A todos los que un día
tuvieron un sueño
y despertaron en libertad
PK
.,?oa, mimetypeapplication/epub+zipPK
{N? META-INF/PK
.,?D META-INF/container.xml
A todos los que un día
tuvieron un sueño
y despertaron en libertad
Cuando tuve claras mis prioridades —y debo confesar que no fue algo repentino, nada de una revelación tras caerse de cabeza colgando un cuadro, por ejemplo, sino más bien un proceso madurado entre centenares de cuentos y novelas, narrativas visuales y artísticas, cuya gestalt encandiló mi futuro como el vuelo de una mariposa a un niño de ciudad—, decidí que lo que más deseaba de esta vida era lo que ella transmitía, sus conocimientos, su savoir-faire y su sabiduría, perpetuadas de generación en generación por la identidad cultural de cada pueblo.
Pero aún había más, pues yo deseaba jugar un rol activo dentro de dicha identidad, y no ser un mero espectador; quería pertenecer, en definitiva, a un selecto grupo de gente por cuyos sueños progresaba la cultura, la Historia y la vida.
La materia prima estaba allí, me había alimentado de ella desde los ocho años —antes, incluso—, y tan sólo aguardaba una completa aceptación para que cuentos, historias e incluso libros surgieran de ella sin un excesivo esfuerzo consciente. Un día, con el corazón henchido de ilusión, llegó el momento en el que los relatos se escribieron solos, mis manos y mis ojos meros instrumentos al servicio de mi subconsciente; hasta tal punto fue así que, en la fase de revisión, llegaba a cuestionarme si realmente había tenido algo que ver con lo que allí estaba escrito.
De esta forma nacieron una trilogía —inconclusa, que espero ver publicada en unos años— y los siguientes cuentos, cánticos todos ellos a la esperanza, a la amistad y el respeto a la Naturaleza y a la propia vida. Valores que, ciertamente deberían regir nuestros actos, aunque tristemente la realidad sea bien distinta. Así, cada noche, una pequeña ración de horrores —pues el verdadero terror será siempre el causado por la mano del ser humano, en especial la levantada hacia el prójimo, ya sea pasiva o intencionadamente— nos templa la coraza con la que vivimos desde la adolescencia para luego ser evacuados junto con nuestras inmundicias antes de acostarnos bien arropados en nuestras mantas de ingenuidad, egoísmo y resignación.
La vida debería ser diferente, y cada amanecer una nueva sonrisa para nuestros corazones, pues tras una pesadilla siempre sobreviene la comprensión, luego la calma y, por último, la esperanza de una nueva luz bajo la que analizar y, por qué no, promover y actuar de acuerdo a nuevos ideales, nuevos sueños, en un mundo falto de ilusiones.
J. P.
Para Pilu,
esta es tu historia de amor...
Me estoy muriendo.
Soy muy viejo, es cierto; posiblemente el más viejo de todo el pueblo y sus alrededores. Pero no lo soy tanto como para dejar de existir; podría vivir muchos años todavía, si no fuese por la enfermedad que me está matando poco a poco; una muerte lenta que crea un pozo negro e impenetrable en mi interior, expandiéndose sin remedio. Sé lo que es (o al menos lo intuyo), pero no sé si podré actuar a tiempo para evitar mi extinción.
Hace mucho tiempo que vengo notando un extraño vacío en mí; un vacío que aumentaba cada vez que alguien ya no me escuchaba y se iba del pueblo; un vacío que a lo largo de los años he podido interpretar como la muerte.
Es irónico.
Al principio yo era el centro del mundo; el pueblo entero nació porque yo estaba allí para darle vida. Yo les crié y les mostré todas las maravillas de estas tierras. Les dije dónde podían encontrar agua pura; las hierbas y frutos que les eran beneficiosos, e incluso les señalé dónde construir sus casas, al abrigo de la humedad y de los vientos que, a veces, recorren esta pradera.
Mis recuerdos se vuelven confusos cada vez que trato de alcanzar aquellos primigenios años, ya que mi memoria, como la de mis protegidos, falla con el tiempo. Pero sí que me acuerdo de lo agradecidos que estaban mis hijos, que venían a hablarme y a presentarme a sus retoños, celebraban comidas campestres tras la salida de misa, y dejaban pastar sus rebaños a mi lado, para que yo pudiese tener alimento suficiente durante el crudo invierno.
Pero todo eso se acabó.
Me relajé excesivamente en mi tarea, y hora ya casi nadie se acuerda de mí; nadie me habla ya. Ya no vienen a comer aquí; ni siquiera acompañan a sus vacas cuando pastan cerca de mí. Me he convertido en una mera atracción para los pocos turistas que vienen de la gran ciudad, con los asfixiantes humos de sus automóviles y sus cámaras fotográficas que despiden una luz que no me ayuda en nada.
Por eso me estoy muriendo... Bueno, por eso, y por sus consecuencias: el pueblo se vacía. Ya solo quedan cuatro familias viviendo en una aldea que antaño había sido alegre y próspera. Y creo que dentro de poco no quedará nada.
Así es que debo hacer que me escuchen de nuevo; debo intentarlo, aunque fuera solamente uno el que consiga atraer hacia mí. Porque ése me ayudaría a recuperarme; me daría lo que necesito para vivir y salvar así el pueblo de su inevitable ocaso.
Solo necesito a uno.
Lo conseguiré...
... pero estoy tan cansado...
... mañana será otro día.