía tormenta que sacudía el pueblo aquella víspera de Todos los Santos desde primeras horas de la noche.

No sólo el viento había hecho de las suyas con fanales y pórticos arrancados de sus pernos, sino que también la nieve hizo acto de presencia en prados, cañadas y veredas, dificultando —imposibilitando incluso— el regreso de bueyes y carretas a los establos; éstos yacían ahora abandonados entre espectrales bocetos nevados.

Sin embargo, aun soportando unos rigores más propios del frío invierno que de un día de finales de octubre, fueron muchos en el pueblo los que se aventuraron en la oscuridad —estimulados quizá por un primitivo instinto de superar las desdichas que les inducía a buscar la compañía de sus semejantes— para reunirse ante una buena jarra de vino frente al calor de la gran chimenea que presidía la taberna del pueblo.

A pesar de que se podían contar con los dedos de una mano las ausencias, no eran muchos los que charlaban animadamente en el interior, atestado, pues la pesadumbre soportada en los últimos meses era tan atroz que de sus corazones no emergía más que amargura; dura y agria amargura.

Con todo, como comunidad que eran, allí estaban, unidos de nuevo por algún incierto propósito heredado generación tras generación.

Algunos —ancianos enjutos de sabia y profunda mirada— conocían realmente el porqué de aquella multitudinaria congregación vecinal, pero no hablarían todavía; no en principio, al menos, pues la vida les había aprendido la virtud de la paciencia.

Otros, aquellos que sufrieron en su propio hogar las secuelas del pavoroso incendio, habían acudido a refugiarse entre los vivos, ya que —especialmente en esas largas y frías noches previas al crudo invierno— su compañía resultaba preferible a los estertorosos fantasmas del pasado.

Y unos pocos —peregrinos y mercaderes ambulantes en su mayoría—, sorprendidos por la inesperada tormenta, buscaron apresuradamente refugio en el único mesón del pueblo. Desconcertados allí por el mutismo de los lugareños, otrora ávidos de nuevas procedentes de las Indias, permanecían arrinconados entre sus gabanes y sus jarras de vino, rogando al cielo por sus enseres a la intemperie.

La mayoría contemplaba, taciturnos ellos, los lujuriosos devaneos del fuego, mientras evocaban otras piras mucho más violentas y descontroladas.

De repente, todas las miradas se dirigieron esperanzadas hacia el gran portón de madera, que se abría lentamente con gran chirrío de sus oxidados goznes. Desbocado el corazón y la respiración contenida, cada cual permaneció paralizado unos interminables segundos hasta que un suspiro de hastío generalizado invadió la sala cuando reconocieron a uno de los últimos vecinos que no se habían hecho aún presentes.

—¿Ha venido ya? —preguntó con un hilo de voz atisbando aquí y allá con sus acuosos ojos. Como la mayoría, sus carnes también habían sido marcadas por la huella de La Parca, pues su hijo y su nuera perecieron cuando las llamas alcanzaron las primeras casas de la aldea.

—Paciencia —respondió una voz, cascada ya por los años—. Vendrá. Debe hacerlo.

En efecto, no era ningún secreto que sus almas necesitaban alivio tras el devastador incendio que asoló la comarca el verano pasado, puesto que, quien más y quien menos, todos padecieron de alguna forma la pérdida de algún ser querido en aquellos días… y en un pueblo, ¡todos son familia!

De modo que, efectivamente, estaba moralmente obligado a aparecer.

El pueblo lo necesitaba.

Pero la noche avanzaba sin que su presencia los reconfortase, y donde antes se extendía una infinita negrura nocturna, ahora una plomiza capa de nieve se acumulaba contra el vidrio como la cera de velas, velones y del hermosísimo candelero que pendía del cumbrial[1] lo hacía sobre las rústicas mesas de la taberna.

Y los corazones volvían sin cesar sus miradas hacia el sombrío pasado, tiznado por ascuas y rescoldos aún humeantes, rodeado de ceniza y hollín para conservar candentes las amargas memorias.

Mientras tanto, el mesonero distribuía aquí y allá un sabroso caldo preparado esa misma tarde con el fin de soportar la espera, así como dulces y golosinas a los pocos mocitos que todavía permanecían despiertos junto a sus padres y que se negaban a perderse los festejos. Las torcidas sonrisas que recibía como recompensa eran suficientes para animarle aquella intempestiva noche.

De repente, un impreciso aullido atrajo su atención, acallando murmullos y silenciando incluso el chisporroteo del ayuco que ardía en el gran hogar. No cabía duda del animal que lo producía, ni tampoco del significado que entrañaba aquel anuncio.

Unos minutos más tarde, unos golpes contra la cancela —madera contra madera— precedieron a la aparición de un anciano de luengas barbas quien, seguido por la bestia albina que bramó anteriormente, traspasó la entrada apoyado sobre su cayado sin el más mínimo ruido, como si el portalón de roble macizo hubiera sido empujado por una fuerza sobrenatural desconocida por simples mortales.

Bajo circunstancias bien distintas, la imponente presencia de tal fiera hubiera acarreado serios problemas al pueblo, pero tan sólo el amortiguado gemido de una madre denotó los arraigados temores humanos contra aquellas fieras de afilados colmillos.

El desconocido —todos habían soñado con él al menos una vez en la vida— avanzó suavemente por la estancia, dejando tras de sí una estela de nieve en polvo que cubrió el suelo como una alfombra de brillantes y rubíes ante las rutilantes llamas. Escogió la única mesa libre para sentarse, y depositó su manto ante la lumbre y su cachava sobre la mesa, de tal forma que la empuñadura —una preciada reproducción de la cabeza de un lobo tallada sobre el propio roble— los contemplaba inquisitoriamente.

Mientras el mesonero preparaba meticulosamente su mesa —sabía lo que se hacía—, el anciano observó a cada uno de los presentes, desnudando sus almas bajo su penetrante mirada para buscar aquella fatalidad que lo había reclamado tantas y tantas veces. Los aldeanos —que no osaron abrir la boca durante la ceremonia— percibieron cómo sus corazones se abrían ante aquel desconocido tan profundamente afligido como ellos; sintieron cómo sus penas y sus desgracias pasadas le eran desveladas y vieron cómo la comprensión afloraba a sus ojos.

Una vez hubo juzgado bien justificada su invocación, el hombre cogió un platito con agua y lo dejó junto al hocico del animal que, protector, se había tumbado a sus pies; luego bebió él de su propia jarra de vino. Después tomó un pedazo de su venado asado y dejó que el lobo lo comiese de su mano. Por fin, cuando su albino compañero quedó satisfecho, el hombre dio cuenta de la suculenta cena.

Concluida ésta, el Cuenta-cuentos levantó de nuevo la mirada y una firme resolución pudo leerse en sus sombríos ojos.

Fue entonces cuando comenzó sus relatos.

Y, finalmente, el alivio descendió lentamente sobre la castigada comunidad según avanzaban éstos, pues el peso de la gran marmita de tristeza cocinada a fuego lento desapareció; risas y sonrisas poblaron de nuevo aquella comarca bajo la labor del Cuenta-cuentos.

 

 

 

[1] Cumbrera, en la terminología montañesa palentina.

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Inocencia

 

—¡Obús! —fue la última palabra que pronunció su padre en vida; la última, asimismo, que su madre escuchó antes de que los muros de la vivienda se derrumbasen sobre ellos, aplastándolos inexorablemente bajo un cúmulo de escombros cuando un engendro del terror se estrelló ‘por error’ contra la fachada principal de la casa.

No obstante, gracias a un instinto maternal profundamente arraigado, Ricardo se salvó milagrosamente de ser engullido por la muerte cuando su madre se arrojó sobre él instantes antes de que una gran parte de la techumbre cediera y acallara para siempre los agónicos gemidos de sus progenitores.

Luego, la oscuridad, la humedad, el frío y el hedor —ese insoportable hedor que le hará temer a la oscuridad de por vida— le acompañaron durante las interminables horas que permaneció sepultado bajo el cadáver de su madre.

—Pero, ¿qué haces así?

Temblando, Ricardo entreabrió un ojo y atisbó entre los brazos que había levantado para protegerse del posible ataque. Por fin, cuando comprendió lo que sucedía, abandonó la postura fetal en la que se encontraba y lentamente se incorporó, reprimiendo penosamente las súbitas nauseas.

Se habían ya cumplido seis meses desde aquel dramático episodio, pero el niño superviviente —y todos llevamos uno en nuestro interior— no lo olvidaría jamás.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —preguntó, acercándose hacia un chico de unos diez años que bailoteaba de contento y señalaba excitado al suelo. A Ricardo le parecía un perro ladrando frente a un hueso substancialmente sabroso.

—¡Un obús! —gritó el mozalbete, ignorando al parecer la grave crisis de angustia que Ricardo acababa de soportar—. ¡He encontrado un obús! Apuesto a que no ha estallado todavía.

Raúl, un niño regordete y mofletudo que siempre resoplaba cuando ascendía la empinada cuesta hasta la escuela, era su mejor amigo. Conocía, por tanto, el calvario que había sufrido Ricardo cuando que el Ejército Nacionalista arrasó el pueblo con sus balas y morteros, así que no preguntó más. Era un buen chico, aunque a veces ignoraba el mal que podrían causar ciertos recuerdos mal enterrados.

—¡No seas tonto! ¿Te crees que se iban a ir del pueblo dejando una pieza de artillería sin usarla antes?

Ricardo cogió sin demostrar temor alguno —aunque temblase como un flan en su interior— el cilindro metálico y le mostró el interior a su amigo; estaba hueco, por supuesto. Hasta podría tratarse del que se estrelló contra su inocencia, a pesar de hallarse a varios centenares de metros de sus ruinas.

—¡Jo, vaya! Bueno, es igual —dijo encogiéndose de hombros tras unos instantes de profunda reflexión—. Me lo quedaré como recuerdo.

Entonces Ricardo le hizo entrega ceremonialmente del artefacto destructor y se limpió las manos en los pantalones. Sentía cómo la magdalena que había tomado para desayunar se le atragantaba en la boca del estómago, pero no permitió que trasluciera su malestar.

Debía ser fuerte.

Desde que la guerra atravesó el pueblo tanteando aquí y allá con sus obscenos zarcillos, jugueteando azarosamente con las vidas de familiares y amigos, modificando filosofías y costumbres y, por ende, enfrentando a vecino contra vecino, padre contra hijo y hermano contra hermana, aquella unidad que lealmente los nombraba había desaparecido bajo el polvo emponzoñado de las botas militares.

Tras el desastre Ricardo fue acogido por su hermano mayor, que se había apartado de la familia antes de la debacle por esas irracionales divergencias de opinión en referencia al nuevo orden que estaba por llegar. Aún así, él y su mujer —encinta de seis meses— lo acogieron como a un hijo, y juntos habían llorado la pérdida mientras rescataban útiles y enseres que, en otros tiempos, los habían contemplado reír y gozar de la vida.

De cualquier modo, el tiempo, bendito sea, lo cura prácticamente todo, y las profusas peleas que se producían entre los dos bandos concretados unos meses antes dieron paso a una colaboración taciturna y reservada, pues había mucho que reconstruir —tanto en los hogares como en sus habitantes— y poco tiempo restaba antes de que las primeras nevadas descendieran de los montes del norte e hicieran su aparición entre los despojos del caserío.

A tal fin, esa noche estaba prevista una reunión en la que todo el pueblo había sido conminado a asistir.

La elección del lugar fue el único punto en el que ambas facciones coincidieron, pues el único recinto con capacidad para albergar dicha celebración —descontando el ayuntamiento, que fue la primera bandera destruida y saqueada por los Regulares— era el amplio mesón que regentaba don Vicente Rodero, el padre de su amigo Raúl.

El día siguiente —el primero de noviembre de 1937— era especial, y nadie deseaba honrar a sus caídos entre miradas rencorosas. Allí, frente a un buen vino, aprenderían de nuevo a mirarse a los ojos.

Sin embargo, un problema se planteaba para los dos jóvenes amigos, pues no se les permitía la entrada aquella particular noche, a pesar de que Raúl solía ayudar a sus padres recogiendo vasos y platos vacíos o rellenándolos de nuevo, dependiendo del cliente y del humor de su progenitor. ¡Y eso que la clientela sería especialmente numerosa!

Pero Ricardo, después de todo lo que había vivido, no estaba dispuesto a perderse una aventura como esa, así que, cuando sintió la puerta cerrarse tras su hermano, se levantó de cama y se vistió deprisa y corriendo. Quince minutos después salía de su casa en dirección a la cantina de su amigo.

Tardó un rato largo en atravesar los centenares de metros que distaban de la taberna, pues un viento helado se le introducía pesadamente en la garganta y le producía tal escozor en los ojos que avanzaba literalmente a tientas, ayudado por sus recuerdos de interminables horas jugando bajo el sol. Además, a cada paso que daba se veía obligado a esconderse tras alguna esquina para evitar ser descubierto por algún adulto retrasado o por las patrullas de Civiles que rondaban por el pueblo para guardar el orden.

Para cuando Ricardo llegó frente a la casona, iluminada débilmente por el vacilante resplandor de los fanales de aceite —la guerra no ayudó precisamente a incrementar el escaso tendido eléctrico del que disfrutaba la región—, estaba aterido por el frío, y los primeros copos de nieve caían como estrellas fugaces acariciándole las sonrojadas mejillas.

Escaló penosamente por el canalón de aguas hasta el piso superior y se introdujo cuidadosamente por la ventana del cuarto de Raúl; nunca había cerrado del todo aquella madera dilatada por la humedad.

—¡Uf! Pensé que no llegarías nunca —susurró con alivio su amigo, que le ayudó a descender de la repisa—. Ven, acércate a la pared, que pareces estar muerto de frío.

Abajo, en la taberna, la chimenea debía llevar tiempo encendida, pues la pared por la que discurría el tiro estaba tan caliente como una vaca rumiando al sol, y Ricardo se aplastó contra ella hasta que pareció un apéndice más del muro.

—¡No sabes lo difícil que es esquivar esas patrullas nocturnas! Y encima el pueblo parece Madrid: ¡todo el mundo ha salido esta noche! —protestó él una vez recuperado el aliento, aunque enseguida se preocupó por su asunto—. Qué, ¿cómo va la reunión?

—Como si no hubiera comenzado —le informó Raúl, un tanto extrañado—. Ya están casi todos, pero no hay ni peleas, ni insultos…

—¡Esperemos que no sea así toda la noche! ¡Vaya muermo, si no!

—Papá les ha servido la bebida, y parece que se han formado pequeños grupitos que cuchichean entre sí, como si planeasen algo para esta noche… Pero no lo sé, ¡si ni siquiera puedo oírles desde el mirador!

El mirador, como ellos clandestinamente lo llamaban, no era otra cosa que una ventanuca abierta hacia el interior de la sala —una antigua cuadra, de generosas dimensiones, habilitada hacía ya varias generaciones como cantina— por la que se escabullía la humareda y el acre olor de la cerveza rancia. Ésta daba a un angosto pasillo que comunicaba las habitaciones superiores, siendo antaño la principal fuente calorífica de la vivienda después del fogón.

—¡Bah! Tú, que estás sordo —se mofó Ricardo.

—No, te lo digo en serio. Ahí abajo pasa algo; no es como otras veces. La gente está callada, nerviosa…

—Bueno, veámoslo, ¿no te parece? —exhortó él, despegándose a regañadientes del muro.

Apoyado sobre unas raídas mantas para evitar enfriarse en el suelo —la noche sería larga—, Ricardo comprobó que realmente aquel no era un concilio como el que se había imaginado gracias a las someras descripciones de su padre. Le faltaba viveza, entusiasmo y, sobre todo, alegría. La falta de júbilo era patente incluso hasta en la forma de beber, derrotados y cabizbajos, incapaces de brindar por otra cosa que no fuera el malestar del prójimo.

Un orador, que se hallaba subido en un enclenque y provisional entarimado, trataba por todos los medios de acaparar la atención del bando contrario con muy poco éxito y gran enojo de sus partidarios. Pero aún así, los ánimos permanecían templados; nada de qué preocuparse.

Era como si no tuviesen verdaderamente ninguna intención de celebrar aquel consejo, como si existiese otra razón, tácita y oculta, para lograr que todo el pueblo se halle reunido en la taberna de don Vicente, consumiendo el escaso vino de las bodegas y tomando un caldo preparado directamente sobre el fuego aquella misma noche.

Dicha razón, sorprendentemente, hizo su aparición pasada la medianoche, cuando unos pesados golpes en la puerta sobresaltaron a muchos, entre los que se encontraban los dos amigos, que se habían quedado adormecidos uno en los brazos del otro y despertaron a codazo limpio inculpándose mutuamente.

Desde su escondrijo, cogidos de la mano por el temor reverencial al animal —un lobo tan nacarado como la nieve virgen de la que acababa de surgir— que escoltó al anciano entre mesas desperdigadas y miradas de soslayo, Ricardo y Raúl se percataron de lo importante que debiera ser aquel hombre de aspecto cansado, apoyado en un viejo bastón de madera nudosa como sus ajadas facciones cubiertas por una larga y nívea barba: su sola presencia había logrado atraer la atención general, acallando incluso las dispersas riñas que pudieren surgir y amansando el lúgubre ambiente.

Sin mediar palabra, tomó posteriormente asiento ante una mesa frugalmente preparada y comenzó un extraño ritual —por lo menos, esa fue la impresión que recibió Ricardo— de alabanzas mutuas entre can y amo, en las que el primero siempre saciaba su hambre antes que el humano, a pesar del apetitoso aroma que emanaba del venado asado, que había logrado incluso hacer crujir las tripas de los dos infantes.

Cuando todo terminó, el anciano apuró su copa y observó —no, ese no era el término exacto; quizá exprimió se acercaría bastante a la verdad— las almas, los corazones y las esperanzas de los parroquianos en busca de tristezas y sinsabores imposibles de soportar en una comunidad que debe ser reconstruida de entre las cenizas de la guerra. A continuación cerró esos pozos abismales en los que habían devenido sus pupilas y asintió sosegadamente, como si internamente aceptase tal sacrificio.

Entonces comenzó a hablar, tierna y cadenciosamente, capturando cada mirada, cada suspiro y cada temblor de los presentes con el relato que poco a poco hilvanaba aquel maestro cuenta-cuentos.

Ricardo localizó a Nicolás, su hermano, entre la multitud; también él había caído en el trance provocado por aquel desconocido, en especial porque ahora el cuento hablaba de su madre, de cómo se habían separado por estúpidas razones sin importancia y por qué…

—¡Mamá! —suspiró Raúl a su lado—. ¡Que bonito!

Ricardo le miró, extrañado; ¡se trataba de su madre, no de la de Raúl!

Pero… no; Raúl tenía razón. Ahora el cuento rezaba sobre la temprana pérdida de la esposa de Vicente Rodero, cuando dio a luz al hijo único de éstos, y no de Ana, su madre.

Confuso, contempló a cada lugareño y se percató de que, insólitamente, cada uno de ellos escuchaba un cuento específico, en el que sus desgracias quedaban patentes y perdonadas, relegadas al milagroso olvido de la memoria, donde causaban un daño ínfimo.

Ricardo dirigió entonces su atención al hombre que había originado todo aquello, y con una exclamación de sorpresa observó cómo aquel anciano parecía poseer un incomprensible don de lenguas, pues el inextricable galimatías que surgía de entre sus labios no podía entenderse sin él. Era como si todos los relatos que escuchaban sus vecinos y amigos brotasen a la vez de la garganta de aquel longevo narrador, como si fuesen cien o doscientos de ellos los que cantaran al mismo tiempo esa noche.

Fue entonces cuando reparó en que el Cuenta-cuentos y su lobo albino lo escrutaban fijamente. Era imposible, claro, pues su figura, desde la oscuridad y entre la humareda de velas, puros y cigarrillos, resultaba prácticamente invisible. Parecían estar al corriente, no obstante, de que alguien agazapado tras esa oquedad conocía su pequeño secreto. El hombre le guiñó entonces un ojo y Ricardo se escondió precipitadamente en la posición fetal tantas veces adoptada cuando el terror lo paralizaba in extremis, y no fue hasta que dejó de oír las voces que se atrevió a salir de su estado y a escudriñar de nuevo la sala.

Ésta permanecía en silencio, mientras los pocos tertulianos que quedaban recogían sus pertenencias y la abandonaban circunspecta y relajadamente. No parecía quedar en ellos rastro alguno de la tensión y el desánimo de días anteriores. Verdaderamente, quien los había transmutado de tal forma obró realmente un milagro difícil de comprender.

Bajo flemático semblante, el Cuenta-cuentos los veía marchar desde su silla mientras acariciaba la hermosa crin del lobo, desprovisto ya del manto de nieve que lo abrazaba tras horas bajo el calor humano. Denegaba cualquier suerte de retribución —no la necesitaba, allí de donde venía—, aunque aceptaba los numerosos gestos de agradecimiento con una inclinación de cabeza; no lograban éstos, empero, alegrar sus facciones, eternamente prendadas de angustia y desolación.

—Ven, hijo —le conminó cuando el último de ellos abandonó la taberna—; acércate.

Los pies de Ricardo, despojados entonces de cualquier asomo de voluntad, se deslizaron por la ventana y, descendiendo lentamente unos herrumbrosos peldaños clavados directamente sobre los bloques de adobe, lo llevaron ante la majestuosa presencia que los regía.

—Así es que tú eres el chico que nos espiaba desde allá arriba, ¿eh? —Su voz, profunda como la noche estrellada, le recordaba las nanas que su madre le tarareaba de pequeño; dichosas reminiscencias de tiempos que jamás existirán de nuevo.

El niño, temblando de pies a cabeza, no logró separar los labios, a pesar de que algo en su interior le instaba a no temer nada de aquel extraño.

No fue capaz siquiera de apartarse cuando la enorme bestia se alzó sobre sus cuartos traseros y, melosamente, le lamió la palma de la mano para demostrar el aprecio que sentía.

—Le has gustado —suspiró el anciano con una mezcolanza de esperanza y amargura en su voz, difícil de describir. Si no se encontraba en un error, sabía el infierno que le esperaba al pobre crío.

Pero no podía hacer nada por él: siempre ha sido así, y siempre lo será.

Él no era quién para oponerse a sus designios.

Ricardo examinó su mano, como si no pudiera creer que el animal la hubiera dejado intacta. Después miró al Cuenta-cuentos como si lo viese por primera vez en toda la noche, y una vocecilla interior le confió al oído el significado de cada surco, arruga y cicatriz —pálidas por el frío y la humedad— que éste había adquirido durante su larga y difusa peregrinación.

—¿Qu… quién es usted? —titubeó.

Pero no recibió la respuesta que deseaba, y lo último que logró escuchar antes de que la oscuridad se cerrara sobre él fue un ininteligible susurro entre el ulular del viento en el exterior y los asustados latidos de su propio corazón.

—Descansa, pues nos volveremos a encontrar… más tarde —dijo suavemente el anciano, y le tocó la frente con una trémula y afectuosa caricia.

 

 

A la mañana siguiente, Ricardo se despertó arropado por una cálida manta ante las mortecinas ascuas de la chimenea. No tenía frío, ya que la habitación conservaba aún la bondad acaecida en las últimas horas, y la luz del Sol, asimismo, se filtraba a través de los postigos para deslumbrarlo con extrañas formas sin concierto alguno entre la humareda remanente.

Le sorprendió no hallarse en su cama, pues no recordaba cómo había podido quedarse dormido allí en medio, y se alarmó al darse cuenta que Nicolás, su hermano, debía de andar buscándolo desesperadamente: ¡tenía que regresar antes de que se ganara una buena reprimenda!

Un poco aturdido por el extraño sueño de la noche anterior, entornó los ojos ante el inmaculado resplandor que reflejaban los neveros apartados a paladas a lo largo del camino de regreso… pero no llegó muy lejos, pues boquiabierto se quedó al pasar junto al edificio del ayuntamiento: casi todo el pueblo se hallaba a su alrededor, desde primeras horas de la mañana, y ya se habían izado andamios, cuerdas y poleas para su inmediata reconstrucción.

No podía permitirse que tal símbolo del municipio permaneciera derruido después de… ¿qué? ¿qué había ocurrido aquella noche para que todos los vecinos volvieran a reír de forma tan natural y cristalina? Porque, hasta que se quedó dormido en los brazos de Raúl, la reunión parecía un desastre sin acuerdo ni desacuerdo. Nada como esto podría surgir de aquella taciturnidad nocturna.

Y, sin embargo, un nuevo espíritu los unía frente a la aciaga adversidad de estos tiempos que la guerra casi había logrado imponer.

Ricardo sacudió la cabeza, tratando en vano de repasar lo que sabía se le escapaba de los acontecimientos de la noche anterior. Nada; no recordaba nada salvo una caricia, fría y suave como la nieve, en el rostro.

Lo único que deseaba era volver junto a su hermano y… allí estaba él, trabajando codo con codo junto al tendero de la esquina —aquel que alternaba sus ideales como una veleta al viento—, saludándolo afablemente sin un ápice de resentimiento en sus risueños ojos claros.

El niño, sonriendo por primera vez en meses, levantó la mano y corrió a abrazarle, pues ahora recordaba que hacía mucho tiempo —demasiado, en realidad—, que no le decía lo mucho que le quería.

 

 

 

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Madurez

 

Los insistentes garrotazos en la puerta acabaron por despertar a Luisa, quien bajó a abrirla vestida tan sólo con un ligero camisón de algodón del que, a pesar de que el otoño estaba ya en ciernes, no deseaba prescindir todavía.

Cuando regresó, Ricardo tuvo que sostenerla para evitar que cayese rendida sobre la estrecha cama de matrimonio que tantas alegrías conociera en los últimos meses, pálida y sudorosa como aquella maldita vez que sangró cuando no debería haberlo hecho y sus anhelos se derramaron entre sus esbeltas piernas.

—Mi hermano… —acertó a musitar.

Luisa procedía de una familia numerosa —tres hermanos y dos hermanas— que la había visto partir a lomos de un zagal durante la celebración de las fiestas patronales, cuando contaba sus escasos diecinueve años. Aunque eso ocurrió dos años y unos cuantos meses antes, Ricardo y ella siempre habían procurado mantener el contacto y, entre cumpleaños, fiestas de guardar y alguna que otra visita inesperada, las dos familias aún permanecían unidas.

—¿Quién? ¿Domingo?

—No… Enrique.

—¿Qué le pasa?

Pero ella no respondió; apenas logró contener las lágrimas mientras relataba sucintamente lo sucedido, pues ni siquiera Vicente Rodero —uno de los pocos habitantes del pueblo que poseía un ostentoso teléfono público— conocía todos los detalles del dramático suceso.

Y ahora, mientras el poderoso autobús surcaba la campiña palentina espantando aves y granjeros por igual con su intermitente petardeo, Ricardo rememoraba las torpes caricias y el exiguo consuelo que fue capaz de ofrecerla aquella noche; incluso se maldecía por su ineptitud para mostrar la empatía debida en esas circunstancias. Pero él era así: no exteriorizaba su sufrimiento, no lo dejaba salir a la superficie, a pesar de que a veces éste lo corroyera como si de una candente brasa se tratara.

Así lo había aprendido desde pequeñito, cuando su infancia desapareció de un plumazo por las alas de la guerra.

Luisa iba sentada a su lado, taciturna y con la cabeza gacha, evitando cualquier tipo de conversación o distracción en su duelo, ya sea un beso o un simple apretón de hombros. Tenía los ojos enrojecidos y ni siquiera se molestaba en ocultarlos tras unas gafas oscuras. Lo estaba pasando realmente mal, pues por lo que Ricardo sabía, habían estado muy apegados el uno a la otra.

Pero no estaba preparado para lo que vio al bajarse en el pueblo: los velatorios aún no habían concluido, y los gritos de dolor de madres, abuelas y plañideras emergían de cada ventana como espectros de una tragedia que no sólo había golpeado a Quique, sino a otros veinte compañeros suyos, allá en la mina.

Entraron juntos en la casa de la familia Cifuentes, e inmediatamente después de las lúgubres salutaciones fueron conducidos por una marea humana ante el ataúd, que descansaba sobre una mesa de comedor en la pieza principal de la casa. Ésta aparecía decorada con decenas de cirios que proporcionaban una mortecina y caprichosa iluminación, la cual dibujaba perturbadoras sombras chinescas sobre las almidonadas cortinas que cubrían las ventanas e impedían el paso de la purificadora luz diurna. Con todo, las fluctuantes llamas eran suficientes como para revelar la terrible agonía del grisú en las convulsionadas facciones del difunto.

—¡Ay, mi hijo! —desgarraba su madre el aire—. ¿Cómo puede haber muerto tan joven?

—¡Ay, Señor! —respondía a contrapunto la plañidera, oculta tras un velo que enmascaraba su identidad.

—¡No es justo, no es justo! —coreaban las abuelas, abrazadas como dos niñas indefensas ante el infante— ¿Por qué te lo has llevado de esta manera?

Como Ricardo pudo percibir, el ambiente no era el más adecuado para Luisa, aunque ella insistió en verle. Ayudada por Honesto, su padre, se acercó pausada aunque resueltamente a su hermano y le besó la frente, balbuciendo de dolor. Luego de permanecer unos minutos en silencio junto a él, interiorizando cada rasgo, gesto y pliegue de su cara, le besó como despedida en los amoratados labios, y entre Honesto y Ricardo abandonó la estancia con los ojos en blanco.

Después, frente a un buen Xerez de la comarca, el cabeza de familia relató lo sucedido un par de días antes, en el yacimiento. Se produjo, al parecer, una repentina explosión de metano que ninguno de los candiles pudo prever —pues su llama no se tornó azulada en ningún momento—, cuando prendió una chispa al picar en una nueva galería. Los cimientos y travesaños no se habían asentado lo suficiente, y parte de la estructura se hundió al nivel inferior.

—Unos pocos segundos bastaron para que el caos se adueñara de aquellos endiablados corredores —afirmó Domingo, que se había aproximado desde el salón de la mano de su hijo y de su mujer—. El humo y el polvo se compaginaron para impedirnos respirar, los ojos nos escocían como si nos hubieran arrojado jugo de limón, y la mayor parte del tiempo teníamos la sensación de haber quedado ciegos por completo —suspiró—. Aquello era un maldito infierno.

Su mujer le apretó cariñosamente el hombro, tranquilizándolo como pudo, pues se había puesto ostensiblemente a temblar al recordarlo.

—Él y tu hermano —continuó Honesto dirigiéndose hacia su hija— permanecieron juntos hasta el final, pero cuando alcanzaron la luz al comienzo del túnel, Enrique… prefirió que fuese Domingo quien escalara primero los escasos seis o siete metros que distaban del corredor superior.

—No había tiempo para discutir, así que le hice caso; le obedecí a pesar de ser yo el más experimentado. Lo único que se me ocurre es que lo hizo pensando más en mi hijo que en sí mismo, y ese gesto no lo olvidaré jamás —cogió al niño, que miraba a los presentes con grandes ojos castaños de incomprensión y lo estrechó contra su fornido pecho—. Una vez que alcancé el piso de arriba ayudamos a varias personas a salir, pues el pozo de ascenso (el auxiliar) estaba resbaladizo por el agua de una tubería que se debió de romper en la primera explosión, pero de repente hubo una segunda explosión, y un meño me golpeó en la cabeza, dejándome sin sentido —Domingo terminó su bebida de un trago—. Cuando lo recuperé, el túnel secundario había quedado cegado por completo, y el silencio era… sobrecogedor —su nuez de Adán se agitó ostensiblemente antes de continuar—; ya no se oía nada, ni siquiera los gritos de socorro de mis compañeros.

Bajó los ojos, derrotado por la propia Naturaleza, tan cruel en algunas ocasiones.

—Muy pocos lograron salvarse de aquella tragedia —completó Honesto la narración—; unas quince familias perdieron bien a un padre, bien a un apreciado hijo…

Su voz se fue apagando lentamente al tiempo que aumentaba en crescendo los lamentos procedentes de la sala de estar.

—¡Ay, mi hijo! —sollozaba su madre de dolor—. ¿Por qué no seguiste a tu hermano en vida?

—¡Ay, Señor! —gimoteaba la plañidera a sus espaldas.

—¡Enrique, Enrique de mi alma! —clamaban las abuelas, a los pies de su amado nieto— ¡Tenías una gran vida por delante!

 

 

Aquella noche, y las dos siguientes, Ricardo no logró conciliar bien el sueño. No se trataba de la pertinente incomodidad del alojamiento, bajo el techo que vio nacer a Luisa, así como tampoco tenían mucho que ver los apagados sollozos que esgrimía la morada al recordar su pérdida. No, un sentimiento más profundo carcomía sus entrañas; era una especie de desazón en su interior que clamaba por salir a la superficie y ahogarlo en una desenfrenada debacle, e ignoraba si sería capaz de sofocarla antes de que desapareciera todo lo que amaba en este mundo bajo aquel lúgubre manto.

Sin embargo, esa angustia no lo abandonó a la salida del sol; se vio acentuada, bien al contrario, al asistir al multitudinario sepelio que oficiara el párroco de la localidad ante las numerosas familias deshechas —una vez más— por la madre Naturaleza.

Aunque el padre Saturnino los conocía a todos, pues los trataba todos los domingos y fiestas de guardar, llegó a quedarse sin palabras para describir las buenas obras que cada uno de los difuntos ofreciera a Dios, nuestro señor. ¡Tantos eran los fallecidos que ni los más viejos del lugar recordaban un siniestro parejo al acaecido aquel frío otoño de 1953!

Y cuando al fin sepultaron el ataúd de Enrique Cifuentes bajo la tierra que lo ajustició, Ricardo observó el rostro exhausto de su esposa, los confusos ademanes de su suegra y los desconcertados ojos de su pequeño sobrino, y esa conocida desazón ascendió de nuevo por su garganta así como la bilis amarga y corrosiva pugna por emerger de una dañina enfermedad. Deseaba decirles que dejasen de llorar su muerte y que no se inquietasen más, puesto que es ahora cuando el chico conocerá la felicidad eterna, y ya no pasará hambre, ni frío, ni penuria alguna, pues vivirá junto al Señor en una hermosa pradera cubierta de aromáticas flores y rodeada de frutales que lo cobijarán bajo el sol eterno.

Pero fue incapaz; aún no estaba preparado para dar ese paso.

 

 

La noche antes de su partida, una semana más tarde, todos los mineros del pueblo habían convocado un homenaje a sus compañeros en la taberna donde solían refrescarse después de una polvorienta jornada envuelta en penumbra y sudor. Aunque al día siguiente se verían de nuevo las caras en el cementerio, la vigilia sería dedicada a ellos en exclusiva; las familias podrán llorarlos silenciosamente en el día señalado a tal efecto por la Iglesia, pero la víspera recordará a los caídos bajo la montaña tal y como fueron en realidad: hombres bravíos que tan sólo deseaban dar de comer a sus hijos.

Tal era —al menos en principio— la intención de aquellos fornidos rastreadores de carbón, pero rápidamente cambiaron de parecer al darse cuenta de que no sólo ellos bebían por los difuntos, sino que también esposas, madres e hijas franqueaban la entrada del bar y se asentaban ante su jarra de cerveza, de vino o de mosto, bebiendo tímidos sorbos mientras exhibían cetrinas sonrisas acordes con el consabido luto oficial.

Nadie se sorprendió, por supuesto, pues cuando un miembro de la familia penetra en la mina, toda la familia la pertenece. Sin excepciones.

La asistencia fue tal que en poco tiempo ya no cabía ni un alfiler en la tasca. Algunos tuvieron que compartir mesas —e incluso sillas— con otros vecinos, pero no importaba: las escasas rencillas que pudieran darse entre ellos quedaron postergadas ante la tragedia y el respeto que el pueblo ofrecía a sus habitantes.

Al principio las conversaciones y brindis fueron dispersos, pero poco a poco se llegó a un acuerdo tácito y, tras unos titubeantes minutos, cada uno de los mineros fue recordado en comunidad por quien mejor creía conocerle. Así, madres, cónyuges o compañeros de fatigas los evocaron tal como fueron en realidad, supliendo en cierta medida la parquedad de alabanzas que recibieron durante el santo oficio, e incluyendo asimismo ciertas anécdotas que, por su pícara naturaleza, hubieran quedado fuera de lugar ante un altar.

Tanta era la expectación que se creó en el interior de la taberna que pocos fueron los que advirtieron el súbito inicio de una tempranera nevada invernal tras las empañadas ventanas.

—Es como si el cielo también los llorase —apuntó Luisa al oído de su esposo, quien se encontraba curiosamente fuera de lugar en aquellos momentos.

En efecto, las níveas lágrimas que cubrían sus tumbas bajo un inmaculado y frío manto santificaron el regreso de los ausentes a la Dama que un día les dio vida, y así fueron aceptados en la tierra eterna junto a todos los seres que en ella viven.

Ricardo, sin embargo, no se dejó engatusar por el buen vino de la comarca, y su mirada perdida en el infinito, más allá del viento, de la nieve y de su esposa, revelaba la gran congoja que sentía. Ésta se vio agravada, además, cuando las luces comenzaron a fallar, debido quizá a algún poste que sucumbiera al embate de la verdadera tormenta de nieve que se había desatado en el exterior. Su respiración y su pulso aceleraron hasta extremos que no recordaba haber experimentado, su garganta reseca apenas le permitía soltar un ligero graznido, y casi derribó su jarra al llevársela a los labios.

Sin embargo, la familiar sensación de déjà vu se vio acrecentada cuando el tabernero sacó unos improvisados quinqués y el chisporroteo de la cera invadió las agitadas conversaciones bajo su trémula luz, tal y como fuera desde el principio de los tiempos, cuando la necesidad de sentirse protegido por una comunidad era primordial.

La madre Naturaleza cuidaba siempre de sus retoños… directamente o por medio de emisarios de imprecisa identidad.

Denegó cortésmente con la cabeza cuando le ofrecieron un poco de caldo en un cuenco —preparado ciertamente aquella misma noche siguiendo una antigua tradición— y cerró los ojos al presentir un lejano aullido que auguraba la ansiada —y temida, pues todo lo sobrenatural provoca reverencia e inquietud a un tiempo— llegada de aquel hombre que los libraría de los pavorosos espectros que erraban por el pueblo desde la desaparición de veinte de sus hijos.

Luego, unos golpes en la puerta convirtieron sus temores en pesadillas, y lo que hasta ahora era un velado recuerdo afloró entonces con renovada fuerza de su perdida infancia, golpeándolo con tanta fuerza que boqueó desesperado en busca del aire que se negaba a ser respirado, pues de repente lo que fue un sueño devino realidad, su realidad.

Y las piezas de un etéreo e inmutable rompecabezas comenzaron a rotar en su destino mientras los nexos eran reconocidos y fusionados en su espíritu.

El Cuenta-cuentos no parecía haber cambiado mucho en dieciséis años: su septuagenaria y cetrina piel continuaba cubierta por una hirsuta barba que, al igual que su cabello, no había perdido su coloración y parecía tejida con hebras de la más fina nieve venida de las montañas. Sí que se le veía más abrumado, en efecto, y aunque sus ademanes no lo permitían entrever tan fácilmente, Ricardo fue una excepción y pudo otear en su interior con sorprendente facilidad.

El anciano tomó asiento junto al lobo, el cual, habiendo despejado una mesa al mostrar sus colmillos, fijó su mirada en Ricardo como si lo reconociese; los que se atrevieron a mirarlo directamente hubieran jurado que sonreía ante aquel extraño. Poseía unos ojos jóvenes e intensos de color celeste, y Ricardo estaba completamente seguro de que se trataba de la misma bestia albina que le lamió la mano en aquella posada perdida en sus recuerdos.

En ese impasse generado entre los dos seres, el Cuenta-cuentos realizó todos y cada uno de los rituales establecidos de respeto hacia el hermoso y soberbio animal antes de aceptar la vianda obsequiada. Luego, una vez que el sabroso venado hubo desaparecido de la mesa, Ricardo vio —religando reminiscencias de antaño con el aciago presente— al viejo Cuenta-cuentos leer la desgracia en las perdidas almas de sus corderos, y se percató del cambio que su rostro sufría al profundizar en cada carga mostrada.

Fue entonces cuando un sentimiento afín se abrió paso en su interior, y una empatía se tendió en la distancia; pero las implicaciones de aquello lo asustaron tanto que cuando el anciano fijó la vista en él, la sangre se le heló en las venas y una punzada de hielo le rozó mortalmente el corazón.

—Veo que todos habéis venido —dijo su voz, potente a pesar de su trémulo aspecto—; incluso tú. La fe no se ha perdido… todavía.

Suspiros de ansia sacudieron el paralizado ambiente de la colonia, animándolo a proseguir.

—Todos… salvo los ausentes: Pedro, Saturnino, Enrique, Gabriel, Marino…

Recorría la estancia con su mirada mientras modulaba su tono de voz y lo hacía más atrayente y calmado, como si deseara hipnotizar a una audiencia que difícilmente podría aún prestar más atención de la ya otorgada.

Tras una pausa en la que sólo fueron protagonistas los leños del hogar, continuó hablando como lo hizo la última vez, allá en la posada del señor Rodero, utilizando su múltiple voz para penetrar en el corazón de cada uno de los presentes y sustraerles el dolor que no les permitía vivir.

Ricardo, muerto de miedo, no se atrevía a mirar a su alrededor por temor a lo que podría escuchar, pues sabía que los demás eran incapaces de comprender la esencia del anciano y, al igual que un niño no alcanza a distinguir los diferentes compuestos orgánicos que conforman una gota de agua, ellos entendían tan sólo su apariencia externa.

En cierto momento el anciano calló, y una quietud pálida y fuera de lugar se adueñó de sus sentidos, tan ensordecedora como el éxtasis carnal y tan plácida como su ocaso. Ricardo creyó entonces ser el blanco de su mirada, así que no tuvo más opción que levantar la vista y afrontar sus pupilas, profundas como la mina en la que pereció su cuñado.

El Cuenta-cuentos permanecía en silencio, pese a que sus labios se mantenían en constante movimiento, como si el resto de los asistentes continuase escuchando sus historias, recordando aisladamente a los muertos y, gracias a ellas, librándose del ingrato peso que su muerte les acarreaba.

No debes tener miedo —le susurró al oído, aunque su voz no parecía provenir de ningún punto en particular—. Te ha sido negado el derecho a poder escuchar y recibir la tranquilidad de espíritu; pero no te preocupes, pues es un don, no una maldición.

¿Un don? —pensó el aludido, pues ignoraba cómo comunicarse con él sin romper el vínculo con su audiencia—. ¿Es acaso un don volverse loco y ser capaz de oír decenas de cuentos al mismo tiempo?

No te equivoques. Todavía te faltan años para descubrirlo, pero cuando sepas lo maravilloso que es ver un corazón puro brillar en la oscuridad tras una tempestad… —suspiró cansinamente— Lo siento; de verdad, lo siento en el alma. Sé que el camino que tienes por delante será duro; trágicamente duro, pero… no puedes negarlo.

¿Qué? ¿De qué camino me hablas? No puedo emprender ahora un viaje, si es a eso a lo que te refieres; tengo mujer… e hijos algún día.

Él te escogió aquella noche, en la taberna —arguyó en cambio el Cuenta-cuentos mientras acariciaba cariñosamente la albina crin del lobo, que sonreía a sus pies—, y Ella… Ella te rescató de entre las ruinas y te ofreció un destino que tu alma aceptó sin dilación, pues era tan pura que ni siquiera el propio egoísmo de la vida la había corrompido aún.

Ricardo contempló la palma de su mano mientras recordaba (¿era realmente un recuerdo, o se trataba únicamente de lo que su hermano le contó tras el bombardeo?) el grito de su madre y sus estertores mientras luchaba por salvar la vida de su hijo.

¿Quiénes? ¿El lobo y…?

No puedo ayudarte a buscar la respuesta, aunque sospecho que ya está en tu interior.

Entonces decidió sincerarse, ya que tenía la impresión de que aquel desconocido le comprendía mejor que todos los que le acompañaban en la vida.

Últimamente he notado… ciertos cambios… —titubeó—; intento consolar a mi mujer, a los que me rodean, pero… no encuentro las palabras.

Las encontrarás —respondió enigmáticamente el viejo Cuenta-cuentos—, pues, en efecto, tu transformación ha comenzado ya.

¡Dios, ni siquiera tengo lágrimas que llorar!

No será tal tu cometido —finalizó así el anciano.

Desvió su vista hacia sus oyentes, en trance, y se paseó entre nubes de algodón, trigales mecidos por la brisa y verdes montes colmados de vida; aspiró el sabor del agua marina, el olor del bosque al amanecer y el de la tersa piel de un recién nacido; y en sus correrías de reconocida felicidad nunca dejaban de cantar las aves ni de ronronear los animales a su paso, e incluso los árboles inclinaban sus ramas para ser bendecidas por aquel venerable esplendor que apartaba el crepúsculo ante su mera presencia.

Sí, no podemos llorar —fue su último pensamiento—, aunque recibimos a cambio otras recompensas infinitamente más gratificantes.

En vano buscó Ricardo su mirada, pero la única que encontró fue la del lobo: penetrante, sabia… e inmemorial. Éste se la sostuvo con la arrogancia que proporcionan los años vividos entre pasiones y desdichas humanas. No le sorprendió en absoluto, pues aquel animal no era una bestia como las demás. ¡Parecía tener… conciencia; sabía quien era él y el rol que desempeñaría en un futuro!

Pero sus ojos…

Esa mirada…

Su mujer lo despertó una media hora más tarde, y Ricardo se alarmó al comprobar que ya había desaparecido más de la mitad de la congregación. Debía haberse quedado traspuesto… ¿hipnotizado quizá?, pensó atónito, pero la criatura albina reposaba mansamente a los pies de su amo, centrando toda su atención en acicalarse una pata. Mientras tanto, el Cuenta-cuentos recibía todo tipo de alabanzas y gratitudes, e incluso algún que otro minero se entretuvo un segundo en admirar la magnífica cabellera del lobo, acariciándola con unas manos curtidas por la dura piedra que lo aprisionaba allí abajo, en la oscuridad.

—Le agradezco mucho lo que ha hecho por nosotros esta noche —dijo Luisa al pasar junto al anciano—; las bellas palabras que tuvo para mi hermano… —no pudo continuar, pues se le rompió la voz por la emoción contenida.

—Ha sido un placer, señora —respondió débilmente el Cuenta-cuentos—. Estoy seguro de que Enrique, allá donde esté…

… Hasta pronto, Ricardo. Recuerda, es un don, una dádiva que la Naturaleza nos ha ofrecido, y deberemos reconocerlo como tal cuando llegue el momento…

deseará que se le recuerde de esta forma. Gracias a ustedes por ser tan amables de escuchar la voz de un achacoso viejo como yo.

Petrificado, su esposa tuvo prácticamente que arrastrarle fuera de la posada pues, como el niño que fue, Ricardo había perdido la noción de sus piernas y no acertaba siquiera a moverlas. Luego, la puerta se cerró a sus espaldas con el sonido de un trueno que presagiaba tormenta, a pesar de que allí, en el horizonte, despuntaba ya un nuevo y radiante día.

Aunque en su corazón aún resonaban las últimas palabras del Cuenta-cuentos:

Cuando llegue el momento.

 

 

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Sabiduría

 

Y el momento llegó, como predijo el Cuenta-cuentos, aunque no fue tan pronto como se esperaba, pues casi nueve años volaron antes del accidente que echó por tierra las esperanzas de una nueva vida.

Nueve años de felicidad arrebatada de cuajo cuando reventó la rueda del autobús y cayó a la nada desde una altura imposible de concebir.

Nueve años en los que la dicha fue constante y en aumento conforme el fruto de su amor crecía en aquella casa ahora falta de risas infantiles.

Nueve años en los que había aprendido a amar y ser amado por aquella criatura virginal que los iluminó con sus dorados cabellos durante esos ocho crudos inviernos del norte. Laura se llamaba, y nació diez meses después de que un puñal hendiese su vientre aquella abominable noche, la última que vio al anciano cuenta-cuentos… hasta hoy.

Si lo hubiera sabido antes… si al menos hubiese tenido el más ligero atisbo del dolor que soportaría al consumarse la elección de su alma… ¿Habría cambiado en algo el resultado? ¿Continuarían respirando su mujer y su hija esa fragancia, ligeramente húmeda, que comenzaba a invadir sus fosas nasales? Y el hijo de Raúl Rodero, ¿seguiría acechando a Laura tras las esquinas, presto a deslizarla una viscosa lagartija por la espalda?

No; el hado no puede eludirse tan fácilmente. Ni siquiera aunque uno sea un simple peón a manos de fuerzas tan poderosas como son la Naturaleza y los sentimientos humanos. Si el autobús que los llevaba hasta la costa hubiera arribado según lo previsto, un automóvil habría segado sus vidas, o la vieja mar se las habría tragado, dejando tras de sí unos ahogados e incoherentes gritos, pues desconocían porqué debían perecer de aquella manera.

No; el destino debe afrontarse con valentía, decidió Ricardo aquel 31 de octubre de 1962, varios meses después de sobrevivir a su descendencia.

Además, la hora se aproximaba, irresistible e inexorablemente; todo su ser lo presentía. Era como el lejano retumbar de una tormenta avecinándose dulcemente, tan peligrosa y atractiva a la vez que nadie es capaz de apartar la mirada a su paso.

Le castañearon los dientes al apreciar el contacto de las primeras brisas de nívea esencia, y sus ojos lagrimearon como una vez —en otra vida de prematura inconsciencia— lo hicieron ante sendos vientos helados.

Su corazón, sin embargo, estaba vacío; nada lo henchiría de nuevo, pues una extensa planicie de amargura se extendía ante él, cegándolo en su tenebrosa bruma con el oscuro propósito de impedir que nada ni nadie se interpusiera en su camino hacia la noche… y lo que estuviera por llegar.

Y así, los primeros copos de una profusa nevada comenzaron a cubrir valles y veredas, campos en barbecho y techumbres descuidadas, anunciando la llegada de un salvador enviado para sanar la conciencia humana y ahuyentar los malos espíritus que empobrecían su calidad.

Mientras, desde las sombras, Ricardo advertía cómo la posada de su mejor amigo —don Vicente había muerto unos años antes de un ataque al corazón; en su memoria, un retrato suyo se colgó donde siempre se le recordara, tras la barra del bar— se iba llenando de vecinos y extraños, ciertamente familiares y amigos de los ocupantes del transporte accidentado, de acuerdo con lo señalado aquel día.

Él no entraría, sin embargo. Comprendía que su sino era mucho más ambicioso que el de ser sanado de su dolor: él sería el sanador, el segador que arranca de raíz las malas hierbas que ahogan a sus dulces retoños para que así, éstos puedan ofrecer sus dichas a la Vida.

—En fin —suspiró Ricardo para sí—. Las viejas costumbres nunca mueren, sobre todo si sus instintos les dictan lo que debe hacerse… por el bien de la comunidad.

En efecto, comenzaba a entrever el vasto plan de la Madre Natura, y el cometido que desempeñaría de ahora en adelante revelaba más cosas de las que estaba dispuesto a soportar.

Tanto dolor, tanta rabia y muerte… ¿Cómo, si no, podría eliminar tanto daño si él mismo no hubiera pasado por semejante trance alguna vez?

Suspiró de nuevo.

El frío entumecía su agotamiento

Ahora por fin, tras estos años de cuestionarse su incapacidad de llorar, de exteriorizar y aliviar sus sentimientos y los de toda su familia… Ahora, mientras sus párpados caían pesadamente por el efecto del gélido invierno y del hastío acumulado en su vida rebosante de baldío amor… Ahora que una fría daga le encogía el corazón… Al fin comprendía ahora el significado de su vida.

Con una sonrisa en sus amoratados labios se cerraron sus ojos mientras su madre lo acunaba entre sus brazos.

 

 

Un aullido, en la lejanía.

Ricardo despertó con las caricias del lobo, su compañero albino, en la cara.

—¿Estas preparado? —le preguntó el anciano Cuenta-cuentos cuando su figura se materializó entre los copos de nieve.

Él lo miró fijamente y asintió.

—Entremos, pues.

Pero Ricardo lo retuvo por el hombro.

—¿Cómo…? —no logró continuar.

—No te preocupes. eres ahora el Cuenta-cuentos —señaló cariñosamente su corazón—. Tienes el don; ellos te escucharán.

Sin mayores preludios, le cogió de la mano y golpeó la puerta con su vieja cachaba; ésta se abrió sin ruido alguno, y un brillante resplandor les iluminó el ceniciento rostro, incitador y estimulante.

Juntos entraron, aunque sólo uno de ellos traspasó el umbral y tomó asiento junto al albino can, quien, presuroso, le caldeó los pies bajo su lomo. Titubeando, el Cuenta-cuentos le agradeció su gesto con las sabrosas viandas que el posadero les ofreció, en una simbiosis perfecta entre el amo y el siervo, entre la Naturaleza y el Hombre.

Cuando el dueño del bar se acercó a retirar los enseres no dio muestra alguna de reconocimiento, pese a que en su interior el Cuenta-cuentos pudo encontrar una vieja semilla de amistad que brillaba como una estrella en la noche de Luna nueva. A la mañana siguiente, Raúl Rodero descubriría el cadáver de su querido amigo, y todos recordarán aquel día de Todos los Santos el rostro de felicidad que presentaba el difunto.

Luego de observar su reflejo —inocente y sabio a un tiempo; joven y anciano unidos en la eternidad de una víspera sagrada—, leyó las sombras en cada pupila fijamente clavada en él y, aspirando hondo mientras su corazón latía de desesperación, comenzó sus relatos.

 

 

 

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DISCULPAS Y AGRADECIMIENTOS

 

Y después de los relatos…

Cuando todavía palpita el corazón, la respiración agitada y un sudor frío recorre la base de la espina dorsal…

 

Este es un apartado que jamás debería desaparecer en cualquier escrito, aunque posiblemente sea el más difícil de llevar a cabo, y el que más desvelos y suspicacias pueda crear entre autor, lectores y personas que de alguna u otra manera se sientan aludidos o representados en el mundo imaginario por el que se rige cada cuento.

Así, si bien sería una labor titánica el enumerar la cantidad de familiares y amigos —amén de, pues haberlos haylos, enemigos— cuya influencia fuera fundamental para el desarrollo de los relatos que acabas de vivir, si que me siento en deuda —por no usar palabras mayores—, con mi padre, Luis Ángel, quien me sugirió el nexo y consiguiente título de esta pequeña recopilación.

 

Tras la oscuridad, por muy cerrada que esta sea, siempre despuntará el alba y un nuevo cuento comenzará.

 

También debo reconocer el cariño y las críticas —siempre constructivas— de mi hermana Lara y de Julia, mi madre, así como de mi esposa, la mujer que conquistó mi corazón y que, más de lo que yo quisiera, vela por que no me pierda dentro de estos mundos fantasiosos mientras aguarda mi llegada iluminando la noche con un candil ante los insondables farallones que conforman mi tortuosa imaginación.

A mis abuelos Alejandro y Avelina les debo un gran abrazo por representar mi inicio en las artes de la Naturaleza; ellos fueron, quizá, el verdadero alma de Pastor, al mantener viva su ilusión por una campiña que muy poco agradecida les fue en su juventud. Jamás hubiera sentido tan intensa la llamada del Valle Brezoso, de la Brannia Ossaria o de la variada orografía de los valles de Santullán de no ser por ellos. Porque, como habréis podido ver, casi todos mis cuentos tienen un nexo en común: esa maravillosa tierra palentina, cerca de su frontera con los montes cántabros y sus alrededores; un lugar mágico, donde el reencuentro y la convivencia con la Señora aún es posible.

Por supuesto, mis amigos de juventud y adolescencia también tienen un hueco —espero que bonito— en este recorte de mi alma. Por la Amistad nació así fruto de una dolorosa escisión, y su prosa quiere tan sólo ensalzar lo que debería representar la amistad en un mundo donde confiar en la gente es sinónimo de estúpida ingenuidad.

Amor, lealtad, deseo… estos sentimientos no podrían ser aplicados a una persona en particular, pues son valores propagados al viento y recogidos por quienes realmente los aprecian, así que espero que sepáis que aunque vuestro nombre no aparezca reflejado en esta sucinta lista, vuestros corazones sí que han quedado plasmados en estos relatos.

Sabed que cada uno de ellos representa una porción de mí; comprendiéndolos quizá alcancéis a entrever algunos de mis deseos más profundos. Un rol de voyeur que, como relato en Debes pagar tu suerte, todo el mundo desea y que yo os ofrezco gratuitamente. Asimismo, si alguna parte de este libro os repugna sobremanera —debo reconocer que puedo ser bastante cínico a veces—, espero perdonéis mi franqueza y disfrutéis con la ironía.

Por último, si hay alguien a quien realmente le estoy agradecido es a ti, mi apreciado lector, que has reído, llorado o aumentado la intensidad de la luz para no ver cómo la oscuridad crecía en aquel rincón del armario mientras letras y palabras desfilaban ante tus ojos dibujando imágenes que más adelante poblarán tu espíritu y, espero, tus ideales.

Gracias.

PK K?OEBPS/content.opf Amaneceres Javier Paredes Relatos y cuentos cortos http://amaneceres.entropizados.com 2011-09-25 Creative Commons by-nc-nd 3.0 97884XXXXXXXX es PK )>>'OEBPS/cover.xhtml Cubierta
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© 2006, 2011, JAVIER PAREDES CRESPO

 

© De la imagen de cubierta, Inma Marcos

 

Maquetación y conversión a ePub:

Inma Marcos, inmamarcos@telefonica.net

 

 

Primera edición: octubre 2011

 

 

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No se permite la modificación o disgregación de cualquiera de sus contenidos, así como la utilización de estos para cualquier otra actividad distinta de su impresión, lectura y distribución, sin el consentimiento previo del autor.

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Y si le ha gustado... DESELO A QUIEN MAS QUIERA!

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textCopyright (c) 1998 Hewlett-Packard CompanydescsRGB IEC61966-2.1sRGB IEC61966-2.1XYZ QXYZ XYZ o8XYZ bXYZ $descIEC http://www.iec.chIEC http://www.iec.chdesc.IEC 61966-2.1 Default RGB colour space - sRGB.IEC 61966-2.1 Default RGB colour space - sRGBdesc,Reference Viewing Condition in IEC61966-2.1,Reference Viewing Condition in IEC61966-2.1view_. \XYZ L VPWmeassig CRT curv #(-27;@EJOTY^chmrw| %+28>ELRY`gnu| &/8AKT]gqz !-8COZfr~ -;HUcq~ +:IXgw'7HYj{+=Oat 2FZn  % : O d y  ' = T j " 9 Q i  * C \ u & @ Z t .Id %A^z &Ca~1Om&Ed#Cc'Ij4Vx&IlAe@e Ek*Qw;c*R{Gp@j>i  A l !!H!u!!!"'"U"""# #8#f###$$M$|$$% %8%h%%%&'&W&&&''I'z''( (?(q(())8)k))**5*h**++6+i++,,9,n,,- -A-v--..L.../$/Z///050l0011J1112*2c223 3F3334+4e4455M555676r667$7`7788P8899B999:6:t::;-;k;;<' >`>>?!?a??@#@d@@A)AjAAB0BrBBC:C}CDDGDDEEUEEF"FgFFG5G{GHHKHHIIcIIJ7J}JK 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Dedicatoria Su ajado papiro Bambinos Su niña, su princesa El octavo Pecado Capital Dedicatoria Prólogo I II Epílogo Lo que no te puedo decir Dedicatoria Lo que no te puedo decir El Cuentacuentos Dedicatoria Prólogo Inocencia Madurez Sabiduría Disculpas y agradecimientos Créditos PK .,?oa, mimetypePK {N? :META-INF/PK .,?D aMETA-INF/container.xmlPK N?OEBPS/PK OJ?xr. OEBPS/01_Portadilla.xhtmlPK UJ?xř OEBPS/02_Dedicatoria.xhtmlPK YJ?f= # lOEBPS/03_Perpetuandoilusiones.xhtmlPK ]J?5k[ OEBPS/04_Porta_pastor.xhtmlPK cJ?yaa oOEBPS/05_Pastor_dedica.xhtmlPK gJ?HW   OEBPS/06_Prologo.xhtmlPK kJ?I>' [OEBPS/cover.xhtmlPK N?.kUT T  ]OEBPS/Creditos.xhtmlPK U? YiOEBPS/images/PK U?pK:x:x iOEBPS/images/cover.jpgPK ͚J?xE OEBPS/images/imagecre.pngPK 1J?B OEBPS/images/portadilla.jpgPK mJ?} OEBPS/images/texto.jpgPK @';'88 OEBPS/page-template.xpgtPK f